Me propongo exactamente lo contrario: la exaltación de esos espacios tan injustamente vilipendiados en los «altos» salones de la literatura nacional: los municipios.
Lo que sí no se esperaba el entusiasta custodio del «tesoro» era tal concentración. La devoción por su pueblo, por la literatura, por la cultura toda, unidos a la locura (casi suicida) que anima a los editores de esa retaguardia no estratégica llamada pequeños pueblos, lo había llevado a concebir, mientras residía en La Habana, el proyecto editorial más ambicioso que ha conocido Rodas en su historia: las Ediciones Damují.
A veces me parece que la ciudad de Matanzas sobrevuela, ingrávida y mañosa, la bahía. Otras me da la impresión de que flota en la vastedad de esos atardeceres que su horizonte engendra. Pero en tales casos, aun con la poesía y el mar como mediadores, me equivoco, porque Matanzas, a la larga, acaba resultando una de las ciudades más terrenales del mundo.
Recuerdo, como uno de los grandes acontecimientos municipales en el Camajuaní de 1975, la reapertura de la guarapera que quedaba al lado de la cafetería de Policart. Ello, unido a la inauguración de varios establecimientos para el expendio de esos helados de atrezzo que en Cuba llamamos frozzen (o Coppelita) y a la sustitución de los carretones de distribución del pan por unas bellamente rotuladas camioneticas, nos pusieron ante el espejismo de saborear, en original sin copias, la impetuosa irrupción en el «mundo del futuro».