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"Todo lo que escribo tiene que ver con mi vida,
aunque yo no lo haya vivido personalmente."
Ibsen
Desde hace muchos años, la obra de Eduardo Heras León
ocupa un lugar preeminente en el panorama de nuestras letras.
Con cinco libros publicados, tres de los cuales podrían
calificar entre los mejores volúmenes de cuentos de nuestra
historia literaria más reciente, y uno de ellos, entre
los más importantes en la tradición de la cuentística
cubana, podemos considerar que su trabajo en el género
se destaca significativamente dentro de la vasta nómina
de los cultores del cuento en Cuba. La razón de tal jerarquía
no sería difícil de apreciar si juzgamos su obra
en términos temáticos, pero existe una evidencia
de estilo que la ilumina por completo. A diferencia de otros
renovadores, quienes en su necesidad de derribar los muros emplean
una fuerza tan grande que altera la proporción, el equilibrio
o el sentido del límite, Eduardo Heras León trabaja
el cuento con las reglas de oro y, al mismo tiempo, con audacia
experimental. Es casi imposible traducir a palabras el significado
de esta combinación. Sin dañar la piel del género,
pues las rupturas son apenas visibles, Heras León se
las ingenia para contarnos una historia en la que siempre es
posible encontrar un orden lógico, una introducción,
un nudo, un desenlace, una composición implacable y precisa
de la que, sin embargo, nunca se ausenta una soterrada vocación
de dinamitero. El encanto de su estilo, cuando logra plasmarse
en todo su esplendor, reside en esa síntesis, puesto
que Eduardo Heras León es, en su esencia, un renovador
disciplinado.
No obstante, todavía hay una causa más honda que
explica mejor la calidad de esta cuentística. Como se
sabe, el cuento es un género difícil. Requiere
concentración en el asunto, pericia técnica, un
suave ondular interior que nos conduzca a la revelación
del tema y a esa extraña persistencia en la memoria que
deja en nosotros la lectura de una pequeña pieza. Los
clásicos lo sabían muy bien, aunque escogieron
diversos caminos para proporcionarnos esa imagen del mundo que
solo es inherente al cuento. Edgar Allan Poe, considerado el
padre del cuento moderno, colocaba el asunto de tal modo que
su final nos sacudía por la sorpresa. Poe creía
firmemente que la corriente subterránea de sentido jamás
podía emerger hacia la superficie, debíamos dar
el golpe sin traicionar esa verdad. Maupassant, en cambio, crecía
hacia la reflexión. Un cuento como "Las joyas"
desarrolla su argumento con la más absoluta naturalidad,
solo el último párrafo revela el sentido y ya
la sorpresa se ha transformado en asombro, en el primer paso
hacia una concentrada meditación. Chejov, con aparente
desinterés, comienza y termina sus cuentos por cualquier
punto del desarrollo. Narra el asunto en pasado y solo al final
cambia el tiempo verbal y nos cuenta en presente. Su interés
no es la sorpresa ni la meditación conseguida con un
golpe de efecto, sino el desarrollo, el proceso mediante el
cual empezamos a comprender una verdad. Considero que esas tres
actitudes constituyen el descubrimiento más fecundo para
la génesis del cuento y todos los grandes cuentistas
de este siglo -Kipling, Borges, Hemingway, Rulfo, Cortázar-
han sabido concentrarlas adecuadamente. Pienso que Eduardo Heras
León también asimiló la lección,
pues sus mejores cuentos amalgaman la sorpresa, la reflexión
y la duda para seguir dándole al género lo que
sus grandes creadores le dieron, la consistencia y la seguridad
del poema.
Existe todavía una verdad que no siempre comprendemos
del todo y que está relacionada con el grado de profundidad
y de humanismo que alcanzamos en el arte. El narrador, y sólo
el verdadero narrador, sabe muy bien que el cuento no es un
artefacto, se resiste a la fabricación artificial. Heras
León me ha confesado algo que puede constituir un credo,
la firme base para entender, al fin, la eterna pregunta que
nos hacemos todos, es decir, por qué escribimos: "No
me siento a escribir para decir algo, sino porque tengo algo
que decir." Parece una simple inversión de palabras,
un destello ingenioso, pero no lo es. Heras León sabe
muy bien que quien se sienta a escribir por oficio, por conocer
y manosear las tripas de una estructura, no es caaz de decir
nada ni de vaciar sus sentidos en el papel. En cambio, quien
se sienta a escribir porque una verdad profunda lo ha noqueado
y tiene necesidad de descubrirla y superarla, se halla a las
puertas de la vida y del arte. Relatos como "Piedra",
"Mateo", "La noche del capián", "Los
pasos en la hierba" o "Final de día",
sólo pueden haber nacido de ese huevo misterioso que
pone la vida en el arte, ese humanismo intolerable que apenas
podemos asimilar de golpe y nos traspasa con su humilde y auténtica
verdad. Heras León sabe también que el artista
apresa dentro de sí, con peligro de muerte, un cuerpo
extraño, ese grano de arena de la ostra margaritífera
de la que hablaba Brecht. La perla es el producto de esa intensa
lucha, el sacrificio que supone modelar dentro de sí
algo que no es propio, pero que, por estar en un diálogo
íntimo con nosotros mismos, se convierte en consustancial.
