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Los libros van delante

Roberto Artemio y Esteban LlorachYasmín S. Portales Machado
Fotos: Andrés Barca y Rogelio M. Díaz Moreno

Las ceremonias son las ceremonias, uno puede emocionarse o no, pero su valor de reunión en la cual se ratifica un dictamen de la comunidad a la que perteneces, respetas y acatas, es innegable. Hoy estuve en una ceremonia doble y la emoción me embargó doblemente.

Primero –me refiero a la cronología, para mí los dos están, no lo sé, muy alto en el cielo editorial– fue la entrega del Premio Nacional de Edición a Esteban Llorach. La lectura del Acta del Jurado –por Ana María Muñoz Bachs–, el elogio, y el diploma que le entregó Abel Prieto, Ministro de Cultura–, provocaron en mí un estado de admiración tremendo por ese hombre sencillo, que ama los libros por encima de todo. Cuando le tocó hablar no leyó un discurso, tampoco improvisó palabras: dejó que sus libros hablasen por él.

Abel Prieto entrega el Premio a  Esteban LlorachPara explicar su amor por la poesía, elemento básico en una carrera de amor tremendo a la creación,  Llorach leyó fragmentos de su antología Las perlas de la mora– recopilación de lírica árabe que cubrió un largo vacío en el catálogo editorial cubano. Para referirse a los deberes del editor y del carácter colectivo de su trabajo, para agradecer, en fin, el tener la posibilidad de trabajar en un proyecto como la Biblioteca Familiar, Esteban fue lo suficientemente modesto –¿o tan terriblemente tímido?– como para dejar hablar, en su lugar, a los libros que nos ha obsequiado.

El de Roberto Artemio Iglesias fue un premio similar, y a la vez diferente –claro, empecé diciendo que las ceremonias siempre son las ceremonias, y entre un premio y otro no mediaron más que unos minutos. Le correspondió un diploma por Diseño de Libro, que es como decir por encargarse de que los dibujitos, las portadillas y viñetitas de interior siempre le quedasen… bellas. Para Arturo Montoto, encargado del elogio, esta fue la oportunidad para recordar las correrías de creación, estudio y libaciones que se han extendido junto a Artemio. El homenajeado no podía ya con tanta mención de proverbial carácter campechano.

Ricardo Alarcón entrega el Premio a ArtemioPara un ilustrador la escapatoria de leer lo que aparece en sus libros sería falaz, así que el Premio Nacional de Diseño del Libro tuvo que leer un discursito. Las palabras fueron breves, sencillas, pero marcadas por ese temblor de voz que no se imita. Creo que a más de uno le hubiese temblado la voz si, tras treinta y ocho años parapetado en la mesa de dibujo, de repente le expusieran ante cámaras y grabadoras para homenajearle.

Tanto Esteban como Artemio estaban un poquito fuera de lugar, felices, pero tensos. Creo que tiene que ver con la falta de costumbre: para ellos los libros van primero.



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