A
Luis Rogelio Nogueras
Esta fábrica es un dolor. Desde que llegué aquí
lo estoy diciendo y la gente siempre se está riendo de
mí. Pero yo lo digo. Aquí hay que andar claro
y dejarse de estar en ninguna onda extraña, porque el
día que menos tú piensas, el día que estás
más tranquilito, cargan contigo.
Por eso yo, que ya tengo mi experiencia, se lo digo a los nuevos:
"¡Pinchar, caballeros, que esta fábrica es
un dolor y el revolucionario está aquí que jode!"
Mira el caso de Rosendo el cojo, echando ahora diez abriles
en el "Principal" por querer volar el horno. ¡Que
hay que estar loco para querer volar el horno de la fábrica!
Ahora, que Rosendo el cojo no tenía nada de loco, eso
es verdad. Era más cabrón que loco. ¡Y por
poco me quiere enmarañar a mí en esa onda extraña!
Porque ahora todo el mundo me dice:
-Oye, caballo, pero ¿tú no eras socio fuerte del
cojo? -Y yo respondo:
-Miren, coño, no se me encarnen, que en ésa no
iba yo.
Y es que todavía aquí se comenta lo de Rosendo.
Porque mira que Rosendo el cojo era comemierda, como si aquí
se pudiera hacer algo por la libre. Y yo no sé, porque
para mí que Rosendo era un tipo inteligente, y sabía
bien que en esta fábrica las cosas, o se hacen bien,
o no se hacen. Y eso, no que lo diga yo, porque para ser sincero,
Rosendo me enseñó mil cosas desde que yo empecé
aquí hace como nueve meses...
-Lo primero que hay que hacer
allí es llegar como un trabajador cualquiera, como uno
más. Al principio cumplir, trabajar bien, dentro de lo
normal. Después, poco a poco irte caracterizando con
el ambiente, con el elemento. Pero eso, irlo introduciendo lentamente,
sin apurarte. ¿Entiendes? -dijo el hombre.
-Entiendo, es lo lógico --dijo el otro.
Cuando yo llegué con la
boleta del Ministerio, el jabao ése de Fuerza de Trabajo
me mandó para Limpieza y me caló de arriba abajo
como si yo fuera un delincuente. Me dijo:
-Mira, social, aquí lo que no se puede es faltar un día,
porque vas para el Consejo, ¿está claro?
Yo le iba a decir que si él me veía a mí
cara de vago, pero me aconsejé, porque se ve que el jabao
es un maldito y le sabe un mundo a la cosa. Así que le
dije:
-Okei, yo voy a donde usted diga, mayor.
Y vine para aquí, al departamento de Limpieza. En este
taller la pincha es dura. O te dan un chipi-jama para quitarle
la arena a las piezas, que es del carajo, porque el martillito
ése no es tan pesado como el de romper piedras, pero
se te resbala a cada momento y te tienes que cuidar, porque
te jode un pie si estás comiendo mierda; o te tiran para
la piedra colgante que, oiga, es de mandarria. Porque cuando
terminas de rebajar una pieza, parece que te han molido a martillazos
los hombros y los brazos se te quedan que son un puro temblor.
Claro, que a lo mejor estás de suerte y te dejan de ayudante
en el rotoblast, o si sabes algo de soldadura te ponen a rebabear,
que ya eso es más cómodo. De todas formas, la
pega aquí es de madre.
Así que yo llegué y me mandaron a ver al gordo
Rubén, uno que según dicen estuvo en presidio
echando un bolón de años, pero que se ha rehabilitado.
¡Y de qué manera! El gordo ése no para.
Y lo peor es que no te da un diez ni a jodía. Porque
si te ve sentado, te dice que si estás comiendo majá,
que te va a echar cola a ver si pegas más, y siempre
está pillando lo que haces. Nada, que ese gordo tiene
un presidio de maldad. Así que llegué donde estaba
el gordo y le dije:
-Oiga, mayor, que me mandaron a pinchar aquí.
