La ficción literaria nos obliga a realizar ejercicios de perspicacia y de vigilia que la mayoría de las veces son, por paradójico que suene, más enérgicos y serios que los que solemos desarrollar en la vida, en la existencia de todos los días.
Cuestiones de agua y tierra (Editorial Oriente, 2008) es un libro italiano que se hace franco desde la perspectiva de la reflexión ficcional sobre la literatura...
En los años sesenta ciertos actos narrativos de referenciación del pretérito (más del inmediato que del mediato) llegan a experimentar una especie de autoconciencia en la que toda urdimbre (de la fábula, del estilo, de la estructuración interna) se resuelve, en lo fundamental, sobre la base del estereotipo.
Estamos llenos de convenciones, y lo peor de todo es que creemos que los más altos sentimientos, los que se hacen efables gracias al epos de la sangre, se encuentran libres de la convención. Desgraciadamente no es así. Y afortunadamente no es así. Navegamos en un océano de convenciones (culturales). Y no hay nada que podamos hacer para impedirlo.
Lo deseable, por mera simetría cronológica y por razones de fuerza poética, es que Ernesto Sabato, ahora con 97 años, alcance a cumplir 100. De los escritores vivos, de los que ahora mismo poseen una conciencia vigilante en relación con el destino del mundo y el ensombrecimiento del ser humano, es tal vez el de más curiosa trayectoria intelectual.
¿Qué la literatura no es cosa mentale? Cervantes pudo haber expresado lo mismo. De hecho lo practicó y por ello su escritura nunca cesa. No podemos profetizar la orientación ulterior de la de Sabato en sus futuros lectores. Tal vez sea útil recordar, a manera de punto de partida, el aire de extrema gravedad que se respira en sus novelas. Esa ausencia de humor es congruente con la angustia contemporánea.
Siempre queremos vivir en la imaginación de alguien, en la imaginación del Otro, en la sensualidad curiosa de ese otro desde quien somos evocados, convocados o invocados, y es muy posible que semejante anhelo, presto a estacionarse dentro de la fluencia de indeterminaciones capaces de integrarse en el amor, signifique que alguien, además de ti, recuerda tu cuerpo, o lo supone, o lo rearma a su antojo.
La sinceridad, la franqueza, la naturalidad, ¿conducen a la obscenidad? Y los escritores que, en el sexo de la ficción, o en las ficciones que incluyen sexo, los escritores que no necesitan ser obscenos, o que no eligen la obscenidad, o que simplemente no la toman en cuenta, ¿merecerían el calificativo de insinceros, de hipócritas, de rebuscados y antinaturales? Claro que no.