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Acerca de la edición sin editores y del capitalismo sin capitalistas

Constantino Bértolo
Fotos: Rogelio M. Díaz Moreno

Estamos ya en el siglo XXI y todavía hay gentes que creen en Dios y editores que creen que los libros no son una mercancía. Veamos por qué.

 Las relaciones entre el mundo de la edición - y más en concreto de la edición cultural o literaria - y el mercado llevan años, siglos, originando tensiones y polémicas. En Roma, Marcial se quejaba de que sus textos eran editados por desaprensivos que hacían copias apresuradas y distorsionadas llevados por su afán de lograr fáciles beneficios y ya el ilustrado Saftesbury, testigo de la expansión de la imprenta, lamentaba que fuera "el librero el que hace al escritor". Más recientemente estas tensiones se han vuelto a poner sobre el tapete informativo en un contexto económico y social determinado por la expansión de las multinacionales de la edición, dentro del fenómeno general de la llamada globalización, y con una propuesta de alternativa:  la tarea de las llamadas editoriales independientes como emblema cultural, social y político (y comercial) del enfrentamiento con la lógica del “capitalismo acultural” representado por esas multinacionales. Esta alternativa encontró su referente en la obra de André Schiffrin, La edición sin editores, cuyas líneas generales han sido recogidas y respaldadas, entre otros, por el  fallecido Pierre Bourdieu que en su Conferencia en el Foro Internacional sobre Literatura celebrado en septiembre de 2,000, proclamaba que: " Extrañamente, los productores más "puros", los más gratuitos, los más "formales", se encuentran situados hoy, a menudo sin saberlo, en la vanguardia de la lucha por la defensa de los valores más altos de la humanidad. Defendiendo su singularidad, defienden los valores más universales". Singular alternativa que les lleva a denunciar la edición sin editores y a reclamar paradójicamente un capitalismo sin capitalistas. Como si fuera posible vender la carne sin derramar la sangre.

 Estos comentarios pretenden, por una parte, cuestionar el ingenuo voluntarismo narcisista (bajo el que acaso se esconda una maliciosa estrategia comercial) de una alternativa que cree posible resistirse o enfrentarse a la lógica del mercado capitalista sin cuestionar sus raíces - la propiedad privada de los medios de producción-, y, por otra, apuntar brevemente el horizonte esperable para la edición cultural o literaria en el marco de las sociedades capitalistas si esa lógica, es decir, esas raíces, no se alteran radicalmente.

Capitalismo bueno, capitalismo malo

Editar consiste sustancialmente en hacer públicos determinados textos privados. En cuanto quehacer se relaciona con lo material, en cuanto hacer públicos con el poder, en cuanto textos privados con la propiedad y en cuanto a determinados con la selección o el criterio. Como cualquier acto de comunicación la edición requiere materiales y estos materiales y su utilización requieren capital. En última y primera instancia pues, quien edita es el capital. Capital privado o público, grande o pequeño, personal o accionarial, pero capital. Capital para llevar a cabo la selección. Capital para comprar los derechos de reproducción. Capital para imprimir y capital para distribuir, difundir los productos editoriales en el mercado.

    Si dejamos aparte el capital público que garantiza fundamentalmente su supervivencia por vía fiscal, el capital privado, sobre el que se asienta mayoritariamente la edición, basa su supervivencia y su reproducción en los beneficios. La tesis de la alternativa independiente se acoge a un hecho de la voluntad (de la buena voluntad): el capital independiente no necesita una tasa de beneficios tan alta como la que exige el capital multinacional. No hay que ser marxista para sorprenderse de tan bondadosa lectura : la tasa de beneficios necesaria para que cualquier capital se reproduzca no es una cuestión de voluntad pues está directamente relacionada con la tasa de beneficios media del capital ( y en estos momentos ya se puede hablar del capital mundial) y en última instancia del precio del dinero ( parámetro que la globalización tiende inexorablemente a igualar). Un capitalista puede renunciar a alcanzar una determinada tasa de beneficios pero su capital no, pues, a medio o largo plazo, tal renuncia pondría en peligro su propia condición de capitalista. Por supuesto que puede haber - y los hay- capitalistas que asuman ese destino y puede y hay capitalistas (pocos) de esta clase- mecenas diríamos- que están dispuestos a desinvertir su capital en la actividad editorial por los motivos que sean. Pero aun estos y aquellos - los que generosamente renuncian a una determinada tasa de beneficios- necesitan a su vez de otros capitales y capitalistas que normalmente no se rigen por criterios altruistas: capital para distribuir ( empresas de distribución), capital para vender ( librerías, puntos de venta) y capital para producir textos privados pues los llamados creadores invierten capital en ese trabajo ( aún cuando muchos de ellos renunciarían seguramente a ser remunerados a cambio de ser editados).