El gordo ni me miró. Se viró para el taller. Echó
a caminar. Agarró un martillito de ésos y me dice:
-Está bien, ven acá y agarra el chimi-jama este.
Puso a funcionar el aparato y estuvo enseñándome
ahí un rato hasta que más o menos le cogí
la vuelta.
Ese primer día fue un embarque. A las once, cuando bajamos
a almorzar, ya yo tenía ganas de vender. Total, no iba
a esperar el mes de prueba, porque si no podía aguantar
ni un día... Claro, que ya ésta era la tercera
ubicación y en el MINTRAB me iban a decir que tenía
que agarrar ahí, porque lo otro que había era
de sepulturero o el verde. Y entonces me aconsejé y me
dije: "Mira, caballo, mejor aguantas aquí un poco,
a ver lo que da esto."
En eso no tenía jarro para la leche del almuerzo y pensé:
"Ya me jodí." Porque, vaya, tener que estar
pidiéndole a gente que uno no conoce, es jodío.
Así que me puse a almorzar, buena jama, porque aquí
se come bastante bien, y ya cuando me voy a levantar, un gallo
que está en la misma mesa, me dice:
-Vaya, asere, coge el jarro y después me lo traes.
Yo la verdad que ni lo vi bien. Me tomé mi leche, le
enjuagué su jarro y se lo traje. Entonces el gallo me
dice:
-Tú eres nuevo aquí, ¿no?
Le digo:
-Ajá.
Y no hablé más con él.
Volví para mi chipi-jama hasta las tres, que sonó
el pitazo y vendí. Ese día ni me bañé
allí, porque no tenía más ropa que la que
traía puesta y, además, no había taquillas
vacías, aunque el gallo del jarro me dijo que podía
guardar la ropa en su taquilla hasta que resolviera una.
-El hombre, dentro de lo que
cabe, es inteligente. Sobre todo, cree que es un duro. Pero
no te equivoques. El está buscando gente. Pero te va
a observar un tiempo. Te va a sacar conversación. Te
va a estudiar. Déjalo llegar. No lo rechaces, pero que
tampoco note que tú te interesas por él. Éste
es el momento más difícil. ¿Está
claro? -dijo el hombre.
-Claro -dijo el otro.
Así empecé yo en
la fábrica. La pincha era dura y la primera semana estuve
de suerte porque me tocó de siete a tres. La segunda
semana ya no estuve tan bien, porque agarré el turno
de tres a once, que es un turno de puya. Yo al principio no
hablé con nadie, nada más en lo mío, en
mi pincha. O mejor dicho, sí hablé con alguien,
con el gallo del jarro, que me lo volvió a prestar varios
días hasta que yo pude conseguir una latica de leche
vacía. También empecé a guardar la ropa
en su taquilla. El gallo se llamaba Rosendo y estaba medio cojo
de la pata izquierda. Era un hablador del carajo. Se pasaba
el día haciendo cuentos de la calle, de las jevas que
se echaba, porque el tipo se creía lindo. Eso sí,
pinchaba duro, que eso lo puede decir cualquiera aquí.
-Bien -dijo el hombre-. Ahora
el problema está en darle confianza. Desechar cualquier
duda que pueda surgirle o que le quede. Hay que inventar algo.
¿No se te ocurre nada? Piensa.
-Sí -dijo el otro-. Creo que tengo algo que puede servir.
Yo decía que Rosendo el
cojo me había enseñado mil cosas. Y ésa
es la pura verdad. Por lo menos, yo le agradezco que como al
mes de estar yo aquí, me salvara de un embarque. Nada,
que ese día yo estaba medio quemado o qué sé
yo lo que tenía en la cabeza. Porque ese día,
después de la merienda de la una y media, yo subo rápido
al taller y allí arriba no hay nadie, o por lo menos,
yo no veo a nadie. Entonces me fijo en un delantal y unas polainas
de piel nuevecitas que estaban encima del rotoblast y me digo:
"¡Coñóoo, por lo menos diez o veinte
cañas le saco yo a esto!" Me llego al rotoblast,
agarro el delantal y las polainas, los envuelvo en un periódico,
y medio que lo escondo todo detrás de unas cuchillas
grandes que estaban terminadas. "Nada", pensé,
"cuando llegue el cojo le pido la llave de la taquilla,
lo escondo allí y después, pirey con ellas."
