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Tomado de Revista
del Libro Cubano. Año I, no. 2, 1997.
Por Salomé Morales.
Ambrosio, ¿qué significó para ti ser editor?
Por lo pronto, mucho más que
un oficio o un modo de ganarme la vida.
¿Una vocación?
Mira, Salomé, para el que ama los libros, porque contrajo de niño
el vicio impune de la lectura, editarlos puede ser una experiencia
tan apasionante como escribirlos.
¿No existe a
veces el peligro de caer en la rutina?
Si apuestas siempre al seguro, sí. Pero si aceptas correr riesgos...No
me refiero tanto al riesgo económico -que en mi época no existía,
realmente- como al que pone en juego tu prestigio. Cuando se trata
de obras inéditas, el editor es el primer crítico: apuestas antes
que todos por la calidad, el interés y la significación cultural
de la obra que edita.
Es
una especie de promotor cultural
Sí. La proyección social del oficio se deriva del poder que concentras
en tus manos y que te permite proponer, en estrecha complicidad
con los autores, ciertos «modelos de comunicación» a partir de los
cuales vas creando -o intentando crear, porque es un proceso largo
y complicado- un cierto tipo de lector capaz, a su vez, de generar
una demanda que no existía. No sé si me explico.
Se trata de crear
nuevos hábitos de lectura, ¿no es así?
Exacto. Es el proceso que tradicionalmente se ha llamado «formación
del gusto» -ya nadie utiliza esa terminología- y que ahora suele
denominarse de «construcción del sujeto» o bien asociarse con los
nuevos modos de recepción de la literatura.
Veo que vuelves
a menudo sobre esa idea, de la que dices, en alguna parte que constituye
el fundamento sociológico de la estética marxista.
Sí, es la dialéctica
de la oferta y la demanda en el terreno de la cultura. Parafraseando
a Marx, puede explicarse así: el artista, al crear una nueva obra
de arte para el espectador, crea también, la mismo tiempo, un nuevo
espectador de obra de arte. Se trata, por supuesto, de espectadores
potenciales, o en nuestro caso, de lectores potenciales, que
deben ser estimulados o entrenados.
¿No es la escuela
la que tiene esa función?
¿Qué función?
La de estimular
y entrenar. La de enseñar a leer.
Sí, pero en ese terreno, como
en otros, la escuela suele ser guardiana de la tradición, no promotora
de vanguardias. Aunque entre nosotros se da una curiosa paradoja,
porque si bien se mira, nuestra tradición es la vanguardia. Aquí
-como en otros pueblos jóvenes, supongo- los momentos de continuidad
han sido menos importantes que los de ruptura. Así que no sólo la
escuela, sino el sistema educacional en su conjunto -desde la primaria
hasta la Universidad- tiene una tarea difícil, que es enseñar al
alumno a pensar con su propia cabeza y -para volver a nuestro tema-,
enseñarlo a leer, como bien tú dices, darle por lo menos un cierto
dominio del idioma, un mínimo de competencia lingüística. Es una
tarea ineludible, en un país cuyos ciudadanos tienen la obligación
de conocer, lo más ampliamente posible a autores como Martí, Carpentier
y Lezama, por ejemplo, para quienes las ideas, el lenguaje y la
cultura, en general, son muy importantes, y cuyas obras, por lo
tanto, no se accede sin preparación, sin esfuerzo.
Ese énfasis en
las vanguardias, en lo nuevo, ¿no relega a un segundo plano a los
clásicos de todos los tiempos?
Si tú, como editor - o como editora, que es lo que eres-, padeces
de esnobismo o novelería, sí. Pero si partes de una clara concepción
de la cultura, no. Al contrario. Es la comprensión del presente
lo que te permite entender el pasado. Sólo conociendo la literatura
moderna puedes apreciar cuán modernos resultan los clásicos. Entonces
toda la tradición se reactualiza. De ahí el consejo de Pessoa a
un joven poeta: no escribas un solo verso donde no se perciba que
Homero existió.
