De todas, Baracoa fue la última que conocí. El designio resulta para mí simpático: fue la primera en ser fundada, en 1512. Diego Velázquez supo escoger el sitio y el nombre: Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa.
Guardo una extraordinaria imagen de Gastón Baquero. Creía encontrar a un hombre resentido y muy de derechas, y en su lugar hallé a un cubano risueño y locuaz, añorando su tierra y con deseos de unidad entre sus compatriotas.
Vaya idea de los padres de Naborí de ponerle por nombre de pila una pila de nombres. Entre ellos, los dos primeros son Sabio Jesús. Doy fe de que esos señores no se equivocaron y que Jesús Orta Ruiz mereció este apelativo, y que era asimismo un hombre sabio.
No tengo nada de naturaleza humorística que contar acerca de mi relación amistosa con una de las mejores periodistas y críticas de arte y literatura cubanas del siglo XX, quien también fue narradora.
La verdad es que ciertas casualidades me obligaron a acercarme desde el aspecto editorial primero, crítico después y finalmente como compilador de algunas zonas de sus obras, a la gran figura de Alejo Carpentier (1904-1980), de quien yo era ya un lector asiduo.
Pues nada, yo también conocí y visité, sólo que tres veces, al gran autor de Paradiso... Me encantó saber que escribía todo en libretas de escolares, como yo mismo hacía. Lezama, muy locuaz, me resultó asequible, y quizás por conjunción astral favorable (él sagitario y yo libra), creo que nos fuimos muy simpáticos.
Samuel Feijóo me rompe todos los moldes de un posible relato cuerdo. Desde que en la historia de la poesía cubana Manuel de Zequeira y Arango entraba en el siglo XIX creyendo que se hacía invisible al ponerse un sombrero, ningún otro poeta alcanzó a estar más loco.
Se aproxima el centenario de Félix Pita Rodríguez, nacido el 18 de febrero de 1909. Recuerdo que lo visité por primera vez en la compleja década de 1970, durante la cual tantos jóvenes poetas lo visitaban y admiraban.
Mi impresión no es la de Federico García Lorca o la de Gabriela Mistral. Ellos conocieron a Dulce María Loynaz (La Habana, 1902-1997) desde sus respectivas alturas líricas, invitados de honor, mientras que yo solo acudí a su casa en 1982 por voluntad propia, de la mano de la poetisa y pintora Cleva Solís.
Nadie como Rainer María Rilke logra una tan rápida y perfecta descripción de la ubicación de la bella ciudad andaluza de Ronda: «…el incomparable fenómeno de esta ciudad, asentada sobre la mole de dos rocas cortadas a pico y separadas por el tajo estrecho y profundo del río, se correspondería muy bien con la imagen de aquella otra ciudad revelada en sueños...