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Acerca de la edición sin editores
y del capitalismo sin capitalistas
Constantino Bértolo
Fotos: Rogelio M. Díaz Moreno
Estamos
ya en el siglo XXI y todavía hay gentes que creen en
Dios y editores que creen que los libros no son una
mercancía. Veamos por qué.
Las relaciones
entre el mundo de la edición - y más en concreto de
la edición cultural o literaria - y el mercado llevan
años, siglos, originando tensiones y polémicas. En Roma,
Marcial se quejaba de que sus textos eran editados por
desaprensivos que hacían copias apresuradas y distorsionadas
llevados por su afán de lograr fáciles beneficios y
ya el ilustrado Saftesbury, testigo de la expansión
de la imprenta, lamentaba que fuera "el librero
el que hace al escritor". Más recientemente
estas tensiones se han vuelto a poner sobre el tapete
informativo en un contexto económico y social determinado
por la expansión de las multinacionales de la edición,
dentro del fenómeno general de la llamada globalización,
y con una propuesta de alternativa: la tarea de las
llamadas editoriales independientes como emblema cultural,
social y político (y comercial) del enfrentamiento con
la lógica del “capitalismo acultural” representado por
esas multinacionales. Esta alternativa encontró su referente
en la obra de André Schiffrin, La edición sin editores,
cuyas líneas generales han sido recogidas y respaldadas,
entre otros, por el fallecido Pierre Bourdieu que en
su Conferencia en el Foro Internacional sobre Literatura
celebrado en septiembre de 2,000, proclamaba que: "
Extrañamente, los productores más "puros",
los más gratuitos, los más "formales", se
encuentran situados hoy, a menudo sin saberlo, en la
vanguardia de la lucha por la defensa de los valores
más altos de la humanidad. Defendiendo su singularidad,
defienden los valores más universales". Singular
alternativa que les lleva a denunciar la edición sin
editores y a reclamar paradójicamente un capitalismo
sin capitalistas. Como si fuera posible vender la carne
sin derramar la sangre.
Estos comentarios
pretenden, por una parte, cuestionar el ingenuo voluntarismo
narcisista (bajo el que acaso se esconda una maliciosa
estrategia comercial) de una alternativa que cree posible
resistirse o enfrentarse a la lógica del mercado capitalista
sin cuestionar sus raíces - la propiedad privada de
los medios de producción-, y, por otra, apuntar brevemente
el horizonte esperable para la edición cultural o literaria
en el marco de las sociedades capitalistas si esa lógica,
es decir, esas raíces, no se alteran radicalmente.
Capitalismo bueno, capitalismo malo
Editar consiste
sustancialmente en hacer públicos determinados textos
privados. En cuanto quehacer se relaciona con lo material,
en cuanto hacer públicos con el poder, en cuanto textos
privados con la propiedad y en cuanto a determinados
con la selección o el criterio. Como cualquier acto
de comunicación la edición requiere materiales y estos
materiales y su utilización requieren capital. En última
y primera instancia pues, quien edita es el capital.
Capital privado o público, grande o pequeño, personal
o accionarial, pero capital. Capital para llevar a cabo
la selección. Capital para comprar los derechos de reproducción.
Capital para imprimir y capital para distribuir, difundir
los productos editoriales en el mercado.
Si dejamos
aparte el capital público que garantiza fundamentalmente
su supervivencia por vía fiscal, el capital privado,
sobre el que se asienta mayoritariamente la edición,
basa su supervivencia y su reproducción en los beneficios.
La tesis de la alternativa independiente se acoge a
un hecho de la voluntad (de la buena voluntad): el capital
independiente no necesita una tasa de beneficios tan
alta como la que exige el capital multinacional. No
hay que ser marxista para sorprenderse de tan bondadosa
lectura : la tasa de beneficios necesaria para que cualquier
capital se reproduzca no es una cuestión de voluntad
pues está directamente relacionada con la tasa de beneficios
media del capital ( y en estos momentos ya se puede
hablar del capital mundial) y en última instancia del
precio del dinero ( parámetro que la globalización tiende
inexorablemente a igualar). Un capitalista puede renunciar
a alcanzar una determinada tasa de beneficios pero su
capital no, pues, a medio o largo plazo, tal renuncia
pondría en peligro su propia condición de capitalista.
