Elige dos formas decisivas: el verso libre y la prosa lírica. Allí, trae a la mano su poesía confesional, llena de angustia y celo..
Y su voz es entonces no una queja, no un lamento, sino exactamente eso: la necesidad de confesar.
Entonces «ataca» asuntos tan universales como la soledad, el temor, la infancia, el dolor, la muerte, la propia poesía.
Sus últimas palabras nos dejan abiertos a esas dudas: «Ya nadie sabe, nadie sabe nada».
Bienvenida y hacia adelante, que el mundo es ancho, y no siempre, es ajeno.
No quiere vaciar su ser de manera directa, prefiere la expresión fragmentada de ideas.
Si el poemario se hubiese quedado en ese placer metapoético, sería una interesante pieza reflexiva acerca del hecho creativo.
El poema de amor se torna discurso de mujer que unas veces apela al erotismo y otras al saber.
Es evidente que tal juego temporal existe cuando el poeta se esfuerza por romper con su inmediatez y quiere hacer de su vida una búsqueda más problemática.
El camino poético es ancho, pero empedrado.