    Lo que los editores de la alternativa “independiente” proponen es la existencia de dos sistemas de producción: uno determinado por los capitales "razonables" ( a tenor del libro de Schiffrin serían los que mantienen su tasa por debajo del 12%) y otro por los capitales "salvajes"( por encima de ese 12 %). Una lectura socialdemócrata y moralista del capitalismo que distingue entre un capitalismo bueno y otro malo y cree que esa convivencia es posible a la par que, vía capitalismo bueno, legitima el sistema de producción capitalista. En la práctica esta alternativa se basa en lo que Krakacuer llamaba "la plusvalía cultural": en aras de la vocación cultural ese capital explota más: paga menos a los lectores editoriales, menos a los correctores, menos a los traductores, menos a los impresores, menos a los empleados, menos a los autores y menos a si mismos - en los casos más honestos, es decir, cuando se autoexplotan-  en cuanto empresarios. Pero, en fin, sarna con gusto no pica y todo estaría bien sino fuera por los daños colaterales: su contribución al incremento de las plusvalías en el sector editorial "salvaje" que aprende de su mal ejemplo.

   Resulta sin embargo que esta feliz convivencia dentro del capitalismo está creando ciertos problemas en el mercado que desde la perspectiva del "editor cultural independiente" podrían resumirse en el siguiente diagnóstico emparentado con la famosa ley de Greesham: cada vez hay en el mercado más moneda mala que amenaza y desplaza con su grosería la circulación de la moneda buena.

Su Majestad el Mercado

En los últimos años se ha ido construyendo y difundiendo una imagen antropocéntrica y animista del mercado. Como si el mercado fuese una especie de dios o semidios dotado de voluntad propia ajena a nuestras humildes voluntades humanas, sin cuerpo ( y sin alma), omnisciente y omnipresente, sin conciencia pero al parecer único culpable de nuestras molestias culturales y editoriales. Convendría por tanto retomar una imagen más clásica para volver a colocarlo en su sitio: el mercado como ese lugar público en el que los productores ofrecen sus productos y en el que los consumidores esperan encontrar y comprar aquellos productos que satisfagan sus deseos y necesidades. Ese lugar lleno de vida y colorido que el cine nos ha ofrecido en tantas películas de corte medieval en la que la princesa disfrazada se suele encontrar con el galán que vive fuera de la ley.

  Valga esa imagen simple e idílica para iniciar nuestra exploración. Se suelen olvidar cuando se habla del mercado varias cosas que por obvias se disfrazan de inexistentes. En primer lugar en el mercado hay algo más que oferentes y demandantes. Está por ejemplo el poder público, que regula con sus leyes ese mercado: establece que días se celebra, determina la ubicación de cada gremio de productores, cobra tasas por uso de ese espacio público, crea alguaciles que prevengan el robo, inspectores para combatir el fraude, jueces que resuelven conflictos posibles, y sobre todo crea, acuña y avala la moneda en la que ese tráfico tiene lugar. Es decir, crea un orden y luego, invisible a poder ser, lo vigila, controla y aplica. Pero a su vez ese poder público, elegido o legitimado de una u otra forma, contiene dentro de si otros poderes en convivencia ya pacífica ya conflictiva; por ejemplo, el poder de la Iglesia, o el poder de terratenientes o el poder de las instituciones de la Enseñanza, o el poder militar, o el poder de las diferentes fracciones políticas, o el poder de los diferentes gremios de mercaderes y productores de esa ciudad. Todos están representados según su fuerza en el mercado a través de ese poder público y sin duda esa correlación de fuerzas e intereses se manifiesta en el orden y en las reglas que ese poder impone al mercado en cuanto espacio público.