Por supuesto que puede haber - y los hay- capitalistas
que asuman ese destino y puede y hay capitalistas (pocos)
de esta clase- mecenas diríamos- que están dispuestos
a desinvertir su capital en la actividad editorial por
los motivos que sean. Pero aun estos y aquellos - los
que generosamente renuncian a una determinada tasa de
beneficios- necesitan a su vez de otros capitales y
capitalistas que normalmente no se rigen por criterios
altruistas: capital para distribuir ( empresas de distribución),
capital para vender ( librerías, puntos de venta) y
capital para producir textos privados pues los llamados
creadores invierten capital en ese trabajo ( aún cuando
muchos de ellos renunciarían seguramente a ser remunerados
a cambio de ser editados).
Lo que
los editores de la alternativa “independiente” proponen
es la existencia de dos sistemas de producción: uno
determinado por los capitales "razonables"
( a tenor del libro de Schiffrin serían los que mantienen
su tasa por debajo del 12%) y otro por los capitales
"salvajes"( por encima de ese 12 %). Una lectura
socialdemócrata y moralista del capitalismo que distingue
entre un capitalismo bueno y otro malo y cree que esa
convivencia es posible a la par que, vía capitalismo
bueno, legitima el sistema de producción capitalista.
En la práctica esta alternativa se basa en lo que Krakacuer
llamaba "la plusvalía cultural": en aras de
la vocación cultural ese capital explota más: paga menos
a los lectores editoriales, menos a los correctores,
menos a los traductores, menos a los impresores, menos
a los empleados, menos a los autores y menos a si mismos
- en los casos más honestos, es decir, cuando se autoexplotan-
en cuanto empresarios. Pero, en fin, sarna con gusto
no pica y todo estaría bien sino fuera por los daños
colaterales: su contribución al incremento de las plusvalías
en el sector editorial "salvaje" que aprende
de su mal ejemplo.
Resulta
sin embargo que esta feliz convivencia dentro del capitalismo
está creando ciertos problemas en el mercado que desde
la perspectiva del "editor cultural independiente"
podrían resumirse en el siguiente diagnóstico emparentado
con la famosa ley de Greesham: cada vez hay en el mercado
más moneda mala que amenaza y desplaza con su grosería
la circulación de la moneda buena.
Su Majestad el Mercado
En los últimos
años se ha ido construyendo y difundiendo una imagen
antropocéntrica y animista del mercado. Como si el mercado
fuese una especie de dios o semidios dotado de voluntad
propia ajena a nuestras humildes voluntades humanas,
sin cuerpo ( y sin alma), omnisciente y omnipresente,
sin conciencia pero al parecer único culpable de nuestras
molestias culturales y editoriales. Convendría por tanto
retomar una imagen más clásica para volver a colocarlo
en su sitio: el mercado como ese lugar público en el
que los productores ofrecen sus productos y en el que
los consumidores esperan encontrar y comprar aquellos
productos que satisfagan sus deseos y necesidades. Ese
lugar lleno de vida y colorido que el cine nos ha ofrecido
en tantas películas de corte medieval en la que la princesa
disfrazada se suele encontrar con el galán que vive
fuera de la ley.
Valga esa
imagen simple e idílica para iniciar nuestra exploración.
Se suelen olvidar cuando se habla del mercado varias
cosas que por obvias se disfrazan de inexistentes. En
primer lugar en el mercado hay algo más que oferentes
y demandantes. Está por ejemplo el poder público, que
regula con sus leyes ese mercado: establece que días
se celebra, determina la ubicación de cada gremio de
productores, cobra tasas por uso de ese espacio público,
crea alguaciles que prevengan el robo, inspectores para
combatir el fraude, jueces que resuelven conflictos
posibles, y sobre todo crea, acuña y avala la moneda
en la que ese tráfico tiene lugar. Es decir, crea un
orden y luego, invisible a poder ser, lo vigila, controla
y aplica. Pero a su vez ese poder público, elegido o
legitimado de una u otra forma, contiene dentro de si
otros poderes en convivencia ya pacífica ya conflictiva;
por ejemplo, el poder de la Iglesia, o el poder de terratenientes
o el poder de las instituciones de la Enseñanza, o el
poder militar, o el poder de las diferentes fracciones
políticas, o el poder de los diferentes gremios de mercaderes
y productores de esa ciudad. Todos están representados
según su fuerza en el mercado a través de ese poder
público y sin duda esa correlación de fuerzas e intereses
se manifiesta en el orden y en las reglas que ese poder
impone al mercado en cuanto espacio público.
