PREMIO NACIONAL DE EDICIÓN
REGRESO A CubaLiteraria
   
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TESTIMONIO DE UNA CRISIS
 

por Ambrosio Fornet

 
Tomado de Época. México D.F., no. 438, 25 de octubre de 1999.
 


Un joven, no sé si despistado o despiadado, me preguntó hace poco qué significa ser crítico literario en los umbrales mismos del nuevo milenio. Si yo tuviera la respuesta a mano no estaría escribiendo este artículo para Época. Porque lo que me propongo aquí es hacerme yo mismo la pregunta, o sea dar testimonio de una crisis de identidad. Claro que el problema desborda las fronteras del oficio. Igual podríamos preguntarnos, si otros no lo hubieran hecho ya, para qué sirve la literatura, la capacidad de crear universos imaginarios o abandonarse a ellos, en un mundo donde inmensas multitudes se sumergen diaria y silenciosamente en las pantallas de sus televisores o recorren las infinitas autopistas del ciberespacio dejando o recogiendo mensajes sin destinatarios. En semejante contexto el acto mismo de leer o comentar un libro tiene algo de extravagante.

La época ya remota en que se formaron o consolidaron mis gustos literarios no daba margen a tanta incertidumbre. Todo estaba o parecía estar clarísimo, aunque admito que esa misma transparencia se nos hacía sospechosa, como las cómodas clasificaciones de los manuales de literatura que estudiábamos en el Bachillerato. De un lado estaba la tradición y del otro la vanguardia. No tengo que aclarar de qué lado estábamos nosotros, demasiado jóvenes todavía para entender la dialéctica continuidad/ruptura, la posibilidad de que aun la más rancia tradición contuviera alternativas de vanguardia, como Rulfo se encargaría de demostrar en esos años. Por tanto, lo que ocurrió a principios de los años sesenta, cuando fui a trabajar con Alejo Carpentier en la Editorial Nacional, era previsible. Aliado a uno de mis colegas -el novelista Edmundo Desnoes-, empecé a publicar a Proust, Kafka, Joyce y Faulkner en ediciones baratas de diez o quince mil ejemplares, que por cierto se agotaban en cuestión de semanas. Nuestro primer objetivo era situar a las nuevas generaciones de lectores a la altura del siglo, es decir, al nivel de nuestros propios gustos literarios. Ahora bien, una cosa es informar, transmitir un saber congelado, y otra experimentar, invitar a una apropiación dinámica. Para nosotros, difundir masivamente aquellas propuestas equivalía a reforzar la alianza entre las vanguardias artísticas y políticas, porque en la Cuba de esa época ambas compartían su confianza en los poderes de la imaginación -o de la Utopía- y su convicción de que todo -empezando por el lenguaje y terminando por la sociedad y el hombre mismo- podía y debía ser transformado. Para mí era evidente que la función ideológica del crítico, ahora desdoblado en editor, consistía en crear un consenso alrededor de esa propuesta básica, vista como la médula del pensamiento revolucionario. Y si íbamos a ser consecuentes tendríamos que pensar seriamente en el suicidio profesional, porque en definitiva la función del crítico es a todas luces la expresión de una profunda desigualdad, aquella que divide a los hombres en instruidos e ignorantes, en capaces o no de valorar un texto con conocimiento de causa. En la nueva sociedad, la crítica literaria -o más bien la capacidad para analizar y juzgar un texto- no debía seguir siendo el privilegio de una exigua minoría, la esotérica función de "los que saben".