De 1964 a 1979
fuiste editor de literatura extranjera, primero en la Editorial
Nacional y después en el Instituto del Libro. ¿Lograste llevar esas
ideas a la práctica?
Déjame aclarte dos cosas:
una, que esa "literatura extrajera" no incluía la hispanoamericana,
de la que se encargaba la editorial de la Casa de las Américas;
dos, que del 64 al 68 fuimos Edmundo
Desnoes y yo los que dirigíamos la sección de Arte y
Literatura, en una colaboración que resultó ser muy fructífera.
Y en cuanto a tu pregunta, yo diría que sí, que logramos llevar
esas ideas a la práctica, porque operamos en condiciones muy favorables,
probablemente únicas en el mundo. En primer lugar, las del mecenazgo:
nuestras ediciones estaban generosamente subvencionadas por el Estado,
de manera que se vendían a precios irrisorios, la alcance de todos
los bolsillos; en segundo lugar, las de la confianza recíproca,
lo que nos permitía confeccionar los planes editoriales con absoluta
libertad, sin el menor asomo de censura o autocensura. Habría que
añadir un tercer factor: en 1964 ya no partíamos de cero, sino de
una base editorial muy sólida, creada en pocos años por al Imprenta
Nacional, que había publicado a los clásicos del siglo diecinueve
-y anteriores- en ediciones masivas.Tú sabes que la primera novela
de la Revolución cubana fue El Quijote, una edición en cuatro
tomos que se vendió hasta en las calles por decenas de miles de
ejemplares, junto con los periódicos del día, a veinticinco centavos
el volumen. De ahí en lo adelante se publicó de todo, desde Homero
hasta Cecilia Valdés, desde Balzac hasta Dickens, desde Moby
Dick hasta Dostoievski. Pero el siglo veinte no formó parte
de esa avalancha, en lo que respecta a la nueva literatura. Cierto
que se publicaron también narradores soviéticos algunos valiosos
como Sholojov-, pero el realismo socialista era ajeno a nuestros
intereses y expectativas, no porque fuera «malo», sino porque era
un modelo de comunicación atrasado, un rezago literario del siglo
diecinueve, algo que no reflejaba ni la dinámica ni la complejidad
de nuestra época. Los rusos habían metido el vino nuevo en odres
viejos, y el resultado estaba a la vista. En cambio, nosotros publicamos
a Lavréniev (El 41), y Caballería roja, de Babel (por
cierto, con prólogo de Carpentier), y Un día en la vida de Iván
Denísovich, de Solzhenitsin, y -en un volumen preparado por
Retamar
- El tren blindado, de Ivánov, cuentos de Babel, poemas de
Block y de Maiakovski, un fragmento del Viaje sentimental, de Shclovski...
todo lo que para nosotros era la verdadera -o por lo menos, la más
valiosa- expresión literaria de la Revolución rusa.
Ahí las vanguardias políticas y las artísticas coincidían...
Para nosotros la Revolución -en este caso, la nuestra- representaba
la modernidad, el más avanzado proyecto de renovación de la sociedad
cubana que se había producido en este siglo. Como editores de literatura
extranjera, nosotros desempeñábamos una función en ese proceso,
función que implicaba, por lo pronto, un aggiornamento, la
necesidad de «ponernos al día». Recuerda que aquí jamás se
había publicado en libro una obra literaria extranjera antes de
1959, con las excepciones de rigor, que no eran muchas; de modo
que si queríamos recuperar el tiempo perdido teníamos que echarnos
a correr. Fue lo que hicimos. No te extrañará saber que cuando Desnoes
y yo, que trabajamos en la Editora del Ministerio de Educación,
nos hicimos cargo, a instancias de María Angélica Álvarez, de las
colecciones literarias de la Editorial
Nacional -dirigida en esa época por Alejo Carpentier-,
los tres primeros autores que publicamos fueron Proust, Joyce y
Kafka, y nos paramos hasta llegar a Natalie Sarraute y Robbe-Grillet,
que en esos años representaban, en Europa, la extrema vanguardia.
¿No hubo ningún
autor que les hubiera gustado publicar y nunca publicaron?
