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El eterno verano*
Teresa Melo
Foto: Andrés Barca
En
los años ochenta llegué a la comprensión del “invierno
nacional” leyéndome una y otra vez textos que Sigfredo
Ariel iba conformando según las estaciones breves que
atravesaban la isla. En esos mismos años, conocí “pasajera
la lluvia”, lo que fue entonces dejar entrar en mí otros
elementos, que ya para siempre se instalarían en mi
aprenhesión de otra parte de nuestro transcurrir con
el nombre/sello de Lourdes González. Nuestro conocimiento
data de entonces y no se ha detenido ni simplificado
y nos hemos ambas presentado libros y compartido lecturas,
habitaciones de hotel, madrugadas rientes e incluso
los mismos sustos del corazón. Hemos compartido también
jurados varios, de uno y otro modo, y pareciéramos estar
defendiendo siempre, amén de ideas poéticas que no tienen
necesariamente que coincidir, la honestidad de la palabra
no contaminada por razones que no sean las de las palabras
mismas.
“Tenaz como
el fuego” de uno de sus primeros libros, Lourdes González
no ha cejado en su empeño de adueñarse de los elementos
y las estaciones, y completa mi comprensión de este
sucederse, así lo ha querido: es su verano, que es el
de otros, que es el mío también. Nombrado “verano brutal”,
pues en él la memoria necesita al menos un soplo vivificante
para poder ubicar en el azogue engañoso los cuerpos
que se suceden en la humedad; sin ese soplo, las frutas
y los seres, los sueños y los animales parecen instalarse
en un territorio distinto. En él se sabe que “nada nos
pertenece / ni siquiera el delirio”. Pero en su vaho
también se aprende que “estar desasidos / abrazados
al aire / guardando los fragmentos del hoy perecedero
/ es quizás la sustancia del vivir”.
Este es su
testimonio de los días hirvientes, menos amables en
nuestras tierras del Oriente, pero no sólo de ellas,
pues al destilar nuestro breve rincón, nuestra sala
de estar, unas llanuras castigadas, Lourdes González
expande hacia todos los rincones, todas las salas de
estar y todas las llanuras y montañas, esa pesadez de
los sentidos común en los “hinchados mediodías” de la
isla toda. Puedo imaginar a Lourdes en un día abrumador,
dejándose ganar / dejándose llevar, tal y como deja
correr la inteligencia líquida, y la puedo imaginar
descubriendo que estos textos tenían necesariamente
que ser entregados en estas prosas poéticas, desbordadas
por momentos y contenidas en otras, según dictara el
calor, casi como si este determinara el lugar y el tiempo
de las cosas alrededor, de las cosas dentro nuestro.
Este
libro obtuvo el premio especial por el Bicentenario
de José María Heredia que otorgó en el pasado año la
editorial Oriente. Virgilio López Lemus, Nelson Simón
y yo coincidimos en esto y lo leímos con la fruición
conque a veces no se lee en los jurados. Quiero decir,
lo leímos como si lo hubiéramos encontrado en una de
esas librerías que invitan a recorrer páginas y páginas,
hasta que aparece una que se nos parece, como seres
del verano que somos. Para ustedes es más fácil, no
tienen que rastrear entre cientos de libros, este está
aquí, al alcance de nuestros deseos de comprender tantas
cosas, como ella, como las estaciones breves, lo que
fue invierno de Cuba la noche anterior y es vapor sorprendente
sólo horas después.
*Palabras
de presentación a Los días
del verano, de Lourdes González
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