XIII Feria Internacional del Libro de La Habana



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Palabras de Carilda en la inauguración de la XIII Feria Internacional del Libro.

Foto: Rogelio M. Díaz

Carilda Oliver en la inauguración de la FILHNo me es posible sujetar el latido conque mi corazón de mujer esta recibiendo este honor, tributo exagerado para alguien que simplemente deja su palabra humilde entre tanta ofrenda luminosa.

Permítanme confesarles que quien les habla conoció las angustias de la miseria y la desigualdad; el hambre de los niños ambulantes que no podían leer aquellos periódicos que casi igualaban su tamaño y que ellos vendían en los cuarteles militares y en los parques donde ahora asisten con el uniforme del colegio y la esperanza devuelta; conoció la tortura en sus amigos, jóvenes hermosos, muchos de los cuales devinieron símbolo de la justicia social, en héroes que el tiempo no amortaja; conoció la cólera de un pueblo ya cansado de la ignominia y el crimen, y también fue testigo, durante esas luchas, del advenimiento de una libertad anatemizada, y perseguida como lo fueron aquellos cristianos antiguos que predicaban el amor. Pese a esos dardos en la memoria soy una criatura a quien ha bendecido la felicidad, porque azares venturosos me permitieron vivir en tiempos de victoria para ver a mi pueblo enderezarse como un David ungido que enfrenta al más terrible filisteo de la modernidad.

Esta XIII Feria Internacional del Libro, como las anteriores, es rotunda expresión de los excelentes valores surgidos al desarrollarse el más integro de todos los procesos que ha conocido nuestra patria, antaño tan lastimada por el coloniaje y la penetración extranjera.

Se unen para tal fiesta de la cultura varias generaciones de intelectuales: aquellos que vimos el triunfo de la Revolución y que, aprendices sobre la marcha, nos hemos mejorado y enriquecido, entendiendo por superación esa posibilidad de servicio al país que nos ofrecen las propuestas en favor de las grandes masas de trabajadores que integran la nacionalidad cubana y, además, junto a las mismas otras generaciones más jóvenes de artistas e intelectuales que vienen a ser como nuestros “benjamines” o nuestros hijos más amados, y que revitalizan la alianza con el pueblo, pues son los gérmenes de una raza de rebeldes en un mundo globalizado y neoliberal donde la mayoría de los gobiernos opta por la inamovilidad y el fetichismo político que las democracias representativas intentan elevar al rango de verdad suprema; en un mundo que extravió a través de la historia los auténticos dones del espíritu, basados en la convivencia pacífica, en la tolerancia, en el respeto a la autonomía y soberanía de las naciones, en los derechos elementales al pan, a una educación gratuita y obligatoria, a un trabajo bien remunerado, a ser útil con la virtud, y sobre todo, a la libertad inalienable que cada individuo tiene de pensamiento, y desarrollo personal en una sociedad culta, diseñada para el bien y educada en los principios de la equidad.

Una de las problemáticas más acuciantes que flagela a nuestros pueblos de Latinoamérica, abatidos por el subdesarrollo y la alienación del ciudadano, consiste en cómo rescatar la identidad cultural, constantemente mutilada por el avasallamiento económico de las potencias dominantes.

Para salvaguardar este principal objetivo deben comprometerse todos los hombres de pensamiento en este joven siglo.

Eventos como el que hoy nos congrega nutren el carácter de independencia de nuestra identidad y somos afortunados al converger de forma activa en el sueño fundacional de los revolucionarios de una época convaleciente. Tenemos el deber de combatir por la esperanza.

El honor que se me concede de ser una más entre ustedes y compartir la riqueza que nunca será posible poseer sin dar las gracias, ha de acompañarme para siempre como algo infinito porque el bien más caro que guarda un poeta es el amor, y si alguna vez lo creí perdido, ahora no seré nunca más una mujer pobre.

Muchas gracias.



En esta edición
la feria está dedicada a

Carilda Oliver Labra

Carilda Oliver Labra


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