     Visibles son los productores, los mercaderes y las mercancías  ( hasta las que al parecer no lo son o al menos no son "simples mercancías") y visibles son los compradores o posibles compradores que se mueven en ese espacio en busca de aquella mercancía que piensen pueda satisfacer sus necesidades. Cuesta sin embargo detectar en el mercado a "los productores de necesidades". Pueden realizar su trabajo de cara al público y en el propio mercado: el que vocifera las cualidades de tal mercancía, el que da brillo a las manzanas y las dispone con habilidad sobre la cesta, pero la mayoría ha hecho su trabajo antes de que el mercado abra sus puertas. La iglesia, por ejemplo, ha hecho su trabajo en el púlpito, en el confesionario o en sus escuelas; el poder público en las escuelas públicas, en los museos o en los bandos oficiales que los pregoneros, y los medios de comunicación  públicos, airean; los mercaderes en sus medios de comunicación propios; los partidos de la oposición en mítines y parlamentos; los revolucionarios en las reuniones y publicaciones clandestinas. Cada uno con sus fuerzas, con sus medios, con sus capitales, han ido produciendo antes y acaso lejos del mercado esas necesidades con las que los consumidores concurren finalmente a la plaza pública

  Para completar esta fábula sobre el mercado conviene recordar la presencia de otras figuras en su espacio público: cuentacuentos, saltimbanquis, trovadores y tragasables. Atraídos por la presencia de las multitudes acuden al mercado a ofrecer sus mercancías: diversión, entretenimiento, alegrías. Y por último: los fuera de la ley: ladrones, piratas, timadores, y los mendigos: pedigueños, deshauciados, profesionales de la mala conciencia ajena.

 Si trasladamos esa visión idílica y medieval del mercado a las coordenadas actuales advertimos que el triunfo de las políticas neoliberales ha producido una desregularización de los mercados  y en consecuencia el mercado ha pasado de ocupar la plaza pública delimitada por el poder público para expandirse espacial y temporalmente: todo geografía es mercado, todo tiempo es tiempo de mercado; ha invadido los espacios privados (televisión, internet) y ha roto las fronteras entre el tiempo de ocio y negocio (la invasión del mercado en el tiempo de ocio es una de las características más llamativas de nuestro tiempo). El poder público es hoy detentado hegemónicamente por los mercaderes (representados por los correspondientes gobiernos democráticos o no democráticos) que imponen a ese mercado omnipresente sus propias reglas basadas en la libre competencia y en el libre comercio con las restrincciones pertinentes: proteccionismo selectivo. El poder público permite abrir el tenderete a nuevas iniciativas mercantiles pero la situación de competencia expulsa hacia los márgenes a aquellas que no cuenten con un capital de partida suficiente para hacerse un hueco relevante o a aquellos capitales cuya reproducción ampliada esté por debajo de la rentabilidad media del capital. Sigue habiendo saltimbanquis y piratas, quejumbrosos y profesionales de la subvención pero lo más novedoso es ahora la megafonía: los medios de comunicación lo cubren todo. El mercado es comunicación. La sociedad, dixit Luhmann, un trasiego de comunicaciones.

 Desaparecido el poder de los púlpitos, generalizada una enseñanza ideológicamente neutral (es decir, afín a la ideología dominante) y derrotados y amordazados (económica e ideológicamente) los proyectos anticapitalistas, la producción de necesidades es hoy controlada por el poder directo o delegado de los mercaderes que ha logrado insuflar su alma mercantil hasta lo más profundo de las subjetividades colectivas: la existencia es el mercado, sólo el que consume existe. Agradecidos al sistema que nos concede el privilegio de ser acogidos dentro de él ( explotados se decía antes) producimos las mercancías que dan sentido a nuestras vidas: objetos, enseres, viviendas, programas, músicas, viajes, libros. Toda una cultura.

Breve repaso al genoma histórico de la cultura y la edición

El contenido semántico del concepto de cultura es tan amplio que, además de remitirme para su análisis al reciente libro de Terry Eagletton, La idea de cultura  ( Edit Paidos,Barcelona 2002), me limitaré a recordar con Raymond Williams que en su origen cultura es cultivo, cuidado, es decir, proceso dinámico y continuo, y a proponer un tanto osadamente que entenderemos la cultura (en cuanto cultura burguesa) como "el sistema de actividades encaminado a cubrir la necesidad de ser mejores" para desde esa propuesta ver como el sistema de producción dominante en cada momento, y con él los productores de necesidades, han gestionado su producción y comercio.