Si no hay grano de arena, no habrá arte, si no hay ostra
que pueda asimilarlo, tampoco.
La guerra tuvo seis nombres (1968) es la primera
muestra de ese proceso de cristalización. Este libro
constituye uno de los ejercicios iniciales y más acabados
de la Nueva Cuentística Cubana. El texto inaugura, junto
a Los años duros, de Jesús Díaz
y Condenados de Condado, de Norberto Fuentes,
la narrativa de la violencia, la nueva cuentística de
la Revolución. Su particularidad reside en que toma como
único centro la epopeya de Playa Girón, la primera
victoria del socialismo en América. He dicho en otra
ocasión que este libro introduce de manera orgánica
la estructura monotemática en el cuento cubano. Su sentido
de la composición, su concentrado interés en un
tema, va a iniciar un camino que tendrá sus mejores epígonos
en Noche de fósforos (1974), de Rafael
Soler, y El niño aquel (1979), de Senel
Paz. Desde luego que no se trata del mismo problema, pues uno
se refiere a la Campaña de Alfabetización, y otro
a la infancia, pero sí de la misma fórmula de
construcción. La guerra tuvo seis nombres,
como los libros antes citados, enfoca un solo ángulo
de la realidad y desde allí nos ilumina el resto.
Nadie hasta hoy, ni en el cuento ni en ningún otro género,
ha podido superar las formidables escenas de Girón que
se describen en este libro, debido a que el combate está
en el centro, pero sólo relativamente. Heras León
no intenta historiar los pasajes fundamentales de la gesta,
aunque ellos están ahí, diluidos en la aventura
de los hombres. Más bien podemos afimar que el autor
pretende, y consigue, plasmar el sentido de la guerra para el
soldado y para el jefe a través del análisis de
una experiencia concreta. Esta es la novedad temática,
la mirada particular sobre una serie de conflictos que gravitan
sobre la conducta de los hombres en el combate. Hemos de advertir
que Heras León encuentra la piedra de toque de la guerra
cuando estudia con minuciosa y opresiva intensidad la relación
entre el jefe y el soldado, el elemento de cohesión o
ruptura que garantiza el fracaso o la victoria de un ejército.
Por eso, en cada uno de los cuentos sobresale como acción
causal el carácter determinante del jefe.
"Pardo", el cuento que abre el libro, presenta la
angustia y el miedo a morir de un miliciano en su posta nocturna.
Pardo supera el miedo gracias al recuerdo de otra muerte, ese
niño que llora ante el cadáver de su madre y a
quien ha reprendido con dureza, "¡No llores más!
-le digo-. ¡No se llora! -y yo también estoy llorando-.
¡Hay que matar, niño! -le digo-. ¡Mata, niño
-le digo- no hay que llorar!" Pero también la presencia
del jefe es definitiva. El jefe no tiene rostro, solo tiene
voz. "Pero luego su voz, jefe. No era voz de jefe. Era
voz de hombre. Y su mano, jefe. No era mano de jefe. Era mano
de amigo." Y así el jefe distante, con un gesto
de cálida confianza, disipa el miedo de Pardo y lo convierte
en valor. Nunca más seguirá frío el fusil
en las piernas frías -imagen poética del miedo-
porque Pardo dispara bien, dispara suave. En "Modesto",
la equivocación del jefe conduce a la muerte porque el
error de una orden de guerra se paga con la vida. En "Piedra",
quizás el cuento más audaz del volumen, observamos
la prolongación del jefe en el soldado. Bajo la hiriente
metralla y el resplandor de los disparos, Piedra ha perdido
al capitán que gobernaba su alma desde la torreta de
un tanque. De pronto queda mudo, vacío, sin saber qué
hacer, mientras arrecia el combate y el resto de la tropa le
pide su voz de mando. Entonces ocurre esa imagen inolvidable
de Piedra sollozando, al borde del camino, sin poder hacer nada,
porque no puede ser jefe, no ha sido educado para jefe. Ahora
se levanta la voz de Pardo y sustituye en su alma al capitán
y Piedra sabe lo que debe hacer y va a morir, no siente los
disparos que penetran su cuerpo porque su ánima va con
los que avanzan hasta que ya no es Piedra, sino un cuerpo que
cae en la tierra de nadie y se prolonga en el clamor de los
otros.