Pero en eso oigo una voz que me dice bajito:
-Asere, tú estás loco, hermano. Saca eso de ahí,
que te van a partir. ¿Tú no sabes que aquí
registran a la salida?
Me viro y es Rosendo el cojo el que me está hablando.
Yo le trato de disimular, pero el cojo me dice:
-Mire, caballo, conmigo no tiene que disimular nada. Deje eso,
que es una minucia y se va a embarcar por una mierda. Deje eso
ahí, que después vamos a hablar usted y yo, y
le voy a enseñar unas cuantas volá de la fábrica,
para que no sea gil y sepa legislar.
A partir de ahí me hice socio de Rosendo. Y verdad que
el cojo era un cabrón. Ayudaba al gordo Rubén
a llevar la asistencia del personal del taller y con eso se
ganaba su confianza y lo dejaba repartir los tickets de la merienda.
Por eso Rosendo siempre tenía tickets de más para
repetir en la cafetería. Y me llevaba en ésa y
en cualquier otra que se le ocurriera. La verdad es que almorzábamos
y comíamos en la fábrica y nunca pagamos ni un
diez. El siempre inventaba alguna cosa nueva, porque, además,
no sé cómo, pero se había hecho activista
del grupo sindical.
-Eso fue bueno, muy bueno -dijo
el hombre sonriendo-. Ahora el camino está más
claro. En los próximos días él se va a
lanzar a fondo. Déjalo entrar. Y recuerda: tú
no sugieras nada, que ése no es tu trabajo. Lo demás
lo dejo a tu juicio. ¿Alguna duda?
-Ninguna -dijo el otro.
Ya por esa época, Rosendo el cojo y yo éramos
inseparables. Un día, como quien no quiere la cosa, me
dice:
-Oye, caballo, esto está de madre, ¿eh?
Le digo:
-¿Qué cosa?
Me dice:
-Esto, coño, el país, qué va a ser.
Le digo:
-Bueno, qué le vamos a hacer.
Y me dice:
-Se puede mejorar.
Me le quedo mirando y le digo:
-¿Cómo?
Se me queda mirando y me dice:
-Ah, de muchas formas.
Pero no me sigue hablando, y ese día no me dice nada
más. Sólo me miraba cuando se quitaba la careta
de soldar. Me miraba, se quedaba como si estuviera pensando
en algo, y luego seguía trabajando.
Yo no pensé mucho en lo que me dijo Rosendo ese día.
Seguí trabajando normal. Bajaba, como siempre, a almorzar
con él. El jaraneaba conmigo y yo jaraneaba con él.
Nada más.
Pero otro día viene, como quien sí quiere la cosa,
y me dice:
-Oye, caballo, te invito a tomarte dos frías conmigo
el sábado.
Yo le digo:
-Okei, hermano.
Y ese sábado fuimos a su casa. Y estuvimos tomando cerveza
como hasta las ocho. Era buen hablador Rosendo el cojo, vaya,
tenía su labia. Y allí en su casa me vuelve a
decir lo mismo del otro día:
-Sí, caballo, esto está jodío, muy jodío.
Yo no le dije nada. O sí, le dije:
-Bueno, pero hay que vivir como sea, en lo que se pueda hacer,
inventando
Entonces, mientras terminaba con la cerveza que tenía
en el vaso y agarra una croqueta, se me queda mirando y me dice
de pronto:
-Oye, ven acá, chico, ¿tú con quién
estás aquí?
Yo lo miro un poco asombrado y le digo:
-¿Cómo que con quién estoy?
