Nosotros los sobrevivientes,
¿a quiénes debemos la sobrevida?
Roberto F. Retamar
Al teniente de milicias Dionisio
González, mi viejo
I
Regresas. La guerra ha terminado
y estás vivo. Vas recorriendo estos kilómetros
que te parecen interminables, con los puños apretados
y un pedazo de victoria colgando del fusil y de la boina. Todos
te llaman héroe. Porque llevas los camiones cargados
con un poco de la miseria que ellos traían en sus barcos.
Y te sientes héroe. Y cantas la victoria, porque cada
pueblo que cruzas, te saluda y te grita consignas y te tira
flores a los ojos.
Los camiones se detienen y una multitud se te acerca. Pero todos
te hablan alegrías desbordadas a la vez y no oyes a nadie
porque tienes los oídos cansados de esperar. Y no oyes
voces sino gestos, manos que te hablan a las ropas, voces de
niños que te tocan el fusil y te piden balas o pedazos
de la tela de los paracaidistas que llevas amarrada en la boina,
y una mujer te ofrece caramelos y otra una flor y les sonríes
a todos. Una viejita te trae un vaso de agua fría, helada.
Y dejas de mirar a todos los demás. Y sólo miras
aquella viejita, y mientras te tomas el agua y la miras, te
preguntas si será posible, si no será ella misma.
Extiendes tu mano, tratas de detenerla, pero ella se va sin
que puedas preguntarle, pero ¡oiga, oiga, vieja!, pero
ella no te oye. Pero ella no te espera y se sigue alejando y
el camión comienza a moverse nuevamente. Tú no
has dejado de mirarla. Piensas sólo en la viejita que
no quiso esperarte...
...es de noche o de madrugada. Los camiones aminoran la marcha.
Nadie canta. Nadie habla. Callan. Ese pueblo está en
penumbras. Las calles están solitarias. Todas las casas
apagadas. Ese pueblo está como muerto. Todos se sobrecogen
un poco. Se miran. Aprietan los fusiles. Uno te dice: -¿Aquí
no hay nadie? ¿No hay nadie? -No -le dices-, parece que
no. -Otro susurra: -Es que está muy cerca la cosa. -Sí,
muy cerca -le dices. Pero no hay nadie. Los camiones siguen
avanzando por el pueblo. -Deben ser los aviones -dice uno-.
-Sí -dices bajito-, los aviones. -Pero no hay nadie.
Y todos callan porque no hay nadie.
Respiras con trabajo. Te falta un poco el aire. -Hace frío
aquí -piensas. Y miras a los otros. El camión
está lleno de frío. Además, no hay nadie.
Y está oscuro. Y se acaba el pueblo. Se acaba este pueblo
muerto. -Oye, allí hay una luz -te dicen. Una luz en
el pueblo muerto. Este pueblo tiene a alguien. Y todos miran.
Todos quieren ver, porque hay una sombra al lado de la luz.
Una sombra pequeña. Ahora todos los camiones van más
despacio. Porque todos los camiones quieren ver la luz. Y allí
está. Y puedes verla. Tiene algo en la mano que se mueve
con el aire. Un pañuelo que se mueve con el aire. Y una
cara arrugada pero suave que les sonríe a todos los camiones.
Y un brazo que se mueve acompasadamente al ritmo del viento
que lo mece. Y el pañuelo parece que se pierde, que se
pierde, pero regresa y vuelve a mecerse suave y la cara sonríe
y ella no se va y los camiones pasan y un calor suave comienza
a envolverlos y todos vuelven la cabeza y miran y no se hablan
y ella sigue allí con su suavidad de pañuelo meciéndose
y la cara y el brazo y el pañuelo y el aire y la cara
suave que sonríe y ella que no se va y ella que sigue
allí como clavada al suelo y a la luz que desaparece
y se pierde. Los camiones siguen lentos, pero diferentes.
Todos levantan la cabeza y sin mirarse comienzan a cantar en
un susurro. Alguien dice: ¡esa viejita! Y tú no
dices nada.