"Rogerio" continúa la misma línea, revelando
en este caso al mal jefe, al falso oficial. Es un cuento duro
y amargo, transido de autenticidad, que recuerda en su estructura
parabólica a los cuentos iniciales de Enrique Serpa y
Jesús Díaz. "Mateo", en cambio, es un
estudio sobre el heroísmo, posiblemente el cuento más
hermoso que se haya escrito entre nosotros sobre el tema. Este
relato tiene un matiz distinto, puesto que en él no sólo
se debate la circunstancia del héroe, sino también
su crecimiento a hombre. Mateo acaba de cumplir los quince años
y ve la guerra con los ojos de un niño. Por impericia,
exceso de confianza y desconocimiento del avión enemigo
bajo la insignia de nuestra Fuerza Aérea, Mateo no puede
derribar el aparato. Entonces ve la muerte a su alrededor y
se enfurece. El jefe le da aliento, lo calma, y ahora puede
montar la cuatrobocas. Cuando pasa el avión por segunda
vez, le da en el fuselaje y lo derriba. Mateo se ha convertido
en héroe sin darse cuenta, acaba de saltar a la leyenda
y no lo sabe porque ningún hombre que pelea y vence es
consciente de esa condición. Su sentido de la solidaridad
le impide conocer el miedo y el adulto que es sigue viviendo
en la pura sencillez del niño.
"Eduardo", el último relato, presenta otro
tipo de jefe,el hombre de acción que no puede probarse
en el combate y realiza un acto insignificante en comparación
con el tamaño de la guerra. Este es un héroe sin
batalla, el jefe que simboliza al pueblo y que describe con
su meditación las razones esenciales del triunfo. "Tal
vez la guerra la ganaron todos. Los que combatieron y los que
no combatieron. Los que esperaron y vivieron como tú
y los que no pudieron esperar porque la muerte terminó
con su espera". El cuento resume la tesis del libro: la
guerra fue ganada, en primer término, por la fuerza de
las ideas, por la voluntad y el arrojo de un pueblo que fue
movilizado por ellas y depositó su confianza en la Revolución.
Esto aparece en la trama sutil y más profunda ya que,
a pesar de los errores de Modesto, la cobardía de Rogerio,
el temor de Pardo y la incapacidad de Piedra, la guerra supo
unir a un puñado de hombres y les dio un sentido de responsabilidad
que superaba sus vidas.
Estamos en presencia del tema fundamental de toda la cuentística
de Heras León. Pudiéramos pensar que el asunto
del libro confiere a este problema la prioridad número
uno y esta es la razón por la cual se destaca. Pero no.
Las líneas temáticas de toda su obra hasta el
presente convergen en el sentido de responsabilidad, la gravedad
con que el hombre asume, lo mismo en una situación excepcional
que cotidiana, el destino de quienes han confiado en él
y esperan una orientación precisa para enfrentarse a
la vida o la muerte. No podemos olvidar que hay matices en esta
imago mundi, cuentos que corren en otra dirección y aspectos
que distan mucho de esa consideración central. Sin embargo,
hasta en relatos tan alejados de la violencia o de la relación
jerárquica entre los hombres, como "Volver"
o "Sonata nocturna", es posible apreciar el destello
de esa actitud responsable y agónica que Heras León
reclama de sus personajes. El problema real, y aquí enfrentamos
un problema de estética, es que el escritor circula muchas
veces alrededor del punto cenital que dio cohesión a
su vida. Para Eduardo Heras León, como para muchos otros
de su generación y de la nuestra, la participaión
activa en la lucha revolucionaria y, en particular, en la lucha
armada, permeó de un modo definitivo la posición
del conflicto en sus cuentos, el carácter de sus personajes
y el grado de penetración en la realidad. En todos sus
cuentos, la auténtica voluntad del hombre está
definida por su relación con los demás. Para alcanzar
el estadío superior del ser humano, sus personajes tienen
que borrar todo rastro de egoísmo y devenir jueces de
su propia conciencia. Por eso el carácter social y el
sentido revolucionario de esta posición resulta crítico.
Heras León puede reclamar, con todo el rigor necesario,
una actitud más humana en sus personajes y, a la vez,
juzgar la conducta de quienes no han comprendido el ejercicio
del poder, de la razón o de la duda, porque tampoco han
entendido la finalidad manifiesta de la lucha. En un emocionante
pasaje de "El viaje ha comenzado", el narrador juzga
a su jefe con palabras que pueden resumir este sentido:
Miguel que no
nos habla, que no sabe imponer el orden sino a fuerza de reportes,
porque aquel día, solos, bajo las sombras poderosas de
los muros de la fortaleza, le grité ¡eres un miserable,
Miguel! y cuando quiso explicarme, cuando quiso decirme lo que
no podía decir sin traicionarse la voz, ¿qué
vas a explicarme? -le dije-, ¡aprende a ser más
compañero que así te vas a convertir en hombre!
El sentido crítico de
La guerra tuvo seis nombres le da un cariz particular
a la epopeya. Heras León exalta y juzga, puede hacer
ambas cosas. El libro no padece de ese rasgo ingenuamente afirmativo
que caracterizó algunas zonas de nuestra cuentística,
sobre todo a mediados de la década del 70. Todo lo contrario.
Si algo resalta es una afirmación crítica, pues
sólo la Revolución, con sus contradicciones internas,
logró gestar esa epopeya. De aquí podemos deducir
muchas verdades de la guerra como la angustia y la lucha contra
el miedo, el riesgo de cumplir con el deber, el valor de una
orden a tiempo, la importancia del jefe, el temor del soldado,
fantasmas todos que pelean junto a nosotros en el conflicto
de vida o muerte.
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