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Los deberes de la inteligencia

El respeto y la filosofía del rincón

Teresa Díaz Canals

A Lil Romero, guionista de Canal Habana

Una palabra, sólo una palabra:
Y de pronto la vida se me llenó de luz…
Dulce María Loynaz Una palabra

No pude articular una frase coherente ante las cámaras de televisión en la presentación que  hizo el canal Habana en su programa El triángulo de la confianza con el tema sobre el respeto.  En mis tiempos de  estudio en la ex-Unión Soviética le pedí a Mario Bello, un compañero de aula, que me hiciera una pregunta para yo responderla de manera deslumbrante en medio de un seminario e impresionar de ese modo al profesor de Historia de la Filosofía. Elaboré su intervención y el día señalado podía lucirme con las respuestas ante el exigente ruso. Mi amigo me hizo un ligero cambio a la pregunta y me desarticuló lo que debía responder, me quedé sin habla, la mente en blanco y a Mario, el profesor le dio cinco puntos por su inteligente intromisión. Ahí tenía que haber aprendido que no sirvo para las improvisaciones.

Por suerte, Pierre Bourdieu hace una crónica de su paso por la pantalla y describe exactamente las mismas sensaciones  y dificultades que tiene una persona ajena e ese medio de difusión masiva.

Lo que me hubiera gustado decir

El presentador me pidió que expresara qué entendía por la palabra respeto. Es el elemento esencial del civismo o el arte de la convivencia. Constituye un valor de la civilidad, además de la igualdad, la libertad y la solidaridad. 

El respeto se puede vincular a la tolerancia que significa dejar hacer, sea por impotencia o por indiferencia. Sin embargo, el primero instituye un valor verdaderamente positivo pues no consiste en soportar que unos piensen de manera diferente a otros, sino en comprender sus proyectos y entender que los mismos representan un punto de vista moral, el mismo entonces es un aprecio positivo, por lo tanto, significa una auténtica construcción compartida.

La otra parte de la entrevista consistía en saber si como mujer, madre y ciudadana había sido alguna vez irrespetada. Ahí me quedé en blanco, ¡qué pregunta para responder en unos minutos y con el temor que si dices verdaderamente lo que piensas puedes ser censurada! ¿Hasta donde la cobardía puede llegar? No fue un problema del presentador con la pregunta, era mío. El miedo borró todo el irrespeto en mi vida.

Fue el miedo.
El miedo
y la vigilia del amor sin lámpara…
No sucedió jamás:
Jamás
…Ese día no existió
en ningún almanaque del mundo.1

No sabía por donde empezar y no empecé, solo se me ocurrió mencionar a aquellos pobres jóvenes que utilizan el vocablo tía o tío para referirse a señoras y señores, resultado  de la no enseñanza ni utilización de esa expresión y no de ellos mismos. La peor acusación que se le puede hacer a este medio de difusión es la palabra de los ausentes,  eso es por sí mismo un dilema. Se colocan en el plató a los que solo tienen que expresar lo que se espera que digan, la palabra autorizada.

El respeto en tanto virtud es algo que entra dentro del comportamiento moral de cualquier persona en la sociedad. Y lo moral no puede posponerse para más tarde, no se gana en el mañana, es lo que le da sentido al hoy.

La virtud del respeto no es un motivo, una intención, es un ejercicio. Lo importante no es la realidad de la virtud de quien la enseña, sino la realidad de la virtud que aprendo. Esa apropiación del respeto como valor moral es un proceso narrativo, no normativo. Es un ejercicio, no una prédica. Como toda puesta en práctica no puede dejar de ser una puesta en escena, una representación, pero esa demostración práctica y visible es una posibilidad mejor.
  
La tercera cuestión – que tampoco contesté – fue si yo había irrespetado alguna vez. Muy perspicaz. El único fallo fue, como siempre, mi incapacidad para la respuesta ágil, rápida y certera. No sé que hubiese pasado si hubiera contestado que de los doscientos profesores aproximadamente que componen el claustro de la Facultad de Filosofía de la Universidad de La Habana, quien tiene una sanción por falta de respeto a un superior, soy yo misma en estos últimos veinticinco años. Por eso debe ser que también balbuceé algunas palabras, sin saber exactamente qué respondí. No tengo ni la menor idea. Al final es una trampa estar en un lugar que no es el tuyo, hay ángulos de los cuales determinadas personas no pueden salir. Soy el espacio donde estoy –dijo un poeta– prefiero la meditación en el rincón y no en el estrado.

Notas
Dulce María Loynaz: "El miedo", en Antología, Editorial letras Cubanas, La Habana, 2002, p. 36-37

 
     
  Publicado en CubaLiteraria  
         
 
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