II
Los camiones llegan al central.
Has ordenado que nadie se mueva. Dionisio ha mandado que lo
esperes. Y lo ves alejarse hacia la jefatura. Vas a combatir.
Caminas hacia la cabeza de la caravana. Vuelves. "¿Qué
es combatir?", te preguntas. No lo sabes. Te imaginas todavía
saltando a los camiones, atrapando el júbilo de una orden
de combate. Porque estabas alegre sin saber qué iba a
pasar. Te imaginas nuevamente la carretera. El viaje interminable,
más lento que nunca. Y tú pensando en el combate
sin saber qué era el combate. Sin saber qué ibas
a hacer. Diciéndote que todo sería como siempre.
Porque todo te parecía igual que siempre. La carretera
con los mismos árboles. El aire sin presagios como todos
los días. Los hombres sonriéndoles a las armas
como ayer o como antes. Todo igual, hasta la noche. Hasta el
pueblo sin luces, donde por primera vez un sabor diferente te
llenó la boca y algo te dijo que no todo era igual. Sigues
caminando cerca de los camiones. Alguien quiere fumar. Todos
quieren fumar. Nadie te lo ha dicho, pero lo presientes. -No
fumar -dices-. ¡No se puede fumar aquí! -repites,
mientras tiras el cigarro que ya tenías en tu mano. Te
sorprendes mirando tu reloj a cada momento. "¡Esta
espera!", piensas. Llegas al último camión
y alguien se acerca. -¿Quién? -No responde. -¿Tienes
candela? -te pregunta. Lleva el fusil en cuelguen y una mano
vendada le tiembla ligeramente mientras alarga el cigarro. -¡Aquí
no se fuma! -le dices bruscamente. Está muy cerca de
ti. Hay poca luz. Pero puedes ver las canas descoloridas debajo
de la boina manchada de sangre, el fango húmedo aún
en su miseria de uniforme. Te mira sin decir nada y te da la
espalda para retirarse. Y no puedes explicarlo, pero sientes
que el aire está cargado de heroísmo. Y sin que
sepas cómo, has dicho deteniéndolo: -¿Y
usted de dónde es, viejo? -Del 339 de Cienfuegos -te
dice. No ha levantado la voz. Te lo ha dicho a ti solamente,
pero todos los del camión lo han oído. -¿Combatieron,
combatieron? -le gritan-. ¿Cuántos son, cómo
fue la cosa? -Espere -le dices tú-, espere viejo-. Él
no responde. Vuelve a mirarte y te envuelve su seca ternura
de miliciano viejo. -Muchacho, nos mataron como a cincuenta
-te dice mientras se seca las arrugas con la mano vendada y
aprieta con fuerza su cigarro. -Pero, ¡¿cómo,
cómo?! -le gritas-, ¿y nosotros?, ¿y los
nuestros? -¡Tírenles, tírenles con todo!
-Y se aleja. Y su figura se va convirtiendo en una sombra. Ahora
ya sabes lo que pasa. Ya sabes que no todo es igual. Ya sabes
que la guerra no es sólo disparar y matar a los otros.
Ya sabes que en la guerra también matan a los nuestros.
Ya sabes que no será como siempre. -¡Espere, viejo,
espere! -Y corres tras él y lo alcanzas. La llama de
un fósforo quebranta la disciplina de la noche...
III
Dionisio no ha vuelto. Y la batería
está esperando por su jefe. No has dejado de caminar.
Recorres las postas nerviosas que ahora no quieren dar el alto.
Que se escudan del miedo en una ráfaga de balas. -¡Posta,
posta! -gritas antes de llegar, mucho antes, ¡posta! Porque
no quieres que una bala te corte la ansiedad del combate futuro.
-¿Sin novedad, posta? -Sin novedad, jefe. Oiga, ¿cuándo
se combate aquí? -No lo sé, posta. La guerra es
una espera larga -le dices. La noche está llena de ruidos
y de resplandores lejanos. Te diriges hacia el yipi. Dionisio
llegó. -¿Qué -le dices-, ¿ya?, ¿ya?
