| |
Un joven, no sé si despistado
o despiadado, me preguntó hace poco qué significa ser crítico literario
en los umbrales mismos del nuevo milenio. Si yo tuviera la respuesta
a mano no estaría escribiendo este artículo para Época.
Porque lo que me propongo aquí es hacerme yo mismo la pregunta,
o sea dar testimonio de una crisis de identidad. Claro que el problema
desborda las fronteras del oficio. Igual podríamos preguntarnos,
si otros no lo hubieran hecho ya, para qué sirve la literatura,
la capacidad de crear universos imaginarios o abandonarse a ellos,
en un mundo donde inmensas multitudes se sumergen diaria y silenciosamente
en las pantallas de sus televisores o recorren las infinitas autopistas
del ciberespacio dejando o recogiendo mensajes sin destinatarios.
En semejante contexto el acto mismo de leer o comentar un libro
tiene algo de extravagante.
La
época ya remota en que se formaron o consolidaron mis gustos literarios
no daba margen a tanta incertidumbre. Todo estaba o parecía estar
clarísimo, aunque admito que esa misma transparencia se nos hacía
sospechosa, como las cómodas clasificaciones de los manuales de
literatura que estudiábamos en el Bachillerato. De un lado estaba
la tradición y del otro la vanguardia. No tengo que aclarar de qué
lado estábamos nosotros, demasiado jóvenes todavía para entender
la dialéctica continuidad/ruptura, la posibilidad de que aun la
más rancia tradición contuviera alternativas de vanguardia, como
Rulfo se encargaría de demostrar en esos años. Por tanto, lo que
ocurrió a principios de los años sesenta, cuando fui a trabajar
con Alejo Carpentier en la Editorial
Nacional, era previsible. Aliado a uno de mis colegas
-el novelista Edmundo
Desnoes-, empecé a publicar a Proust,
Kafka, Joyce y Faulkner en ediciones baratas de diez
o quince mil ejemplares, que por cierto se agotaban en cuestión
de semanas. Nuestro primer objetivo era situar a las nuevas generaciones
de lectores a la altura del siglo, es decir, al nivel de nuestros
propios gustos literarios. Ahora bien, una cosa es informar, transmitir
un saber congelado, y otra experimentar, invitar a una apropiación
dinámica. Para nosotros, difundir masivamente aquellas propuestas
equivalía a reforzar la alianza entre las vanguardias artísticas
y políticas, porque en la Cuba de esa época ambas compartían su
confianza en los poderes de la imaginación -o de la Utopía- y su
convicción de que todo -empezando por el lenguaje y terminando por
la sociedad y el hombre mismo- podía y debía ser transformado. Para
mí era evidente que la función ideológica del crítico, ahora desdoblado
en editor, consistía en crear un consenso alrededor de esa propuesta
básica, vista como la médula del pensamiento revolucionario. Y si
íbamos a ser consecuentes tendríamos que pensar seriamente en el
suicidio profesional, porque en definitiva la función del crítico
es a todas luces la expresión de una profunda desigualdad, aquella
que divide a los hombres en instruidos e ignorantes, en capaces
o no de valorar un texto con conocimiento de causa. En la nueva
sociedad, la crítica literaria -o más bien la capacidad para analizar
y juzgar un texto- no debía seguir siendo el privilegio de una exigua
minoría, la esotérica función de "los que saben".
Eramos muy jóvenes entonces, lo repito. Antonio Cândido observó
en esa época que la televisión podía acabar secuestrando al público
recién alfabetizado, como lo había hecho el folletín en la Francia
de mediados del siglo XIX. El tiempo que ese público, según nuestros
cálculos, debía dedicar a la transformación de su propia conciencia,
a irrumpir en el mundo moderno leyendo de cabo a rabo La montaña
mágica, por ejemplo, nos estaba siendo disputado en secreto
por el fantasma de Félix B. Caignet y las infinitas versiones posibles
de El derecho de nacer, cuyo poder de fascinación aún nos
dábamos el lujo de subestimar. Estábamos más cerca de Adorno que
de Gramsci, señal de que vivíamos en carne propia las contradicciones
de la ciudad letrada en el momento mismo en que pretendíamos minar
sus bases. El fetichismo de la letra impresa y de la cultura de
élite nos impedía ver que nunca antes, en toda la historia de la
humanidad -gracias, precisamente, al desarrollo de los medios electrónicos
de comunicación- se había consumido tanta literatura (aun la que
provenía de los libros), sólo que convertida ahora en lenguaje audiovisual.