 Entendida la cultura desde ese ángulo podemos remitirnos a Grecia, a Atenas en concreto, como fuente originaria de esa actividad. Una polis, construida sobre el compromiso con la excelencia de los ciudadanos libres y asentada en la esclavitud como sistema de producción. Una actividad cultural que gira alrededor del ágora y el teatro como espacios públicos ajenos a la plaza del mercado y en el que la actividad cultural tiene en la oralidad su principal instrumento pero en el que la escritura, como depositaria de la memoria, como patrimonio común de la cultura, irá acrecentando su importancia y acercándose, vía comercio, al mercado. Ya en Roma, las librerías ocupan una zona propia en el tejido mercantil y se inicia propiamente lo que podemos reconocer como actividad editorial. La historia nos habla de Tito Pomponio Atico, el primer librero-editor cuyo nombre nos es conocido, que se encargaba de copiar, entre otras, las obras de Cicerón y de hacerlas llegar hasta los más remotos rincones del Imperio siguiendo las rutas comerciales. De Atico se describen cualidades que hasta hoy - o hasta ayer mismo- serían el paradigma del editor ejemplar: amplia cultura, apasionado interés literario, amplias relaciones, impresionantes medios financieros y una marcada propensión por la actividad comercial. En sus talleres del Quirinal daba ocupación a los mejores escribas y correctores. Y aunque la oralidad siguiera siendo el principal vehículo de la cultura, con el Foro, el Senado, el Palacio, las bibliotecas y las escuelas como lugares de relieve, a lo largo del transcurrir del Imperio la edición , vía comercio, fue cobrando un lugar central en la configuración material de una cultura cuya producción, circulación y consumo conformaba una comunidad de "letrados" - en el seno de las capas sociales dominantes - que se reconocían mutuamente como comunidad superior - los mejores-  por participes de esa sistema cultural en el que, repetimos, la edición y el libro ocupaban cada vez en mayor grado, un lugar central. Un sistema cultural que convivía sin conflictos con el sistema de actividades ligadas al ocio en que se desenvolvía la mayoría del pueblo movido no por la necesidad de "ser mejores" sino simplemente "ser felices": panis et circus. Dos sistemas que se desarrollaban sin conflicto en un sistema político que sólo consideraba y requería la excelencia como necesidad propia de la casta patricia.

   El único ataque profundo que sufriría este esquema vendría dado por la aparición y propagación del cristianismo que, al competir con un nuevo paradigma cultural "ser mejores para Dios", desplazaría los contenidos culturales anteriores pero conservando y haciendo suyos sin embargo la estructura y las herramientas de sistema cultural que se encuentra. Entre ellos el libro - la expansión del cristianismo coincide y coadyuba a la expansión del formato códice- la escuela y la librería-editorial que pasa fundamentalmente a manos de los cenobios.

   Pasamos de largo por nuestro mercado medieval en el que difícilmente encontraremos libros  - refugiados en el scriptorium de los monasterios aunque con un significativo pero escaso tráfico y comercio - en el que abundan juglares y saltimbanquis. Al aproximarnos a la revolución de la imprenta encontramos una sociedad fuertemente jerarquizada, con fuerte presencia de la religión, la emergencia de las naciones y de las monarquías absolutas así como la sobresaliente recuperación de la actividad comercial en la que los libros al socaire del invento de Gutemberg, de la urdimbre humanista que se desarrolla con el renacimiento y de la lenta pero continua ampliación de la población alfabetizada, ocupan un lugar básico para atender la demanda de clérigos, nobles, administradores, burócratas, escribanos, mercaderes enriquecidos , enseñantes y, como no, escritores y poetastros.

La querella de los nuevos y de los antiguos

Al lado de esta cultura humanista que insiste en "el ser mejores" e intenta conciliar el recuperado canon clásico con las exigencias de la religión vigilante, crecen también las actividades dedicadas al entretenimiento de la población no obligada o impedida socialmente a moverse en el plano de la excelencia: la "no-cultura popular" con su comunicación oral predominante (romances, canciones) pero sobre la que también va incidir la difusión que la imprenta facilita: libros de caballerías, pliegos de cordel, misceláneas, vidas de santos. El crecimiento de las ciudades y el asentamientos de las Cortes como centros de producción y consumo agrupan en un sólo espacio mercantil a los consumidores de esas dos culturas: la humanista que encuentra en el libro su mejor reflejo en cuanto que es el actor perfecto para la mediación entre lo individual y lo universal y la "no-cultura popular" ajena al código de la excelencia. Dos legitimidades: la excelencia, el entretenimiento, que la ciudad hace convivir.