-Hay que esperar -te dice con un gesto. -¡Dionisio, coño,
¿cuándo se combate aquí?! -Cuando lo manden,
chino, cuando lo manden.
Pero no lo mandaron. Los jefes no mandaron. "Viejitas con
pañuelos debían de mandar", piensas, "o
viejos milicianos de batallones con muertos". Ahora quieres
dormir, pero el silencio no te deja. Miras al central y te molesta
su tranquilidad de animal dormido. Mientras, camiones y camiones
siguen llegando, moviéndose como silenciosas hormigas,
y la retaguardia adormece el coraje de los hombres que llegan.
IV
Aldo está combatiendo
por la playa. Lleva dos días combatiendo y tú
dos días de espera en el central. No puedes esperar más.
Ya basta. Dionisio te deja ir a la jefatura a esperar órdenes.
A preguntar interminablemente ¿cuándo?, mientras
nadie te dice nada, mientras todo se mueve a tu alrededor en
un torbellino de teléfonos sonando, de mapas desplegados,
de gritos a mercenarios prisioneros. Alguien te ha tocado por
la espalda. -Diga, teniente, ordene. -Miliciano, ¿tienes
yipi? -te pregunta. -Sí, pero la batería... -No
te deja terminar: -¡Vamos! -te ordena. -¿A dónde?
-A la playa, al frente a llevar un mapa, ¡pero vamos!
-Y casi te empuja hasta el yipi. No te resistes. Y la carretera
te sorprende antes de que puedas pensar. Pero vas a ver a Aldo.
Tu chofer te mira asustado. -Hay poca gasolina en el tanque
-te dice. -¡No importa, sigue! -le ha dicho el teniente...
La carretera está solitaria y hay mucha soledad también
en el yipi, porque ninguno habla. Cruzan por Pálpite.
-Por aquí comenzó la cosa -dices en voz baja,
porque la carretera ha comenzado a cambiar. Porque hay huecos
en las cunetas, huellas de tanques, árboles quemados,
sangre. "No hay muertos por aquí", piensas.
"¿Dónde están los muertos? Aldo debe
estar después de Playa Larga. Debe haber disparado mucho
la batería de Aldo. ¿Por qué no habrán
llamado a la batería nuestra? No le avisé a Dionisio.
Si nos ve un avión..." -¡Playa Larga! -dice
el teniente--. No pares, sigue, sigue hacia Girón. -Hay
poca gasolina, teniente -le dices. -¿Cuánto? -Menos
de un cuarto de tanque. -Alcanza -dice-, el mapa es urgente,
sigue. -Y siguen hacia Girón...
Ahora la carretera es diferente. O tú la ves diferente.
O la sientes diferente. "Esta guerra es rara", piensas.
Y el yipi sigue. Viene una ambulancia del otro lado. "¿Por
qué toca la sirena?", piensas. La ambulancia se
acerca. Cuando cruza, el chofer saca la mano y señala
hacia arriba. -¡¿Qué es eso?! -le dices
al teniente-, ¿qué quiere decir? -Pero él
no te ha oído. Ha asomado la cabeza por detrás
del yipi y ha gritado ¡avión, para, para! El chofer
frena violentamente y lanza el yipi hacia la cuneta derecha.
Salta afuera y corre hacia los árboles retorcidos. El
teniente hace lo mismo. Tú no puedes. Las piernas se
niegan a responderte. Sólo abres la puerta y trabajosamente
te escondes bajo el yipi. Vas a sacar la cabeza cuando oyes
el traqueteo de las ametralladoras del avión disparando,
y la respiración se te corta. "¿Me van a
matar aquí?", piensas. Y el cuerpo se te llena de
frío y después de un calor insoportable que te
sube a la cabeza. -¡Vamos, vamos! -dice el teniente-.
¡Seguimos! -Te levantas. No tienes fuerzas. Pero te sobrepones
y montas. -¡No arranca! -grita el chofer-, ¡no arranca!
