«Conozca a Cuba primero y al extranjero después». En mi caso particular puedo decir que gracias a la literatura pude concretar, por carambola, lo que aquel mensaje proponía: fui al extranjero por primera vez en 1988 (a un país que se llamó la URSS, y más tarde a otros) luego de recorrer toda Cuba en alas de la poesía.
Muy al principio del triunfo de la Revolución, poco después de que esta creara el Instituto Nacional de la Industria Turística (INIT) el espacio cubano cobró nuevos y más democráticos valores.
Se habla poco en Cuba —y siempre con malos ánimos— del movimiento poético que, a expensas del coloquialismo, se instaló como tendencia dominante mientras transcurrían las dos primeras décadas posteriores al triunfo de la revolución.
Lo auténtico y más representativo de nuestro «sabor» responde a códigos que, para bien han guiado tantas veces, desde el inicio mismo de la nacionalidad, nuestro espíritu de sobrevivencia cultural.
La poesía cubana, ese panteón donde se funden sin distinción de décadas o categorías temporales, ha cambiado desde hace algún tiempo, según las más discutibles formas de lectura crítica, su modo de existir en el mundo.
En muchas direcciones —excepto por el modus vivendi y la prenda del oficio— me hubiera gustado seguir siendo el «escritor» de lápiz y libreta escolar que en 1971, tras leer a Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Octavio Paz, César Vallejo, Nicolás Guillén, Ernesto Cardenal y algunos otros grandes, pensó que él también podría escribir un poema del mismo corte de aquel de Nicanor Parra que dice, en solitario endecasílabo: «La muerte es una puta caliente».
Veinte años son una vida. O un todo. Es decir: casi nada en la Historia y la vida literaria de una región. A no ser que esos años coincidan, como en el caso del Premio Literario Fundación de la Ciudad de Santa Clara —entregado el 15 de julio último— con el período más intenso de su historia.
La magia de la décima de humor ha convocado, desde siempre, a la mayoría de los poetas. Poco importan los orígenes o grados de instrucción de los autores, pues siempre ha quedado una esquina de la inteligencia para tributársela al ingenio con intención de provocar la carcajada, o al menos la sonrisa.
Aunque constituya lugar común afirmarlo, no resulta ocioso recordar que el mercado del libro capitalista, sujeto como todo producto al acicate de la plusvalía, es prolijo en segundas, terceras, cuartas y sucesivas ediciones de los títulos que en su dominio consiguen inscribirse con mínimo, mediano o notable éxito de venta.
El pasado veintisiete de mayo participé de un curioso acontecimiento literario (poético por más señas) que me convocó a una reflexión, acaso nostálgica, acerca de una variante promocional abandonada, o transformada...