-Sí, caballo -me dice-. ¿Tú crees que esto
se puede seguir aguantando?
-Bueno, yo creo que esto va a cambiar, ¿no? Además,
mira, Rosendo, yo estoy conmigo, ¿tú me entiendes?
Con-mi-go.
Se echa a reír y me dice:
-Nada, que yo sabía que no estaba equivocado, tú
eres un duro.
-Yo no soy un duro, Rosendo, yo en lo mío nada más.
Y entonces se pone a hablar de política, que si esto,
que si lo otro, que esto estaba de mandarria, que se ganaba
una mierda, que no había nada, en fin, un montón
de cosas. Y yo le digo:
Ven acá, Rosendo, todo eso que tú dices está
bien. Pero, ¿y qué?
Me responde:
-¿Cómo que qué? Mira, caballo, esto hay
que descojonarlo.
Ahora soy yo el que se echa a reír, y le digo:
-No jodas, cojo, que tumbar esto es de yuca y ñame.
Me dice:
-Mira, tumbarlo enseguida no; pero se puede ir jodiendo poco
a poco, descojonando por aquí, descojonando por allá,
y después... -juntó las dos manos y de golpe las
separó- ¡Boom!, ¡abajo! ¿Me oyes?
A-ba-jo.
Yo abro un poco los ojos y le digo:
-Entonces, tú ya estás en eso, ¿o no?
El cojo me suelta una mirada de arriba abajo que da miedo y
me dice:
-Sí, yo sí estoy -sin dejar de mirarme-, y tú
¿qué? ¿Vas en ésa o no vas?
Le digo:
-Mira, Rosendo, yo no digo, yo hago, ¿tú entiendes?
Hago cuando hay que hacer. Lo demás es darse cebollazos
en la vesícula, y lo mío es boca cerrada y mano
abierta. Así que ¿cuál es la onda? Si la
onda es seria y hay patriotas por el medio, mejor.
El cojo se echó a reír y a reír. Después,
se puso serio, y me dijo bajito:
-Mira, mariscal, aquí lo que hay que ser es un estilete.
Paso en falso y te rompe el Departamento, ¿oíste?
Toma, coge esta astilla, que ya yo te diré lo que vamos
a hacer.
Cojo la astilla y veo que es uno solo, pero de a veinte, y me
echo a reír. Y digo:
-Tú ves, así la cosa cambia.
Terminamos la fría y me fui medio en nota.
-Todo va bien -dijo el hombre-.
Ahora, lo que falta es esperar. Nada de apurarlo. ¿Correcto?
-Correcto -dijo el otro.
En los días siguientes
casi no hablamos. El cojo me había dicho que en el taller
había que disimular, porque aquello estaba lleno de revolucionarios.
Y no sólo la gente del Partido y de la Juventud, que
uno los conocía bien, como Urbano, Santiler, Alfonsito,
Andrés el gallego, sino de muchos otros que uno ni sabía
quiénes eran y que a veces te miraban y te echaban una
sonrisita como si estuvieran al tanto de algo.
Ya para esa época nos veíamos también en
mi casa. A mi vieja no le gustaba mucho Rosendo. "Tiene
cara de delincuente, de ñáñigo", decía
la pura. Yo la tranquilizaba diciéndole que era mi socio
y buena gente.
A medida que pasaban los días, Rosendo me fue contando
todos los detalles. Así que una noche que salimos con
dos chiquitas de La Habana del Este, esperando la guagua en
una parada medio oscura, los dos solos, me sorprende diciendo:
-La cosa es que yo he estado estudiando cuál es la parte
más importante...
-¿Y es...?
-El horno. Sin horno no hay fundición, no hay acero.
Porque fíjate, tú puedes meterle un hierro o una
linterna al transformador de la corriente, al grande, y la fábrica
se para porque no hay luz. Pero nada, en un día te lo
arreglan y aquí no ha pasado nada. ¿Me copias?