Visibles
son los productores, los mercaderes y las mercancías
( hasta las que al parecer no lo son o al menos no son
"simples mercancías") y visibles son los compradores
o posibles compradores que se mueven en ese espacio
en busca de aquella mercancía que piensen pueda satisfacer
sus necesidades. Cuesta sin embargo detectar en el mercado
a "los productores de necesidades". Pueden
realizar su trabajo de cara al público y en el propio
mercado: el que vocifera las cualidades de tal mercancía,
el que da brillo a las manzanas y las dispone con habilidad
sobre la cesta, pero la mayoría ha hecho su trabajo
antes de que el mercado abra sus puertas. La iglesia,
por ejemplo, ha hecho su trabajo en el púlpito, en el
confesionario o en sus escuelas; el poder público en
las escuelas públicas, en los museos o en los bandos
oficiales que los pregoneros, y los medios de comunicación
públicos, airean; los mercaderes en sus medios de comunicación
propios; los partidos de la oposición en mítines y parlamentos;
los revolucionarios en las reuniones y publicaciones
clandestinas. Cada uno con sus fuerzas, con sus medios,
con sus capitales, han ido produciendo antes y acaso
lejos del mercado esas necesidades con las que los consumidores
concurren finalmente a la plaza pública
Para completar
esta fábula sobre el mercado conviene recordar la presencia
de otras figuras en su espacio público: cuentacuentos,
saltimbanquis, trovadores y tragasables. Atraídos por
la presencia de las multitudes acuden al mercado a ofrecer
sus mercancías: diversión, entretenimiento, alegrías.
Y por último: los fuera de la ley: ladrones, piratas,
timadores, y los mendigos: pedigueños, deshauciados,
profesionales de la mala conciencia ajena.
Si trasladamos
esa visión idílica y medieval del mercado a las coordenadas
actuales advertimos que el triunfo de las políticas
neoliberales ha producido una desregularización de los
mercados y en consecuencia el mercado ha pasado de
ocupar la plaza pública delimitada por el poder público
para expandirse espacial y temporalmente: todo geografía
es mercado, todo tiempo es tiempo de mercado; ha invadido
los espacios privados (televisión, internet) y ha roto
las fronteras entre el tiempo de ocio y negocio (la
invasión del mercado en el tiempo de ocio es una de
las características más llamativas de nuestro tiempo).
El poder público es hoy detentado hegemónicamente por
los mercaderes (representados por los correspondientes
gobiernos democráticos o no democráticos) que imponen
a ese mercado omnipresente sus propias reglas basadas
en la libre competencia y en el libre comercio con las
restrincciones pertinentes: proteccionismo selectivo.
El poder público permite abrir el tenderete a nuevas
iniciativas mercantiles pero la situación de competencia
expulsa hacia los márgenes a aquellas que no cuenten
con un capital de partida suficiente para hacerse un
hueco relevante o a aquellos capitales cuya reproducción
ampliada esté por debajo de la rentabilidad media del
capital. Sigue habiendo saltimbanquis y piratas, quejumbrosos
y profesionales de la subvención pero lo más novedoso
es ahora la megafonía: los medios de comunicación lo
cubren todo. El mercado es comunicación. La sociedad,
dixit Luhmann, un trasiego de comunicaciones.