  Y es en la ciudad y como consecuencia de ese convivir que va a surgir el primer cuestionamiento mutuo de ambas legitimidades a través de un fenómeno cultural que se desarrolla a caballo de un vehículo en el que confluyen lo oral y lo escrito: el teatro Valga recordar a Lope y su defensa/desprecio de "el vulgo" y valga sobre todo recordar las famosas polémicas culturales que surgen primero en Francia y luego en toda Europa bajo el rótulo de "la querellas entre los nuevos y los antiguos" primera versión histórica de lo que hoy llamaríamos polémica sobre el postmodernismo. Merece la pena detenerse en esa querella que adelanta los conflictos que hoy nos mueven y que, en sentido estricto, supone el punto de partida de la crítica literaria.

        En 1637 Corneille estrena su pieza Le Cid y obtiene un éxito (comercial diríamos hoy) desbordante que, sin embargo, es recibido con recelo, paternalismo y desprecio por "la República de las Letras" (es decir, por los escritores que se sienten detentadores del canon de la belleza). Una situación que recuerda sucesos semejantes que en España tuvieron lugar con ocasión de la publicación  y éxito popular de El Quijote, pero que en Francia va a ir mucho más allá del mero intercambio de insultos personales con que en España se resuelven habitualmente las querellas literarias.  Del recelo ante el éxito de Le Cid se pasaría pronto a la polémica con motivo de que Corneille, sin duda dolido por el actitud renuente de los detentadores de la legitimidad literaria, hiciese público - editase por su cuenta- un escrito en el que defendía las virtudes literarias de su obra y argumentaba desde estrictas posiciones literarias las razones de su éxito: " Y mis versos en cualquier lugar son mis únicos defensores/ Por su sola belleza mi pluma es estimada/ A nadie más que a mi debo ni renombre", recordando que Le Cid había satisfecho tanto al pueblo como a los cortesanos y que en definitiva todos habían sido libres de aplaudirla o rechazarla y que ese aplauso general legitimaba su mérito. Es precisamente este lado de su argumentación el que va a ser duramente cuestionado por sus detractores para los que el aplauso del pueblo no puede ser señal de mérito sino de todo lo contrario.

 El escritor Scudery, la punta de lanza de los recelosos,  acusa a la pieza de estar llena de "efectos especiales", de inverosimilitud manifiesta, exageración en las pasiones, de halagar las emociones fáciles, de plagiar a los españoles y explica que "hay ciertas piezas.. . que de lejos parecen estrellas pero que estudiadas con atención no son más que gusaneras.Por eso no me extraña mucho que el pueblo que enjuicia con los ojos se deje llevar por este sentido que es el más tramposo de todos". No deja de ser curioso que los más extremistas de los adversarios de Corneille reclamen la intervención de la Real Academia como portavoz de "los valores reales", lo que nada tiene de estrambótico si advertimos que lo que realmente se está poniendo en cuestión son las fuentes de la legitimación, políticas en último término ( a Corneillle se le denuncia porque en aras del aplauso del pueblo pretende convertirse en Cesar, en tirano) aunque literarias en primera instancia. Por eso los "antiguos" hablan, frente al pueblo como algo proteico e informe, de "el público" como agrupación de los que ocupan una posición pública en la jerarquía social: académicos, "gentes de condición", tratando de integrar en esa esfera pública a "las honestas gentes", es decir, a las que cooperan satisfechas con el stablishment de la Monarquía absoluta. Esas honestas gentes que acabarán por reproducirse en lo que hoy llamamos "clases medias".

   Que el teatro del Barroco supuso algo semejante a un primer medio de comunicación de masas y que su estrategia retórica anuncia la retórica de la moderna publicidad ya ha sido comentado por acierto por el profesor Maravall. Lo que la querella aporta es el conflicto entre las razones privadas del autor y el necesario control público de los discursos públicos. No olvidemos que la excusa para "meterse" con Corneille no es tanto su obra como el atrevimiento de haber publicado/editado su argumentación. Esa es la " osadía democrática" que la República de las Letras no le puede perdonar pues está poniendo en solfa el control de ese espacio público y cultural que la edición construye.