El horno es otra cosa. Ponle que lo vueles, o lo inutilices,
vaya, le vueles la pizarra y todos los cables, y que el mecanismo
que hace girar la tapa se lo jodas. Óigame, mariscal,
yo creo que hay que comprarle otro horno a los sovies. Y nada,
que se jodió la fábrica, por lo menos seis meses...
-¿Y eso quién lo va a hacer, cojo, tú y
yo nada más? Y a ver, ¿con qué se va a
volar el horno? ¿Tú crees que eso es fácil?
-le dije medio chivateado.
-Mira, hermano. Usted y yo perfectamente lo podemos hacer. Claro
que en el turno hay otra gente que también está
en la onda.
Yo no le pregunté quién era, y él se me
quedó mirando a ver si yo quería saberlo.
-Está bien, pero ese socio que tú dices, el que
sea, ¿qué es lo que va a hacer?
-Mira, el día que se vaya a dar la cosa, ese día,
los tres, usted, yo y él, y a lo mejor algún otro,
que eso no se sabe, vamos a estar en el mismo turno, en el de
la noche. Y yo le digo que la cosa va a salir más fácil
de lo que usted piensa.
-No jodas, Rosendo, ¿cómo fácil? -le dije
molesto-. En primer lugar, ¿cómo coño vas
a volarlo? ¿Con qué, vaya? En segundo, después
de la voladura, de la jodedera que se forme, ¿dónde
coño nos metemos? Porque enseguida va a venir la Seguridad
y va a cargar con todo el mundo...
El cojo se echó a reír. Parecía estar seguro
de todo y me miraba, me veía la cara seria y seguía
riéndose...
-Se ve, asere, que usted es novato en todo esto. Mire, atienda
y copie. El día de la cosa, lo único que usted
tiene que hacer es estar cerca del fundidor, más o menos
una hora antes de que acabe el turno. Por la zona de moldeo
va a haber un incendio, sí, no se asombre, un conato
de incendio por la desmoldeadora. Usted se va a llevar al fundidor
para allí a ver la cosa, la onda, el corre corre, bueno,
usted sabe la que se forma cuando hay una cosa así. Entonces,
en lo que el palo va y viene, se le pone la cosita esa allí,
cerquita de la pizarra, y ¡fuácata!, al poquito
rato, horno abajo...
-¿Qué cosita? -le dije todavía serio-.
No me digas que dinamita, que eso sería del carajo.
-No, hombre, dinamita no -dijo el cojo-. Plástico, ¿me
oíste?, plástico, del tamaño de una cajita
de fósforos o más chiquito todavía...
-¡¿Plástico?! ¡¿Y de dónde
coño tú vas a sacar plástico, cojo?! Por
mi vieja que voy a pensar que tú eres un mago...
-Hermano -dijo el cojo poniéndome una mano en el hombro-,
yo voy a pensar que tú eres narra a toda esta onda. Ésa
me la dan, caballo, ésa me la dan. Y no me vengas con
que tú no sabes quién da eso, que tú sabes
que eso lo dan los duros, los que más le saben a la mierda
esta...
-Pero, oye, cojo, verdad que tú tienes timbales. Mira
que andar desde ahora con eso arriba. ¿Y si te pasa algo
antes?
-No jodas, mariscal, que esa gente no son comemierdas. Eso no
me lo dan hasta el día de la cosa...
Yo estuve callado un rato. La cosa parecía fácil.
Así que yo lo único que tenía que hacer
era llevarme al fundidor para la desmoldeadora a ver lo del
incendio. Y ya. Y eso, en realidad, no iba a ser difícil,
porque el fundidor del turno parecía medio guanajote,
o bueno, a lo mejor medio gusanote, porque aquel gordo siempre
estaba hablando mierda de la Revolución. Así que...
bueno, el cojo me tocaba cada vez que hablábamos, y ya
me había dado un carajal de billetes. No había
tema, había que echar palante. Entonces, olrai, decidido
el caso. Lo único que le pregunté fue:
-Bueno, Rosendo, ¿y cuando lleguen los segurolas, qué?
