| Reynaldo,
el elocuente Por Osmany Oduardo
Guerra
Fotos: Cortesía La Jiribilla
Me
es difícil escribir sobre Reynaldo González y es porque
lo conozco, y, más que por esa sencilla razón, porque
lo respeto y admiro. Por las tres razones anteriores,
razones todas de peso a la hora de valorar a un amigo
de reciente adquisición, yo fui uno de los primeros
en llegar a la Sala Guillén donde se le adjudicaría
a Reynaldo González Zamora (hoy por primera vez escuché
su segundo apellido) el Premio Nacional de Literatura.
El año pasado,
cuando acababa de ganar el Ítalo Calvino con su novela
Al cielo sometidos, yo le hice una entrevista
vía e-mail, la cual él contestó con suma prontitud,
rasgo que caracteriza a este señor casi siempre risueño,
nacido en Ciego de Ávila en 1940, y autor de numerosos
libros fundamentales en el panorama literario cubano
como Miel sobre hojuelas (1964), Siempre la
muerte, su paso breve (1968) y La fiesta de los
tiburones (1983). En aquella
entrevista a que hacía alusión, yo le pregunté acerca
del Premio Nacional de Literatura que se le había otorgado
por esos días a Lisandro, premio al que él aspiraba.
Él, entre otras cosas, me contestó lo siguiente: “Sé
que esta vez, como en la anterior –donde absurdamente
Lisandro no estaba nominado–, fui el que más pelea dio
entre los finalistas. Si mi obra lo merece, otra vez
será”. Y esta vez, por supuesto y merecidamente, lo
fue.
Cuando
el jurado, presidido por el también Premio Nacional
de Literatura Lisandro Otero y conformado por Mirta
Yáñez, Miguel Mejides, Ana Cairo y David Mitrani, decidió
por unanimidad otorgarle el Premio al narrador, ensayista,
antropólogo, poeta, periodista, editor, crítico literario
y de cine, fundamentaron su fallo (que esta vez no fue
tal) en “la altísima calidad de sus obras en distintos
géneros”. Obras que por demás han sido traducidas al
alemán, inglés, francés, italiano y polaco.
Los que nos
reunimos en ese acto tan solemne, conociendo a Reynaldo
que es un ser jovial y de un humor fresco y criollo,
esperábamos esas palabras que él pronunciaría porque
sabemos de su elocuencia y sabiduría que siempre estremece.
Y esas palabras fueron simplemente eso: estremecedoras.
Allí, entre tantas personalidades y vacas sagradas (término
recientemente aceptado por la Real Academia) y escritores
y escritorzuelos de poca monta, Reynaldo González (y
Zamora) se estrenó como documentalista y a nosotros
se nos abrió frente a los ojos una pantalla enorme,
invisible y vimos al Reynaldo niño, al Reynaldo joven
que, junto a su hermano, escuchaba a su madre que los
conminaba a “hacerse gente”. Y sobre todo vimos al Reynaldo
de los años más difíciles. Y por fin la cámara se detuvo
y nos devolvió a ese Reynaldo que es la suma y síntesis
de todos los anteriores: un Reynaldo que de alguna manera
traicionó la letanía de su madre porque ya no es gente,
es y seguirá siendo, de la gente. |