El separatismo estético: la autodeterminación del lector

Lamento que el objetivo concreto hacia el que pretendo encaminar estas reflexiones me impida detenerme, a salvo de fatigar, en lo que la estética neoclásica supone de retroceso político frente a "la democratización" que la actitud de Corneille pudiera conllevar. Más conveniente me parece ahora recordar que en el marco político europeo caracterizado por los absolutismos, el movimiento ilustrado, enfrentado a la invasión totalitaria de los poderes absolutos, va a generar una aduana ideológica que posibilitará a la incipiente burguesía ilustrada acotar un territorio exento a los poderes de la política y la religión: la estética, entendiendo por tal aquella cualidad que se va a reconocer u otorgar a una serie de "mercancías" encaminadas a que sus consumidores "sientan mejor". Un territorio, el de los sentimientos, que precisamente por su privacidad impide la invasión de aquellos poderes. Se crea así, vía separatismo estético, una especie de nueva nación, integrada pero autónoma dentro de cada Nación, nacional pero universal, en la que pronto el Arte y los artistas y la ciudadanía "sensible" se reconocen como hermanos hasta formar una fatría estética en la que el movimiento romántico arraigará y se desplegará profundamente. Un territorio ocupado por los elementos más ilustrados y dinámicos de la naciente burguesía donde superviven elementos aristocráticos y de élite ( la esfera pública de Hobswann) que construyen una sociedad civil de la cultura en la que el individualismo económico se refuerza con la propiedad privada de los sentimientos estéticos y, por supuesto, con el acaparamiento de la tradición humanista en cuanto fuente de legitimidad. Una situación que el triunfo y fracaso (pues la intervención napoleónica supone un pacto con los poderes del pasado: la gran propiedad, la iglesia) de la Revolución Francesa confirma y acrecienta.

La edición  moderna: al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios

Con el triunfo de la burguesía se produce una situación paradójica: en su larga lucha contra los absolutismos y los poderes de la iglesia, había acotado como hemos visto un territorio estético cultural en el que la política y las ideologías tenían deslegitimada su intervención por lo que, una vez que la ideología burguesa directamente relacionada con el liberalismo económico logra la hegemónica, se halla deslegitimada para intervenir con su lenguaje económico en ese campo. Se inicia así una situación de esquizofrenia que durante mucho tiempo se resuelve procediendo a una doble acotación de los terrenos: uno ligado a las culturas/no culturas del entretenimiento y otro, relacionado con la cultura como tabú sacralizado: bellas artes, cultura de élites. En el primer terreno emerge una potente industria cultural: folletines, novelas populares, subgéneros, narraciones extraordinarias, literaturas familiares, que no oculta la regla de su juego: el beneficio económico y el precio como lugar de encuentro entre el producto y el consumidor. En el segundo, una cultura que se produce, circula y consume en sociedad con actividades económicas que "no se mueven con estricto afán de lucro": conciertos, óperas, edición de alta literatura, universidades, exposiciones, etc. Al Cesar lo que es del Cesar (los beneficios) y a Dios lo que es de Dios (la emoción estética), aceptando así la dualidad cristiana: alma y cuerpo, dinero y Arte. Es esta convivencia esquizofrénica la que crea los problemas detectados por Bourdieu  en relación con las luchas en el campo literario: lo sagrado contra lo profano, el Arte contra el comercio, el arte puro contra el arte mercenario.

    En este contexto nace la edición moderna. Por un lado un sistema editorial encauzado hacia el beneficio que trabaja con subproductos populares y que se va integrando gradualmente en lo que el paso del tiempo va a configurar como industria del ocio y entretenimiento y por otro, un sistema editorial que busca sus beneficios "honestos" en un terreno de minorías nada inmensas pero con una capacidad inmensa para producir valores e imaginarios colectivos en los que el slogan humanista "ser mejores" se funde con la propuesta del individualismo: "sentirse mejores".

   Paso también de modo apresurado sobre lo que el movimiento socialista, la revolución de Octubre y las vanguardias artísticas supusieron para la legitimidad de este paradigma (en realidad una disputa sobre el concepto de ser mejores , es decir, sobre la definición del bien público) y de un salto, espero que admisible, me sitúo en el presente: ¿Que está pasando?

    El desarrollo propio del capitalismo y por tanto la expansión creciente de una lógica de mercado en la que los valores vienen determinados por el juego de oferta y demanda, ha producido una laicización sino de las almas (que para eso son almas) sí de las conductas. Como ya advirtiera Marx el propio desarrollo del capital se ha llevado por delante múltiples altares y verdades inamovibles. La sociedades desarrolladas actuales se muestran cada vez más materialistas (sólo creen en lo que tienen) aunque cada vez tienen más fe en el sistema que facilita el consumo. El crecimiento económico ha dado lugar a una sociedad en la que el consumo aparece casi como único mediador entre la vida y el sentido de la vida. Este crecimiento ha puesto en peligro - en realidad lo ha roto- el pacto implícito de no agresión que había venido construyéndose, tal y como hemos entrevisto, entre el capital y la cultura. Ruptura unilateral por parte del capital puesto que la cultura ha mantenido sus serviles compromisos fundamentales con aquel: legitimación del sistema, producción de un sentido de la existencia compatible con el sistema y basado en la visión humanista de los individuos en tanto propietarios de su propio destino, creación de zonas de trascendencia (el Arte, la excelencia), producción de ideologías y argumentos contra las ideologías y argumentos que pusieron en cuestión su legitimidad y  obsequio de la legitimidad añadida que supone que la cultura se haya presentado como "correctora crítica de los excesos" que pudiera generar el sistema. A cambio el sistema parecía haberle garantizado "consideración", donarle "capital simbólico", crédito y credibilidad, y emolumentos. Y de momento parece estarle retirando todas esas compensaciones menos una: los emolumentos.¿Por qué esta ruptura que tantas lamentaciones ha puesto en marcha?

