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Palabras de elogio de Alfredo Montoto en la entrega del Premio Nacional de Diseño del Libro “Raúl Martínez” en el año 2003 a Roberto Artemio Iglesias.

Buenas tardes a todos. Para quien no suele hacer uso del verbo, ni domina, como los que lo han precedido en esta sala, los secretos de la oratoria, realizar el elogio de un compañero, colega, amigo, y digo más, hermano, resulta una tarea harto difícil. Bien saben ustedes que nuestro bregar diario es con imágenes, fondos, tipografías y textos, no así con la palabra.

A este Sancho, perdón, a este Artemio, que para nada se puede confundir con Abstemio, lo que me resulta personalmente muy agradable, lo hemos visto cabalgar, sin Quijote, sobre dos cómodas y despachurradas sandalias de cuero, acompañado, eso sí, de sus armas, a saber: pinceles, plumas de dibujo, cartulinas, temperas, óleos, engrudos y hasta pentiums, para armar, diseñar o crear: libros, carteles, plegables, revistas, ilustraciones, en fin todo el amplio espectro de las formas de comunicación visual que puede abarcar un diseñador en una ya larga y fructífera trayectoria.

No voy a extenderme en hacer recuentos de cómo fueron sus inicios, de cuando defendió su tierra o cuando defendió otras tierras del mundo que clamaban por el concurso de sus modestos esfuerzos, nunca le he preguntado y me parece que de haber usado su currículum para redactar esta apología, el resultado sería algo muy frío ante las que han sido siempre unas cálidas relaciones, que nada tienen que ver con grados más o grados menos de alcohol; sí diré que ha sido y es, por encima de todo lo que haya podido ser en su ya largo historial, formador de nuevas generaciones de comunicadores, y es aquí en esta, una de sus tantas facetas, donde vienen a mi mente anécdotas que reflejan rasgos de su carácter.

Recuerdo la primera vez que nos encontramos en un aula universitaria, en el curso para diseñadores de la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana, dando inicio a un semestre de taller sobre el diseño del libro, cuando alguno de los allí presentes, realmente no recuerdo quién, le llamó profesor. Con toda la sencillez que lo caracteriza rectificó diciendo: profesor no, colega, que ustedes con el tiempo que llevan haciendo libros ya son profesionales, lo que sin papel.

En otra ocasión, y para finalizar este brevísimo elogio, luego de la discusión de mi tesis, nos acompañó a mi casa para celebrar, él como tutor, yo como licenciado, el éxito obtenido. Después de amplias degluciones y libaciones traté de devolverlo a su hogar, sin embargo, dificultades con el transporte lo impidieron por lo que decidimos que pernoctara en casa. Ya en ella, mi esposa le preparó una habitación y cuando fuimos a la sala a avisarle que ya estaba todo listo, nos lo encontramos acostado en el suelo con un cojín del sofá como almohada y al tratar de convencerlo de que fuera para la cama que le habíamos preparado nos espetó señalando hacia el piso con un gesto contra el que no cabía objeción alguna:¡Aquí!, respeten mis derechos.

Hoy ustedes y los que somos sus colegas, celebraremos ¡Aquí! el derecho que también tenemos de hacerlo acreedor a este Premio Nacional del Arte del Libro “Raúl Martínez” que él seguramente va a decir que no merece pero, que todos sabemos que es inobjetablemente justo.

Muchas gracias.


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