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Los libros van delante
Yasmín
S. Portales Machado
Fotos: Andrés Barca y Rogelio M. Díaz Moreno
Las ceremonias
son las ceremonias, uno puede emocionarse o no, pero
su valor de reunión en la cual se ratifica un dictamen
de la comunidad a la que perteneces, respetas y acatas,
es innegable. Hoy estuve en una ceremonia doble y la
emoción me embargó doblemente.
Primero –me
refiero a la cronología, para mí los dos están, no lo
sé, muy alto en el cielo editorial– fue la entrega del
Premio Nacional de Edición a Esteban Llorach. La lectura
del Acta del Jurado –por Ana María Muñoz Bachs–, el
elogio, y el diploma que le entregó Abel Prieto, Ministro
de Cultura–, provocaron en mí un estado de admiración
tremendo por ese hombre sencillo, que ama los libros
por encima de todo. Cuando le tocó hablar no leyó un
discurso, tampoco improvisó palabras: dejó que sus libros
hablasen por él.
Para
explicar su amor por la poesía, elemento básico en una
carrera de amor tremendo a la creación, Llorach leyó
fragmentos de su antología Las perlas de la mora–
recopilación de lírica árabe que cubrió un largo vacío
en el catálogo editorial cubano. Para referirse a los
deberes del editor y del carácter colectivo de su trabajo,
para agradecer, en fin, el tener la posibilidad de trabajar
en un proyecto como la Biblioteca Familiar, Esteban
fue lo suficientemente modesto –¿o tan terriblemente
tímido?– como para dejar hablar, en su lugar, a los
libros que nos ha obsequiado.
El de Roberto
Artemio Iglesias fue un premio similar, y a la vez diferente
–claro, empecé diciendo que las ceremonias siempre son
las ceremonias, y entre un premio y otro no mediaron
más que unos minutos. Le correspondió un diploma por
Diseño de Libro, que es como decir por encargarse de
que los dibujitos, las portadillas y viñetitas de interior
siempre le quedasen… bellas. Para Arturo Montoto, encargado
del elogio, esta fue la oportunidad para recordar las
correrías de creación, estudio y libaciones que se han
extendido junto a Artemio. El homenajeado no podía ya
con tanta mención de proverbial carácter campechano.
Para
un ilustrador la escapatoria de leer lo que aparece
en sus libros sería falaz, así que el Premio Nacional
de Diseño del Libro tuvo que leer un discursito. Las
palabras fueron breves, sencillas, pero marcadas por
ese temblor de voz que no se imita. Creo que a más de
uno le hubiese temblado la voz si, tras treinta y ocho
años parapetado en la mesa de dibujo, de repente le
expusieran ante cámaras y grabadoras para homenajearle.
Tanto Esteban
como Artemio estaban un poquito fuera de lugar, felices,
pero tensos. Creo que tiene que ver con la falta de
costumbre: para ellos los libros van primero.
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