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Pura semejanza
Por Gleyvis Coro
Voy
a ser legal pese a que Frank y yo, lógicamente, hemos
venido a sonsacarlos. Voy a olvidar que mi misión es
hablar bien del hombre que conduce el programa “De Nuestra
América” y, aunque mi destino manifiesto sea demostrar
que después de El Quijote y La Divina
Comedia, está Pura semejanza,
voy a sugerir, en cambio, que cuando tengan el ejemplar
definitivo en sus manos, antes de invertir a ciegas
vuestro dinero en él, lo analicen con cautela.
Y lo digo porque al romántico
lector de poesía pueden confundirlo los atrevimientos
que hay aquí; comprar Pura semejanza a
como cuesta, y pensar que le ha echado mano a tremenda
antología de poetas clásicos.
Según imagino, este sería el
triunfo de la tecleadera del autor, pero luego de hojear
con calma el librito, el incauto descubriría que todos
los poemas son de uno que finge ser Walt Whitman, Wichy
Nogueras y hasta el apostólico Martí.
Y este, ambiguas que son las
cosas con los libros apócrifos, sería otro tanto a favor
del caballero de la tele.
Reconocido en la cúspide de
la página cinco como un hombre que puede escribir de
todo: de música, cine, literatura, ballet, teatro, y,
antes, de la vida, porque también, o primero, es poeta.
Definida su testarudez y aventada la camisa de su saber
filológico, ambos detalles, aportados por el exquisito
prólogo de Rufo Caballero, anuncian en buena medida
lo que sospechará el lector tras la nota del propio
Frank luego del prólogo: léase la insoportable tarea
de monje que lo debe haber estremecido entre 1990 y
1993 para despojarse de lo más tuétano de uno, su ser
mismo, levantarse un día como Alma Rubens, otro como
Jorge Luis Borges, el siguiente como Fray Luis de León…
Es lo que se llama tomar al
revés ese acto intimísimo de doblar la nuca debajo de
una luz en el momento en que otros callan y uno aprovecha
para quedarse con uno. Es saber que al final siempre
habrá otro en la cuartilla y empezar por ahí.
Hablando en camionero: “He
aquí a un tipo que le sabe un mundo a su pincha” (fin
de la cita) y conoce que escribir poemarios en el siglo
XX resulta una mecanocopia total, una farsa sólo superada
por el intento de vender ese mismo poemario en el siglo
XXI. Pero, oh dulcísimas contradicciones, es al abrigo
de la sapiencia con lo que desteje todo, que acaban
por enamorarnos los embustes del autor.
Con medianos y menores antecedentes
en nuestra propia literatura, Pura semejanza
es la posibilidad de leer dudando, de transitar a puro
vértigo las notas eruditas y darse en la trompa con
la trampa de unos poemas jodedores y bellos que murmuran
constantemente: haz lo que la ficción espera de ti.
Y ofrece, con todo lo de manufactura y cuadernillo,
uno de esos libros que nos persigue y nos imita en lo
de choteadotes, falsos, traquimañeros.
Claro que, después, por amor
propio y chovinismo, uno no tiene otra lógica que pensar:
un libro como este lo necesita todo país de vez en cuando
y cada hombre o mujer.
Por lo pronto, al país
le cabe la satisfacción de haberlo incluido, al menos,
en sus Ediciones Loynaz. A nosotros corresponde el emocionante
ejercicio de correr a comprarlo.
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