Eramos muy jóvenes entonces, lo repito. Antonio Cândido observó en esa época que la televisión podía acabar secuestrando al público recién alfabetizado, como lo había hecho el folletín en la Francia de mediados del siglo XIX. El tiempo que ese público, según nuestros cálculos, debía dedicar a la transformación de su propia conciencia, a irrumpir en el mundo moderno leyendo de cabo a rabo La montaña mágica, por ejemplo, nos estaba siendo disputado en secreto por el fantasma de Félix B. Caignet y las infinitas versiones posibles de El derecho de nacer, cuyo poder de fascinación aún nos dábamos el lujo de subestimar. Estábamos más cerca de Adorno que de Gramsci, señal de que vivíamos en carne propia las contradicciones de la ciudad letrada en el momento mismo en que pretendíamos minar sus bases. El fetichismo de la letra impresa y de la cultura de élite nos impedía ver que nunca antes, en toda la historia de la humanidad -gracias, precisamente, al desarrollo de los medios electrónicos de comunicación- se había consumido tanta literatura (aun la que provenía de los libros), sólo que convertida ahora en lenguaje audiovisual. Estábamos ante un problema de producción que era también, y sobre todo, un problema de recepción. La literatura conservaba su vigencia en el mundo moderno, cierto, iba a sobrevivir al apocalipsis de la revolución masmediática, pero el cambio de soporte privilegiaba el consumo pasivo sobre el activo, la irrefrenable tendencia autoritaria y monológica de los medios sobre la naturaleza flúida y dialógica del texto tradicional. Empezó a hablarse del vidiota como antes se había hablado de la muchedumbre solitaria. Tuve que reconocer que algo había fallado en nuestros cálculos.

Lo que no imaginé es que los gloriosos muros del Kremlin fueran a arrastrar en su estrepitosa caída hasta la idea misma de que el mundo de los iletrados podía cambiar. Ni que la desaparición del campo socialista europeo, con el que Cuba sostenía casi el ochenta por ciento de su comercio exterior, produjera una crisis económica que acabaría reduciendo a su mínima expresión el movimiento editorial cubano. No era posible salir ileso de la catástrofe pero aún podíamos salvar, me dije, la venerable idea de que el crítico, conocedor como pocos del vínculo literatura/idiosincrasia, era uno de los guardianes permanentes de ese indefinible patrimonio colectivo que llamamos Identidad, tanto nacional como cultural. Un repliegue táctico no es deshonroso. Necesitábamos un respiro, simplemente. El mundo se había hecho demasiado confuso e inseguro como para saltar sin temor las vallas del terruño y aventurarse más allá de las fronteras nacionales. Como el Cándido de Voltaire, aunque sin amargura, íbamos a dedicar un tiempo a cuidar nuestro propio jardín. Y es entonces cuando nos dicen que la irrefrenable expansión capitalista y el vertiginoso desarrollo de los medios de comunicación habían convertido en puros anacronismos los conceptos mismos de Nación, Identidad, Raíces culturales... Increíble paradoja. Nuestros sueños se habían cumplido pero en un contexto socioeconómico distinto, con un signo ideológico distinto, casi me atrevería a decir que en dirección contraria. Quisimos globalizar y nos globalizaron. Aunque no del todo. El 97 por ciento de los usuarios de Internet, por ejemplo, pertenecen a los países ricos. Es una vieja historia, que se repite como farsa. Pero en última instancia, ¿qué importa, si estamos hablando de un espacio casi enteramente virtual, un mundo de culturas desterritorializadas?

Así, privados hasta de las bases metodológicas que desde el siglo XIX aportaban las ideas de Nación y de cultura nacional, los críticos de mi especie se han quedado solos frente al Texto y deberán optar por extinguirse o, mutatis mutandis, volver a sus orígenes gremiales como filólogos y escoliastas. Pudieran abrirse también a un territorio más vasto consagrándose a los estudios culturales, postcoloniales, subalternos..., o cortar por lo sano reorientando sus intereses hacia la crítica de televisión, por ejemplo. El problema es que para algunos de nosotros ya es demasiado tarde. Habituados como estamos a ejercer la crítica literaria en función de objetivos que sobrepasan el ámbito de la academia y de las revistas especializadas -para no hablar de un mal incipiente, las exigencias del mercado- ahora se nos hace difícil operar sobre otras bases. De modo que no tenemos más remedio que hacer de tripas corazón y esperar tiempos mejores. Como decía hace poco Benedetti, las grandes utopías han muerto, cierto, pero ¿y las pequeñas? Nos consuela saber que pese a todo el ser humano no renuncia a su capacidad de soñar

Ambrosio Fornet
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Redacción Editorial: Marién Prieto Diseño Web: Amaury González Créditos...