Martí valoraba los riesgos de una falta de sentido crítico en el lector individual, pero también advirtió sobre el alcance de las lecturas socializadas, es decir, las que comparte todo un amplio grupo social.
Es en este sentido que conviene reflexionar sobre cómo José Martí, uno de los más altos americanistas de toda la historia, valoró la lectura en tanto inmenso campo de actuación del hombre latinoamericano.
La cultura, en la idea martiana, es ante todo un acto de inteligencia [...] es un modo sistemático de promover el cambio, la transformación, el progreso, el diálogo del hombre consigo y con los otros. La cultura ha de ser un arma para salvar la patria de todos sus gérmenes de discordia, tanto social como espiritual.
La idea de que la globalización constituya un peligro porque su orientación pretensa sea atenuar, cuando no suprimir, las culturas nacionales y regionales, en aras de una entidad supranacional, una cultura "global", tiene que ser examinada también con toda mesura.
Sarduy construyó un discurso teórico, donde la reflexión semiótica y culturológica se mantiene en primer plano por encima de la vivencia del poeta o el entusiasmo del narrador. Como Lezama, y más aún como Carpentier, Sarduy asume el artificio barroco como inseparable de la lengua literaria en español.
Se ha dicho con frecuencia que la escritura femenina está buscando alternativas al código masculino. Mi interés, como lector, se centra en lo que considero de mayor relieve y significación, es decir, en la construcción eficiente y, en no pocos casos, genial, de un punto de vista nítidamente femenino [...]
En Latinoamérica el siglo XX tocó a su fin con un panorama narrativo en el cual, a pesar de su crecimiento, el discurso femenino continuó siendo un fenómeno de excepción o minoría, una especie de palabra marginada, aunque dueña de una fuerza expresiva que de ninguna manera puede pasar inadvertida por los lectores ni la crítica. Sobre este discurso y sobre sus alcances más tangibles, quisiera hacer un mínimo ejercicio de recensión.
Ha muerto Julieta Campos. Desaparece sin que el público cubano haya podido conocer su obra, que fue, si no vasta en sentido cuantitativo, sí estuvo señalada por una profundidad de percepción, una finura y, en particular, una conciencia artística, que nos permite enorgullecernos de su condición de escritora nacida en esta Isla.
Otros autores, luego de una espera interminable, han podido, ya en la vejez, verse acogidos inesperadamente por el público. Entre estos, pocos han tenido que esperar tanto tiempo para alcanzar la consagración literaria como la autora franco-rusa Nina Berberova.
Sonetos del portugués, a pesar de que data de más de un siglo, sigue siendo una muestra de cómo el erotismo más profundo no necesita de los disfraces porno que una pseudoliteratura ha venido utilizando y defendiendo. La autora construye un discurso de cristalizaciones a la vez afectivas, sensuales e, incluso, refinadamente sexuales.