Un desarrollo cultural profundo, que evolucione hacia la percepción de lo complejo, es imprescindible en el ámbito institucional, donde la eficacia inmediata suele pasar factura a lo que el racionalismo burgués ha considerado históricamente ocio.
Salvar la cultura no es simplemente tener en cuenta sus instituciones centrales y masivas a la hora de planificar los deprimidos presupuestos estatales, ni tampoco abrir el campo de comercialización de sus productos a empresas de carácter global, aunque ambas cuestiones se manifiesten como imprescindibles.
La política cultural del socialismo no puede permitirse actuar del mismo modo en que lo hacen las instituciones globales de financiamiento, no por una cuestión de ideología o de proyección simbólica de sus políticas sociales, sino porque asumir la lógica direccional del capital se prolongaría por un tiempo demasiado largo.
Cuando aceptamos que el papel esencial de la cultura se halla en la generación de empleos y en la reproducción de satisfacciones humanas necesarias, aceptamos como natural e inevitable la contradicción antagónica entre capital y trabajo. Y continuamos negándole a la masa su derecho a acceder plenamente al desarrollo cultural.
Para que el socialismo incluya la prosperidad —nunca relegada por Marx, por cierto— y la sustentabilidad —también explícitamente marcada entre los objetivos marxistas—, necesita integrar la cultura a sus relaciones sociales inmediatas y, con igual importancia, a las tensiones entre base y superestructura, sin separar ideología de cultura ni perspectiva política de comportamiento social.
En el ámbito condicionado entre economía y mercado, el proceso global de proletarización del sector intelectual plantea un regreso acelerado a la condición alienada de aquel que está forzado a vender su primaria condición de fuerza de trabajo, no su trabajo en sí. En la carrera por la eficiencia y la competitividad, la ética del intelectual se reconstituye a partir de resortes pragmáticos de legitimación.
La cultura cubana de hoy, ya en la segunda década del siglo XXI y sin haber perdido los beneficios de planificación como parte de las necesidades básicas de la sociedad, está llamada a equilibrar sus manifestaciones en medio del encontronazo economicista de la también necesaria emergencia de una empresa eficiente.
La estandarización del gusto cultural no se produce aisladamente, por obra y gracia de la industria, sino que necesita ejercitarse de conjunto con la estandarización de las relaciones productivas y las prácticas políticas.
Más que los propios errores de concepto en la enseñanza de la filosofía, que se hacía masiva e irreversible, el avance iba a ser erosionado por errores de actitud cultural, prejuicios políticos indisolublemente ligados a la incapacidad de asimilar, como cultura, los aportes de esas tendencias y obras que servían de base a la decisión nacional de sostener la rebeldía a toda costa.
La colectividad cubana reproducía contradicciones agudas, dadas, entre muchos factores, por la dicotomía evidente entre los presupuestos doctrinarios y los resultados inmediatos que la propia existencia presentaba.