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La segunda isla
Por Gleyvis Coro
Avalado
por el Premio Hermanos Loynaz 2002, La segunda
isla es el libro de un sendero que se bifurca
tras la posibilidad del canje y/o del canje trastornado
por la variable equis sobre dos.
Sucede que lo leo y la silueta
fílmica de Rashomón, acosado por la duda en la V
del camino, se niega a jugarse el porvenir como una
lotería. Por eso y otras dudas no veo aquí lo que se
llama un libro apócrifo.
Carlos Esquivel (Las Tunas,
1968) no deja de ser el mismo en ninguna página. Su
tema principal es la pregunta ciega de si la terrible
circunstancia del agua por todas partes se puede modificar
un poco.
Con premios nacionales varios,
más lo de poeta y narrador, cualquiera tiene para averiguarlo.
Por eso cuando Esquivel se prueba, uno encima de otro,
los trajes de Doña Tula, Martí, Gastón Baquero, Heredia,
Lezama Lima, hasta completar la suma de veintidós glorias
nacionales, va criando junto a la corteza de sí mismo
la rimbombancia del motivo nacional entero.
Ferviente creedor de que la
cáscara guarda el palo, ese Carlos Esquivel no necesario,
no previsto para estas calles, no héroe, oculto en un
rincón humano múltiple, por lo menos se consuela cuando
impone, como una fiesta, la solidez de su palabra y
en un mejunje de poemas fundamentales aborda el tema
isla –la patria, coño– casi al nivel de la conjetura
de Lester Campa en la foto de cubierta.
Y es que con los poemas de
esta colección, puestos como están, sin orden ni envergadura,
cogidos entre el quedarse y el irse, haciendo costra,
dando abrigo, luce nuestra tragedia más sosegada –más
accidental y perdonable– y luce más erguido el país
en su conjunto.
Será por eso que cuando los
leo me pongo enseguida a echar de menos las presuntas
variables en torno al destino de cada cual hasta confundir,
oh Niágara undoso, tu espuma con la de un salto manigüero
de allá de Oriente. Entonces descubro que es aquí, más
que en la hermosa concisión de lo que dice, o en el
ensarte espléndido y evocable, donde radica la suprema
madurez del poemario.
Al mezclar lo que se fue con
lo que bien pudo haberse quedado y viceversa, estas
columnas de poemas trágicos, enuncian y denuncian el
peligro del vértice de la uve y el autor de este cuaderno,
avisa que ha resultado más inteligente que nosotros
y a la vez –para la paz de sus mayores– profundamente
táctico.
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