Obras, quizás, pero autores...Tal vez Lawrence (¿Padres
e hijos?, ¿El amante de Lady Chatterley?), o Céline (Viaje
al fin de la noche) o Hesse , o Durrell... Si Eliseo Diego estuviera
aquí, protestaría: «¿Y los cuentos de Isaak Denisen?» Sí, es cierto,
pero aún así, los preteridos no fueron muchos, créeme. Quizás nos
faltaron escritores del Tercer Mundo, aunque fuimos los primeros
en dar a conocer en español a Amos Tutuola, por ejemplo (El
bebedor del vino de palma), en traducción de José
Rodríguez Feo, y la Poesía anónima africana, seleccionada
y traducida por Rogelio
Martínez Furé. A Soyinka no lo conocíamos como narrador
en esa época. Por lo demás, ya para entonces se había producido
un fenómeno insólito, y es que en el terreno de la la narrativa,
por lo menos, la antorcha de la vanguardia, a nivel mundial, había
pasado a América Latina. Ahora eran ellos los que tenían que ponerse
al día, no nosotros.
Cuando ustedes se hicieron cargo de la Editorial Arte y Literatura,
¿mantuvieron las viejas colecciones o crearon otras nuevas?
Mantuvimos las que ya tenían
un catalogo valioso, como era el caso de Biblioteca del Pueblo,
y creamos otras, como Cocuyo,
en formato de bolsilibros. También rescatamos una que había desaparecido,
Dragón, fundada por Oscar Hurtado a principios de los años sesenta.
Es sabido que su especialidad era la literatura policiaca y de ciencia-ficción.
Sus tiradas eran astronómicas.
También lo eran
las de la colección Huracán, ¿no es así?
Sí. Esa colección fue muy
importante, porque reanudó la publicación de obras clásicas de la
literatura universal -incluyendo las latinoamericanas- en ediciones
masivas y a precios bajísimos. El papel era malo y la encuadernación
deficiente, pero podías adquirir El Lazarillo de Tormes,
las Aventuras de Sherlock Holmes, los cinco tomos de Los
miserables, los dos de Los Bunderbrook y Cien años
de soledad, todos juntos, por menos de lo que hoy cuesta una
caja de cigarros. En fin, esa es otra historia.
¿En qué sentido?
En el sentido de que la
colección no dependía de nosotros, de Arte y Literatura. Había sido
creada por iniciativa de Rolando Rodríguez, el primer director del
Instituto del Libro, y tenía como editor a Andrés Couselo. Nuestras
dos tareas se complementaban, pero eran distintas.
Advierto que hablas
siempre del «Instituto del Libro», a secas...
No es por negarle cubanía.
Eso le sobraba. Lo que pasa es que así se llamó originalmente; lo
de «Cubano» vino después, por las exigencias de tipo jurídico.
Ambrosio, ¿tú
que dirías que la estrategia educativa de ustedes dio resultado?
¿Llegó a crear un nuevo lector para una literatura distinta?
Eso no es fácil saberlo. Lo que sí
puedo decirte son dos cosas: primero, que nuestras ediciones volaban
de las librerías, se agotaban en cuestiones de semanas; segundo,
que todavía encuentro lectores -gente ya cincuentona- que descubrieron
el mundo de la literatura en nuestros libros y que no sólo recuerdan
las obras sino además los prólogos , los textos de contracubierta,
los formatos de las colecciones y hasta los diseños de cubierta.
En el mundo moderno
se dice con frecuencia que el libro, como transmisor de información
y cultura, está en crisis. Algunos se preguntan incluso si sobrevivirá.
¿Tú qué piensas? En ese mundo -el de Internet, los CD-Rom, la comunicación
electrónica...- ¿habrá espacio para los libros?
Mira, Salomé, tal como están las cosas,
para mí el peligro mayor no radica en los avances de la tecnología,
sino en los retrocesos de la sociedad. Hoy en día en nuestro movimiento
editorial está abocado a un proceso traumático y complejo, el del
tránsito del mecenazgo al mercado. No es al libro al que hay que
salvar -en ese mundo de que hablas hay cada vez más libros, aunque
sean libros cada vez más caros-; al que hay que salvar es al lector,
porque donde quiera aumenta, por un lado, el número de analfabetos
funcionales y por el otro, el de las personas a quienes el salario
no les alcanza para comprar libros, ni siquiera de vez en cuando.