-Cuando lleguen los segurolas, nada -dijo el cojo-. Si a usted
le preguntan dónde estaba, usted les dice que viendo
lo del conato de incendio, que usted no vio nada y no dice más.
Y a usted lo va a estar viendo todo el mundo. Si le preguntan
por mí, usted dice que me vio cerquita de usted por la
desmoldeadora, y de ahí no sale, que en definitiva no
hay quien le pruebe ni timbales, ¿me entiende?
-Bueno, si es así, okei, cojo, no hay más que
hablar -le dije.
-Así que la cosa es inminente
-dijo el hombre-. Y va a recibir el regalo el mismo día.
-Pero faltan los demás -dijo el otro.
-No importa -dijo el hombre-.
Eso no va a ser difícil. Ahora sólo falta el día.
El día...
-Sí -dijo el otro.
Pasó como una semana más.
El cojo me había dicho que anduviera tranquilo, que no
llamara la atención, que pegara duro y bien y que me
acercara bastante al fundidor, que le bajara su cigarrito a
cada rato y que le dijera que él era el más bárbaro
en la colada, que el gordo aquel era medio vanidoso, y que eso
le gustaba. Yo hice lo que el cojo me dijo. Y a la verdad que
en dos o o tres días el gordo del horno me cogió
amistad y hasta me dejaba ver la colada con los espejuelitos
morados de su casco.
En esos días hasta hicimos trabajo voluntario. El gordo
Rubén habló con la gente para sacar una producción
medio atrasada de piezas para los centrales y, salvo dos o tres,
todo el mundo dijo que sí, empezando por Rosendo y por
mí. Al cojo hasta se le fue la mano, porque dijo dos
o tres mierdas sobre la zafra y el socialismo y que había
que ayudar.
Ya yo estaba medio impaciente, porque hacía como dos
o tres días que el cojo no me decía nada, ni nos
citábamos para mi casa o para algún lado. Así
que ese sábado que terminamos a las once, almorzamos
y salimos, sin darnos cuenta, uno al lado del otro. Cuando pasamos
la puerta y cruzamos la calle para coger la 95, el cojo se pone
a cantar: "Eliigee túu, que cantooo yoo". Se
ríe, y le digo bajito:
-Ya yo elegí, caballo. ¿Qué tú cantas?
Me dice:
-Yo canto un número, a ver si adivinas. Dice el verso:
"animal de cuatro patas, que relincha y cocea, del 1 al
5..."
Yo me le quedo mirando, medio incrédulo todavía,
y le digo bajito, la voz ni se me oye:
-Entonces, ¿el uno?
-Equelecuá --dijo el cojo--. ¿Nos sonamos una
fría en casa?
-Así que el día
primero -dijo el hombre-. Bien, entonces todo está completo.
-Así parece -dijo el otro.
El día primero fue un
día de madre para Limpieza. Estaba aquello que parecía
un timbiriche de mierda, un rastro de piezas, los chipi-jamas
a millón, el rotoblast no paró en todo el día,
y las piedras colgantes sacando chispas que se le metían
en los ojos a cualquiera. El rebabeo estaba de mandarria. Había
un bolón de toneladas que había que sacar para
el patio y el horno de tratamiento térmico echaba más
humo que nunca y se le metía a uno hasta en los hoyitos
de los pulmones. La garganta la teníamos reseca y había
que llegarse a cada rato a coger un buche de agua fría
para refrescarse.
Ya cerca de las diez de la noche, yo estaba que no podía
más. Del cansancio y de los nervios, que no sabía
cuál era peor. Suelto el chipi-jama y me digo: "A
la verdad que voy a coger un diez." Miro para todo el taller
y veo a la gente pegando no muy duro, como si estuvieran dormidos,
aunque el ruido estaba igualito que siempre, de puya. Pillo
para el horno y veo al gordo echándole un poco de magnesita
a la colada y cerrando la puertecita con un gesto brusco. Y
me le voy acercando. El gordo me ve y se sonríe un poco
bajo el casco que casi se le mete en los ojos. Se limpia el
sudor con el dorso de la mano y dice:
-Un calor que jode.