Creo que no es ajena a la contestación de esa pregunta la desaparición de la escena histórica (caída del muro) de la alternativa socialista entendiendo por tal aquella que cuestiona la raíz del sistema: la propiedad de los medios de producción. Sin enemigo a la vista, el sistema se siente lo suficientemente fuerte para no necesitar más legitimidad que la que el mismo genera y vertebra. Al tiempo, su propia lógica de expansión le lleva a uniformar todos los mercados posibles, a saltar todas las aduanas y a imponer a los estados las regulaciones que beneficien a su lógica dominante: todo es susceptible de comercio, todo es para ser comercio. Desde esta perspectiva el asalto a los reductos de la cultura no es ni lamentable ni condenable: es inevitable. La industria cultural invade el campo de la cultura que se había hecho la illuso de estar viviendo otra vida, y, de la integración resultante, se desprende un nuevo sistema de actividades: la industria del entretenimiento y el ocio. Esa nueva ubicación en el que la edición habrá de encontrar su razón de ser ( de ser rentable me refiero pues fuera de la rentabilidad no habrá existencia posible). Una invasión que no se ha producido de golpe sino a través de un lento proceso de abordaje en el que cine por cuanto que participó desde sus inicios de la doble condición de ser industria del espectáculo y de ser cultura (el séptimo Arte), ha desempeñado un papel de puente y enlace de singular relevancia.

Edición literaria en España: diagnóstico y profecías

La situación de la edición literaria o cultural en España no es diferente en sus grandes líneas a la edición en los países de su contexto cultural y económico, si bien guarda características propias provenientes de su propia historia y condicionantes. Sin una revolución burguesa por el medio, puede decirse que la edición española en general ha vivido, como el país, una situación inestable. Que ninguna de las principales casas editoriales de hoy se remonten más allá de un siglo y que la mayoría no alcance el medio siglo de existencia, es buena prueba de ello. Todo un siglo XIX atravesado por luchas entre legitimidades políticas y con el peso enorme de la mirada religiosa, en poco contribuyó a la creación de un esfera cultural capaz de crear un tejido editorial fuerte y autónomo. Un siglo XX que vive un momento de expectativa cultural previo a la II República que parece confirmarse con su proclamación, para desaparecer brutalmente aniquilado por la guerra civil. Durante la larga noche del franquismo el mundo editorial acabará por desdoblarse en dos líneas culturales y editoriales: una  conservadora culturalmente y de clara vocación comercial (Planeta, Destino, Espasa Calpe, Plaza&Janés) y otra ligada en mayor o menor grado a la "la cultura”: Seix Barral, Alfaguara, Alianza Editorial o Ciencia Nueva, Anagrama, Tusquets. Dos mundos que durante años apenas se tocan aun cuando el catálogo de editoriales como Destino acabe por surtir de autores al otro bloque de editoriales. Con la normalización democrática el mapa editorial se reorienta hacia una situación semejante a la de su entorno cultural: progresiva invasión de la lógica del mercado -sirva como ejemplo la entrada de Planeta en el espacio literario reservado a la cultura no comercial -, entrada de las multinacionales extranjeras, creación de conglomerados empresariales relacionados con el mundo de la comunicación, absorción de la cultura lectora por las culturas del entretenimiento, las ventas como nueva y casi única legitimación literaria, tiranía de las listas de libros más vendidos, escaso mercado en relación con la alta capacidad productiva, dificultades constantes para la consolidación de un mercado editorial en lengua castellana a uno y otro lado del Atlántico.