Están también aquellos que leen únicamente los best-sellers y la
pacotilla literaria que les impone la moda, es decir, la publicidad.
Existe un poder oculto, algo así como un estalinismo del mercado,
que dicta e impone, por lo general, las normas de la producción
y del consumo y que, por tanto, determina cuál es el tipo de literatura
que la mayoría de los consumidores debe leer. Y esa oferta -volvemos
al principio-, estimula a su vez una demanda que reactiva la oferta,
con lo que cierra el círculo vicioso del mercado. Y como si esto
fuera poco, está también el problema de la televisión. Mejor dicho,
no de la televisión -porque esta es, en potencia, el medio de difusión
más eficaz y democrático del mundo-, sino de sus usos y abusos.
Por una parte, el medio tiende a imponer -tanto en el extranjero
como aquí-"modelos de comunicación" efímeros y superficiales; por
la otra, es un cronófago implacable, devora sin piedad la mayor
parte de nuestro tiempo libre. Si este lo dedico, en efecto, a la
TV, y llegado el caso, ¿cómo podré mantener el nivel de concentración
y reflexión que exige la lectura? Estoy pensando, sobre todo, en
la niñez y la adolescencia, las principales etapas de formación
de los hábitos y gustos. Los problemas, ya ves, son serios y de
índole diversa, pero todavía estamos a tiempo de hacer algo. Si
me preguntas: «¿Qué?», yo no tendría más remedio que responderte,
como Sofía al final de El siglo de las luces: «¡Algo!» Porque
sería imperfecto que, en este país -el país que erradicó hace treinta
años el analfabetismo y llegó a publicar las ediciones populares
más cuidadas y baratas del mundo -el libro volviera a ser un artículo
de lujo, una simple mercancía.
Ahora, Ambrosio,
una pregunta al autor , no al editor, aunque en este caso ambos
parecen estrechamente unidos: ¿cómo surgió la idea de El
Libro en Cuba?
Sobre eso, algo cuento
en la introducción de la obra, ¿no es así? En 1972 iba a celebrarse,
por iniciativa de la UNESCO, al Año Internacional del Libro. A mediados
de 1971, cuando se elaboró entre nosotros el plan de actividades,
yo propuse que incluyéramos en él ese proyecto. La idea fue bien
recibida, así que de inmediato puse manos a la obra. Acababa de
iniciarse el Quinquenio Gris y, por primera vez en diez años, disponía
yo del tiempo necesario para llevar a cabo una investigación de
esa envergadura, que abarcaba desde 1723 hasta la primera mitad
de este siglo.
¿Ah, sí? ¿Y por
qué se quedó en el XIX?
Porque me cansé de tragar
polvo en los archivos y las bibliotecas. Todo tiene un límite.
Es verdad. Hasta
las entrevistas. ¿Algo que añadir?
Ahora que lo pienso, sí.
No puedo hablar de mis actividades como editor sin recordar a dos
personas que no he mencionado aquí. Una es Herminio Almendros, con
quien me inicié en el oficio cuando él dirigía la editorial del
Ministerio de Educación. Almendros fue un gran pedagogo cuya especialidad
era la literatura infantil y juvenil. Su labor en ese terreno -como
autor y como editor- fue tan amplia e importante que merecería,
por sí sola, un estudio. La otra persona es Raúl Martínez, pintor
y diseñador gráfico, recientemente fallecido. Diseñó algunas de
nuestras colecciones y dejó, dondequiera que puso la mano -libros,
afiches, marcadores, boletines...- la huella de su rigor profesional
y su talento artístico. Sin su aporte, ni los formatos, ni el diseño
de las cubiertas de los nuestros libros serían recordados todavía.
Tomado de Revista
del Libro Cubano. Año I, no. 2, 1997
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