-Yo no aguantaría, caballo -le digo yo-. La verdad es
que ser fundidor tiene un mérito del carajo...
-Bueno, también se gana bastante.
-Si doscientos siete es bastante... -le digo medio irónico-.
Yo ni por trescientos hago eso...
-Si voy a serte sincero, se paga bastante mal, que antes yo
le ganaba a esto catorce diarios, y en un hornito de hierro.
-Por eso te digo...
Me iba a responder algo. Se lo noté en la cara porque
me miró con los ojos medio viraos; pero entonces se oyó
un grito de madre que venía del fondo de la nave de moldeo,
un grito largo de ¡fuéeeegooo! que nos dejó
medio paralizados a los dos.
-¡Eso es por la desmoldeadora! -le digo-. ¡Coño,
pero cómo fuego, otro accidente! ¡Vamos a ver!
Y le pongo la mano en el hombro. Él ni me mira y arranca
a correr conmigo, junto con toda la gente de Limpieza y de Moldeo,
mientras alguien grita: "¡El extinguidor, el extinguidor!",
y todos se preguntan qué pasó, "¡el
pito, coño, suenen el pito!", y nosotros nos subimos
encima de unas cajas guiándonos por los gritos, "¡llamen
al electricista, coño!", grita uno, y otro dice:
"¡todos estos cables están echando candela!,
¡llévense este tanque de petróleo!",
y suena el pitazo largo, una y otra y otra vez y ya alguien
viene corriendo con un extinguidor de espuma y Quintanita el
eléctrico se lo arrebata y grita: "¡Ese no,
coño!, ¡gordo", le dice al fundidor, "trae
el ce-o-dos, pero corre!" Y él vacila un momento
y yo vuelvo la cabeza y veo que me está mirando; pero
él se desprende a correr mientras Quintanita, con un
saco, está golpeando las llamas y unos grandes pedazos
de estopa vuelan en todas direcciones, llenándolo todo
de un humo negrísimo, y el gordo llega con el extinguidor
y suelta un chorro potente que nos salpica las manos, que da
directamente sobre las llamas que empiezan a desaparecer...
Y yo estoy esperando, yo estoy esperando, casi sin moverme,
pero no pasa nada. Y ahora es el eléctrico quien va moviendo
diestramente el chorro sobre cada rincón, y ya la gente
comienza a retirarse, comentando en alta voz, y alguien llega
preguntando si hay heridos y otro le responde que no, que fue
más el escándalo que el fuego...
Y no ha pasado nada. Y por allá se oye la voz de Urbano
buscando al jabao de la desmoldeadora, pero nadie le responde.
Y el fundidor ya ha llegado hasta mí, corriendo, nervioso.
Se lo noto porque respira muy agitado. Y yo me le quedo mirando,
y le digo:
-¿Qué, estás nervioso?
Y me dice:
-¿Yo? No, no, fue la carrerita que di con el extinguidor.
Además, las llamas, yo creí que todo iba a coger
fuego...
Y mientras habla, veo que mira por todo el taller. Y como estoy
cerca de él, le toco una mano y la tiene sudada, fría,
casi helada. Y le digo:
-Cálmate, compadre, que eso ya pasó...
Entonces me clava la vista esa medio virá y me dice bajito:
-Oye, ¿y dónde está Rosendo el cojo?
Yo sigo caminando hacia Limpieza, hacia mi pega, que ya es hora
de pinchar de nuevo, porque aquí la onda es de pincha,
pero me paro un momento. Me le viro y le digo:
-Chico, no sé. Hace como dos horas que no lo veo. Qué,
¿te debe algo?
-No, no -dice él-. Por mí... ¡que se vaya
al carajo!
Y sigue caminando hacia el horno.
-Por mí también -digo yo.
1978