-¡Bombéale el carburador! -le gritas, y te sorprendes
levantando de un golpe la capota. Pero el teniente se te adelanta
y comienza a bombear frenéticamente el carburador. -¡Apúrate
-le gritas-, apúrate! -Y él se apura. Pero vuelve
el avión. Y ahora los tres corren hacia los árboles.
Y tú te lanzas y te golpeas el cuerpo con el diente de
perro que te hiere en los brazos y en las piernas, mientras
el avión descarga su furia de balazos y de muerte y se
pierde hacia Girón...
V
--¡Aldo, Aldo!
Lo has visto en su yipi descubierto, esperando que los camiones
y autobuses cargados de milicianos avancen tras una multitud
de cañones, de tanques, de hombres que marchan a pie
a ambos lados de la carretera, de niños con caras adustas
y cuerpos empapados de sudor y sucios de polvo y de fango. No
te ha oído y has corrido a verlo, bordeando con rapidez
los camiones, chocando con los hombres que te miran sorprendidos.
Lo agarras por un brazo con brusquedad. -¡Aldo, Aldo!
-le gritas. Tiene el rostro negro por la pólvora de los
disparos, los ojos hinchados por los días sin sueño,
las manos callosas inflamadas, llenas de tierra. Es un Aldo
diferente. Te mira desde lejos, como si repasara los recuerdos.
-¡Chino! -te dice con una voz que no es la suya, una voz
ronca y apagada-, chino, ¿tienes agua, un poco de agua?-.
-No hay agua, Aldo -le dices-, no tengo nada. ¿Te hirieron?-.
Mueve la cabeza. -¿Dónde, dónde?-. El rostro
se le vuelve a perder en el recuerdo. La voz se le humedece
de lágrimas. -¡Me mataron al negro, a Lumumba,
chino! -te dice-. ¡No hubo tiempo y me mataron al negro!-.
Vas a decirle algo. Quieres abrazarlo. Decirle que es un héroe
y que la guerra se va a ganar porque gente como él ha
combatido. Pero de pronto te has sentido miserablemente pequeño.
Y no puedes hablar. Y ya la caravana se ha puesto en marcha
y no haces nada por detenerlo. Y su yipi avanza con la caravana
hacia el último combate. "¿Por qué
no habrán llamado a la batería nuestra?"
VI
El teniente entregó el
mapa y todos regresaron al central. Dionisio te esperaba. Iba
a reprocharte la falta, pero ha mirado tu rostro y no ha dicho
nada. Juntos vuelven a la batería que se ha puesto vieja
de la espera. -Dionisio, he visto a Aldo -le dices-. Aldo se
ha batido como un héroe... Y siguen hacia la batería...
...volviste a la espera. No hubo muertos, ni balas, ni héroes
para la batería. Porque las horas siguieron pasando y
nada sucedió. O todo sucedió sin ustedes. Has
conocido la guerra pero todavía te preguntas qué
es la guerra. Porque la guerra de Aldo y tu guerra han sido
dos guerras diferentes. Ya no podrás saberlo, porque
la guerra se terminó. Y para ti y para muchos como tú,
la guerra fue un combate contra la espera. O el recuerdo de
una viejita con un pañuelo, saludando desde un pueblo
muerto. O las lágrimas de un viejo miliciano de un batallón
heroico. O la voz lejana de un amigo con los ojos hinchados
por el sueño, pidiéndote agua...
...y ahora, en el camión donde regresas con los puños
apretados, con pedazos de victoria colgando de tu fusil y de
tu boina, dejas de pensar. Los pueblos que pasas te saludan,
te gritan, te cantan como a un héroe. Y tal vez tengan
razón. Tal vez la guerra la ganaron todos. Los que combatieron
y los que no combatieron. Los que esperaron y vivieron como
tú, y los que no pudieron esperar porque la muerte terminó
con su espera. Tal vez por eso saludas a todos y aprietas contra
tu pecho las flores que te lanzan a los ojos y cantas la victoria
porque también es tu victoria, mientras los camiones
devoran la carretera interminable y el aire te seca las lágrimas.
1968