Estábamos ante un problema de producción que era también, y sobre
todo, un problema de recepción. La literatura conservaba su vigencia
en el mundo moderno, cierto, iba a sobrevivir al apocalipsis de
la revolución masmediática, pero el cambio de soporte privilegiaba
el consumo pasivo sobre el activo, la irrefrenable tendencia autoritaria
y monológica de los medios sobre la naturaleza flúida y dialógica
del texto tradicional. Empezó a hablarse del vidiota como antes
se había hablado de la muchedumbre solitaria. Tuve que reconocer
que algo había fallado en nuestros cálculos.
Lo que no imaginé es que los gloriosos muros del Kremlin fueran
a arrastrar en su estrepitosa caída hasta la idea misma de que el
mundo de los iletrados podía cambiar. Ni que la desaparición del
campo socialista europeo, con el que Cuba sostenía casi el ochenta
por ciento de su comercio exterior, produjera una crisis económica
que acabaría reduciendo a su mínima expresión el movimiento editorial
cubano. No era posible salir ileso de la catástrofe pero aún podíamos
salvar, me dije, la venerable idea de que el crítico, conocedor
como pocos del vínculo literatura/idiosincrasia, era uno de los
guardianes permanentes de ese indefinible patrimonio colectivo que
llamamos Identidad, tanto nacional como cultural. Un repliegue táctico
no es deshonroso. Necesitábamos un respiro, simplemente. El mundo
se había hecho demasiado confuso e inseguro como para saltar sin
temor las vallas del terruño y aventurarse más allá de las fronteras
nacionales. Como el Cándido de Voltaire, aunque sin amargura, íbamos
a dedicar un tiempo a cuidar nuestro propio jardín. Y es entonces
cuando nos dicen que la irrefrenable expansión capitalista y el
vertiginoso desarrollo de los medios de comunicación habían convertido
en puros anacronismos los conceptos mismos de Nación, Identidad,
Raíces culturales... Increíble paradoja. Nuestros sueños se habían
cumplido pero en un contexto socioeconómico distinto, con un signo
ideológico distinto, casi me atrevería a decir que en dirección
contraria. Quisimos globalizar y nos globalizaron. Aunque no del
todo. El 97 por ciento de los usuarios de Internet, por ejemplo,
pertenecen a los países ricos. Es una vieja historia, que se repite
como farsa. Pero en última instancia, ¿qué importa, si estamos hablando
de un espacio casi enteramente virtual, un mundo de culturas desterritorializadas?
Así, privados hasta de las bases metodológicas que desde el siglo
XIX aportaban las ideas de Nación y de cultura nacional, los críticos
de mi especie se han quedado solos frente al Texto y deberán optar
por extinguirse o, mutatis mutandis, volver a sus orígenes gremiales
como filólogos y escoliastas. Pudieran abrirse también a un territorio
más vasto consagrándose a los estudios culturales, postcoloniales,
subalternos..., o cortar por lo sano reorientando sus intereses
hacia la crítica de televisión, por ejemplo. El problema es que
para algunos de nosotros ya es demasiado tarde. Habituados como
estamos a ejercer la crítica literaria en función de objetivos que
sobrepasan el ámbito de la academia y de las revistas especializadas
-para no hablar de un mal incipiente, las exigencias del mercado-
ahora se nos hace difícil operar sobre otras bases. De modo que
no tenemos más remedio que hacer de tripas corazón y esperar tiempos
mejores. Como decía hace poco Benedetti,
las grandes utopías han muerto, cierto, pero ¿y las pequeñas? Nos
consuela saber que pese a todo el ser humano no renuncia a su capacidad
de soñar

|