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Andando por los senderos de El
Jardín de Epicuro
Por Eduardo Frías Etayo
Extraños caminos trazan rutas
de cuerpos que nos conducen a la poesía, y esta propuesta
de la Editorial Reina del Mar, de la provincia de Cienfuegos,
demuestra que la poética de la unión de dos cuerpos
puede condicionar la belleza de un texto. El Jardín
de Epicuro, de René Coyra, combina todos estos elementos
y muchos más, como lo reseña la poetisa Teresa Melo
en sus palabras de presentación.
“Allá lejos y hace tiempo,
le escribí a Rene Coyra en un libro que si tratábamos
de entrar a los cuerpos era porque sabíamos que estos
son el camino más expedito hacia la inteligencia. Si
hubiera conocido a Cernuda hubiera podido decirle lo
que tuve que hacer en un poema, pues el único verso
que le discutiría es aquel en que dice que “el deseo
es una pregunta cuya respuesta nadie sabe”. Creo, y
lo sé mas ahora que he leído y releído estos poemas
que son el jardín de Epicuro, que tenía yo razón al
creer en esa inteligencia de dos cuerpos uniéndose,
y, también, que a veces si podemos, algunos, encontrar
al menos una respuesta a la interrogante del deseo.
Rene Coyra propone las suyas y en estos caminos de los
cuerpos “la esencia del hombre nos dicta su desamparo.
Amparados también en la cobija
que la piel del poema forma sobre la piel de los cuerpos
de la isla, es posible sobrevivir a ese otro desamparo,
al espacio finísimo que va de una desolación a la siguiente,
si creemos en el poeta-cuerpo que se atreve a escapar
de la caverna, la casa subterránea, para, una vez en
la superficie, dar testimonio del hundimiento y el renacer.
Presta este testimonio para leves dibujos de otros,
en los que exaltar la línea ajena pudiera por instantes
desdibujar las propias. Así recorremos las acuarelas
de San Francisco y Santa Clara, de Voltaire y Rimbaud,
de Virgilio y Sigfredo Ariel. Todos los cuerpos en danza,
escribiendo su soledad, su tranquila belleza, su acercamiento.
Estaciones de trenes y represas, barcos, en ellos se
ubican los cuerpos, igualmente condenados al otro límite,
donde se ensaya siempre el poema de las islas. La inteligencia
estaría marcada por saber que el poema de las islas
no es posible construirlo sin “la humildad de las palabras”.
Es cierto, Coyra, todo puede suceder con la ligereza
de las marcas de tiza. Pero esta puede ser suficiente
para dejar testimonio.
Desde hace menos que
las palabras del inicio y mucho más que las que anuncian
finalidades, he compartido con Coyra en disímiles lugares,
conversaciones, compañías, siempre queriendo apresar
lo que ahora sé no podré de manera alguna a no ser en
el atisbo breve en que pueda estar mi propio camino
aquí, entre jardines y torsos brillantes de humedad.
Tal vez otros lectores menos comprometidos puedan hacerlo
con facilidad. Lo recomiendo. He tenido la suerte de
conocer la continuidad de estas respuestas, al menos
de estas preguntas que implican al ser humano y sus
catedrales del cuerpo que multiplican el eco de las
voces susurradas. Quisiera alguna vez poder compartir
ese conocimiento con ustedes, tal vez presentando ese
otro libro al que me refiero, que es mucho mas que el
“pensamiento primitivo” que quiere hacernos creer. Si
algo une a las individualidades difíciles de penetrar
es esta palabra que encuentra Coyra para tratar de nombrar
lo común a todas. Eso lo aplaudo. Eso me hace perseverar
en el camino que el ya transita, con su palabra desnuda.”
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