Me invitaron desde Bento Gonçalves, en Río Grande do Sul, a su Festival Internacional de Poesía, el segundo que celebrarían.
Dulce María Loynaz (1902-1997) trabajó estilísticamente su poema Últimos días de una casa (1958), con un tono para entonces novedoso, aunque se usase en poesía desde siglos antes: el conversacional.
«Letanías con un dolor antiguo» de Francisco de Oraá (1929-2010) es un poema mucho más complejo de lo que aparenta.
El poema de Pablo Armando Fernández tiene otras connotaciones, un poco más espirituales, más dadas a las creencias sobre la sobrevivencia del alma...
Dedicado a Rafael Alcides, «La cena» sigue siendo hoy uno de los mejores logros de la corriente coloquialista de la poesía cubana.
«El Jazz» es uno de los más raros y singulares poemas sobre la música que mujer cubana haya escrito jamás.
Fayad Jamís (1930-1988) no colocó a lo largo de su obra una pica más alta que este poema, «Cuerpo del delfín», dedicado a José Lezama Lima, escrito en la década de 1950, y sin dudas bajo el influjo de algunos de los poetas reunidos en torno a la revista Orígenes.
Quizás la «Oda a la joven luz» sea el poema más «lezamiano» de Eliseo Diego (1920-1994), pero sin dudas es uno de los mejores suyos.
«En tiempos difíciles», de Heberto Padilla (1932-2000), poema que procede del libro más polémico de los cincuenta años finales del siglo XX: Fuera de juego (1971).
No sé bien si «Proclama», de José Zacarías Tallet (1893-1989) es un poema político, o una obra estrictamente cívica y social, en la que la experiencia de una clase, de un grupo emprendedor y decisivo en algunas sociedades, se enfrenta a las nuevas ideologías.