Carta a Laidi Fernández de Juan, por Ricardo Riverón Rojas
Se repite con insistencia, tanto por políticos como por economistas, sociólogos, filósofos, periodistas, personas naturales y cuanto opinante esgrime la palabra en Cuba que no marchamos hacia el capitalismo.
Omar Rodríguez García siempre fue, entre nosotros: Omarito el feo.
Feria Internacional del Libro en Villa Clara, inconformidad con el calificativo de “internacional”.
La lógica de la creación, en el terreno literario, disuelve la traducción de los vocablos en otras músicas menos comprensibles, identificadas con una suerte de lenguaje gestual donde se valida un «código».
Grandes y hermosas ciudades del mundo, así como muchos pequeños sitios han recibido cantos y apologías. Otros esperan por el cantor que los reinvente y los inserte en el concierto de las cosas infinitas.
El más íntimo tejido humano de un asentamiento se configura a expensas del entrecruzamiento de las grandes biografías con las de esos famosos “don Nadie”, a quienes solo conocen los lugareños.
Si Agustín Acosta solo hubiera escrito La zafra ya con ello tendría asegurado un lugar de significación en la literatura cubana. Incluso me atrevo a decir que en la literatura revolucionaria escrita en Cuba.
La poesía, en el despiadado imaginario popular ya no integra el inventario de nutrientes imprescindibles para nuestro crecimiento. El mercado y su erosiva lógica van ganando la mano –esperemos que solo temporalmente– a la espiritualidad.
Las dos décadas de este período, en lo político y social –incluyendo lo poético, por supuesto– no pueden leerse al margen de las oleadas migratorias que las marcaron en 1980 y 1994. Y no es que los poetas se concentraran en reseñar líricamente aquellos acontecimientos, sino que sus resonancias en el espíritu nacional les incorporaron nuevas visiones.