Es en este contexto donde surge la queja y la alarma cultural por parte de algunos sectores del campo cultural (incluidas algunas editoriales) que parecen temer que "las masas democráticas" pisen y estropeen los jardines de Versalles que la "cultura" ha venido preservando desde al menos la Revolución Francesa. Alarma que consciente o inconscientemente  parece sintonizar con la contestación antiglobalización que pretende, una vez más, buscar la cuadratura del círculo: vender la carne sin que te quiten la sangre, acabar con el capitalismo salvaje sin acabar con el capitalismo, reproducir capital pero condenando los efectos y consecuencias "perversas" para el mundo editorial de la lógica interna de ese capital. Una pretensión que en la práctica nadie llega a creerse: practicas que pasan por la integración en las redes de distribución de los grandes grupos, por políticas de fomento del sistema de Premios como reclamo comercial, por fuertes inversiones en publicidad directa, por apuestas literarias basadas en los éxitos comerciales ya contrastados en el exterior o por el abandono de autores no rentables. Las llamadas editoriales independientes no dejan de ser en realidad empresas de capital familiar o personal que basan su estrategia comercial en la apariencia de una señas de identidad cultural ficticias buscando rentabilizar el plusvalor, crédito o "capital simbólico" que todavía hoy la cultura humanista conlleva.

Presentar ese modelo editorial como una alternativa o una opción posible resulta algo ingenuo. Cierto que la relativamente modesta inversión que una editorial requiere permite y seguirá permitiendo que al actual tejido editorial español se sumen nuevas editoriales de tamaño pequeño o mediano. El propio sistema reclama y necesita instancias donde el mercado editorial  como conjunto explore líneas y horizontes nuevos. Pero que nadie se engañe: sólo se puede sobrevivir ateniéndose a la lógica del capital y aquel que quiera jugar a socialdemócrata y crea que hay un capitalismo bueno y un capitalismo malo, corre el mismo riego de aquel indio que creía ser el último rebelde cuando en realidad trabajaba de explorador aventajado por el grueso del Séptimo de Caballería.

La alternativa real al sistema editorial dominante no goza hoy de condiciones para su existencia. Sus posibilidades supondrían la existencia de un amplio tejido social y político opuesto al sistema de producción capitalista. Algo que hoy no sólo parece imposible sino que también han logrado presentar como no deseable. La hegemonía de los aparatos culturales al servicio del sistema -entre ellos el sistema editorial-han logrado presentar como inverosímil tal alternativa. Las únicas posibilidades de trabajo en esa línea parecen residir, paradójicamente, en el acoso a ese imaginario dominante utilizando y profundizando las contradicciones que el capitalismo avanzado va dejando a su paso.

Mientras tanto el horizonte de la edición seguirá destruyendo los restos de la formaciones culturales que encuentre en su camino por mucho que las élites humanistas lamenten la desaparición de la Alta Cultura y el triunfo de los grandes almacenes con sus tres tallas únicas. Ni siquiera el pret-a-porter editorial tiene un futuro muy esperanzador. Con el monopolio de la producción de necesidades que detentan, con el inmenso sistema de desinformación que utilizan, con el colaboracionismo general que encuentran, con la necesidad de incrementar la rentabilidad a las que la competencia les obliga y con la impunidad con que explotan y reestructuran las empresas las actuales empresas del capital, el futuro de la industria editorial está más cerca de las actuales industrias cinematográfica y discográfica que de aquel idílico editor que leía todo lo que publicaba, seleccionaba según su criterio personal, y dejaba en manos de la distribución y del público a quien tanto amo su destino empresarial, siempre en milagrosa búsqueda de ese éxito que le salvara el ejercicio presupuestario.

Lo previsible es un futuro que hoy puede parecer de Ciencia-Ficción: los directores literarios serán jefes de compras de manuscritos que dedicarán su jornada de trabajo a recibir a la larga cola de agentes literarios que habrán seleccionado con los menores costes posibles los manuscritos a ofertar. Las propuestas de edición serán sopesadas a golpes de escandallos: previsión de tiradas, Pvp presumible, gastos de explotación, gastos de promoción y publicidad, márgenes de contribución. La incertidumbre propia de la edición será reducida con encuestas de intención. La mayoría de los títulos serán encargados con menú a la carta. La creación de textos de ficción será un trabajo colectivo: experto en tramas más experto en diálogos más experto en adjetivos más experto en finales más experto en inicios. Los grandes grupos crearán sus propias y exclusivas cadenas de librerías y difundirán sus productos a través de sus propios medios de comunicación. Y sin embargo el Arte prevalecerá: el arte de vender.



En esta edición
la feria está dedicada a

Carilda Oliver Labra

Carilda Oliver Labra


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