Muerte en Venecia es el relato de una pasión homoerótica, y aunque Thomas Mann nos la refiere en clave, estratificadamente, acudiendo al recurso del escamoteo y el disfraz cultural, edifica con ella una fábula sobre la índole sagrada (e impersonal) de la belleza física.
El año 2010 se me escapó, táctil y voluptuoso, mientras terminaba dos o tres antologías, escribía varios prólogos, me entregaba al goce de algún premio literario y caminaba por las gradas del teatro de Epidauro.
Rafael de Águila es un escritor que cuenta historias-estados, historias-atmósferas donde el diálogo directo, anclado en la sencillez de un hablar en los límites, va aludiendo a lo que ocurre dentro de la acción, al par que revela la identidad de los personajes y el conflicto ético y emocional en que se hallan.
Y lo que el poeta señala o celebra en esa celebración-revelación —el amor, la valentía, la angustia, la pasión, el misterio, la naturaleza, los sueños—, es la presencia de un núcleo ritualístico, porque al fin y al cabo el poeta es un canal de lo divino y de lo sagrado.
No hay duda de que estos cuentos están llenos de espejos. Algunos son más visibles que otros. Si cruzarlos fuera un requerimiento avasallador, proveniente de esa intrepidez que nace en el deseo, valdría la pena esquivar las puntas y los filos de los vidrios.
Un experimento que cede espacio a la prueba de lo otro, que invita a la afirmación del sujeto, sea cual sea el resultado.
Después de “El lobo, el bosque y el hombre nuevo” de Senel Paz, la narrativa de asunto homoerótico se hace más diversa o se reencuentra consigo misma —con sus personajes, sus estilos, sus maneras de requerimiento—, y, en específico, con esas notaciones de amplio rango que se refieren al cuerpo gay, al cuerpo lesbiano, a los intercambios sexuales y, en concreto, al léxico que dichos intercambios admiten.
La idea de compilar un grupo de cuentos homoeróticos cubanos no es, en lo que a mí toca, de estos días.
Uno nunca llega a saber del todo quién es, pero en un escritor —y en particular en uno como yo— la entrega al lenguaje es capaz de catalizar ese conocimiento por varios caminos.