Si usted abre un mapa de la Isla de Cuba, busca el centro del caimán y tira una línea vertical, observará que en el mismo norte, esto es, en el centro norte, aparece un punto en la costa llamado Caibarién.
En el ya lejano octubre de 1978, veía la luz un libro de poemas realmente peculiar. Creo que nunca más ha existido otro con las mismas características. Su título es Crónicas y rumores y la selección de este nombre fue un gran acierto de alguien. Porque realmente fueron simples rumores y algunas crónicas existenciales las que movían el corpus poético de sus autores.
Cuando vemos que un hombre como Ángel Augier, de noventa y seis años cumplidos y setenta y cinco de militancia comunista, se mantiene activo en su condición de poeta, investigador y periodista, activo en la defensa de las ideas por las que luchó toda su vida y todavía peleando por la perfección del Socialismo, no puede uno menos que asombrarse y llenarse de callado orgullo cuando recuerda que ese combativo anciano es su amigo desde hace muchos años.
Me decido a escribir estas reflexiones sobre algo que considero un vicio de muchos de nuestros mejores intérpretes, quienes, por esta causa, bajan ostensiblemente su calidad interpretativa y pierden comunicación con el público.
Con la novela Cien botellas en una pared de Ena Lucía Portela, publicada por Ediciones UNION en su colección Contemporáneos, y que además, fue premio Jaen de Novela en el 2002, me pasó algo curioso.
No, no fue una equivocación. Esta nota la titulo conscientemente “Adiós muchachas…” parafraseando primero al conocido tango y después a la novela de Daniel Chavarría, que recibiera el Premio “Edgar Allan Poe” que otorga la Asociación Americana, (realmente norteamericana, pero ya sabemos), de Escritores de Misterio.
Y Asturias nos legó una figura literaria que nació en Gijón pero se hizo hombre, poeta y periodista en La Habana, hombre que nos hermana como quizás ningún otro ciudadano destacado y que fue además, indiscutiblemente, el precursor de la poesía negra en Cuba. Sin embargo, por razones absolutamente circunstanciales, es un desconocido en las dos orillas.