Hay varios poemas antológicos dentro de unos de los libros de poemas más notables del siglo XX cubano: El ciruelo de Yuan Pei Fu (1955), en el que Regino Pedroso hizo un aporte de novedad temática y de calidad formal del versolibrismo.
«Campanas de Noel», del poeta modernista cubano Federico Uhrbach (1873-1932) aparece en casi todas las antologías de los mejores poemas cubanos en el siglo XX.
¿Cuántas veces en los mejores y más altos momentos de la poesía cubana hay que detenerse en un soneto? Muchas, sobran los ejemplos.
Con la sencillez de un romance, al parecer sin pretensiones de «alta poesía», Nicolás Guillén (1902-1989) logró uno de los más firmes y hermosos poemas de amor de la literatura cubana.
Poema de gran aliento que puede tenerse también por un poema simbólico, por un texto en que la casa se convierte en una alegoría, donde se debaten la vida pasada y la muerte.
¿Será «Conversación a mi padre», de Eugenio Florit (1903-1999) el primer texto plenamente coloquial de la poesía cubana?
Entre los varios sobresalientes poemas de Gastón Baquero (1914-1997), elijo «Silente compañero» no solo por la calidad poética que en él alcanza, sino porque tiene varias virtudes especiales.
«Ah, que tu escapes», es quizás el poema más difundido de José Lezama Lima y entra en contraste con otro de sus textos: «Rapsodia para el mulo».
Enrique Loynaz (1904-1966) fue un poeta de obra breve, pero de intensidad. La dejó un tanto dispersa: algunos textos salvados por su hermana Dulce María, y otros reunidos por el inquieto ojo de investigador experimentado que fue Ángel Augier.
Puede parecer paradójico que entre la extensa obra de Agustín Acosta (1886-1979) se elija aquí uno de sus poemas más breves, pero también de los más intensos y que, como veremos, responde a corrientes de continuidad en la poesía cubana.