Desaparecido
el poder de los púlpitos, generalizada una enseñanza
ideológicamente neutral (es decir, afín a la ideología
dominante) y derrotados y amordazados (económica e ideológicamente)
los proyectos anticapitalistas, la producción de necesidades
es hoy controlada por el poder directo o delegado de
los mercaderes que ha logrado insuflar su alma mercantil
hasta lo más profundo de las subjetividades colectivas:
la existencia es el mercado, sólo el que consume existe.
Agradecidos al sistema que nos concede el privilegio
de ser acogidos dentro de él ( explotados se decía antes)
producimos las mercancías que dan sentido a nuestras
vidas: objetos, enseres, viviendas, programas, músicas,
viajes, libros. Toda una cultura.
Breve repaso al genoma histórico
de la cultura y la edición
El contenido
semántico del concepto de cultura es tan amplio que,
además de remitirme para su análisis al reciente libro
de Terry Eagletton, La idea de cultura ( Edit
Paidos,Barcelona 2002), me limitaré a recordar con Raymond
Williams que en su origen cultura es cultivo, cuidado,
es decir, proceso dinámico y continuo, y a proponer
un tanto osadamente que entenderemos la cultura (en
cuanto cultura burguesa) como "el sistema de actividades
encaminado a cubrir la necesidad de ser mejores"
para desde esa propuesta ver como el sistema de producción
dominante en cada momento, y con él los productores
de necesidades, han gestionado su producción y comercio.
Entendida
la cultura desde ese ángulo podemos remitirnos a Grecia,
a Atenas en concreto, como fuente originaria de esa
actividad. Una polis, construida sobre el compromiso
con la excelencia de los ciudadanos libres y asentada
en la esclavitud como sistema de producción. Una actividad
cultural que gira alrededor del ágora y el teatro como
espacios públicos ajenos a la plaza del mercado y en
el que la actividad cultural tiene en la oralidad su
principal instrumento pero en el que la escritura, como
depositaria de la memoria, como patrimonio común de
la cultura, irá acrecentando su importancia y acercándose,
vía comercio, al mercado. Ya en Roma, las librerías
ocupan una zona propia en el tejido mercantil y se inicia
propiamente lo que podemos reconocer como actividad
editorial. La historia nos habla de Tito Pomponio Atico,
el primer librero-editor cuyo nombre nos es conocido,
que se encargaba de copiar, entre otras, las obras de
Cicerón y de hacerlas llegar hasta los más remotos rincones
del Imperio siguiendo las rutas comerciales. De Atico
se describen cualidades que hasta hoy - o hasta ayer
mismo- serían el paradigma del editor ejemplar: amplia
cultura, apasionado interés literario, amplias relaciones,
impresionantes medios financieros y una marcada propensión
por la actividad comercial. En sus talleres del Quirinal
daba ocupación a los mejores escribas y correctores.
Y aunque la oralidad siguiera siendo el principal vehículo
de la cultura, con el Foro, el Senado, el Palacio, las
bibliotecas y las escuelas como lugares de relieve,
a lo largo del transcurrir del Imperio la edición ,
vía comercio, fue cobrando un lugar central en la configuración
material de una cultura cuya producción, circulación
y consumo conformaba una comunidad de "letrados"
- en el seno de las capas sociales dominantes - que
se reconocían mutuamente como comunidad superior - los
mejores- por participes de esa sistema cultural en
el que, repetimos, la edición y el libro ocupaban cada
vez en mayor grado, un lugar central. Un sistema cultural
que convivía sin conflictos con el sistema de actividades
ligadas al ocio en que se desenvolvía la mayoría del
pueblo movido no por la necesidad de "ser mejores"
sino simplemente "ser felices": panis et
circus. Dos sistemas que se desarrollaban sin conflicto
en un sistema político que sólo consideraba y requería
la excelencia como necesidad propia de la casta patricia.
El único
ataque profundo que sufriría este esquema vendría dado
por la aparición y propagación del cristianismo que,
al competir con un nuevo paradigma cultural "ser
mejores para Dios", desplazaría los contenidos
culturales anteriores pero conservando y haciendo suyos
sin embargo la estructura y las herramientas de sistema
cultural que se encuentra. Entre ellos el libro - la
expansión del cristianismo coincide y coadyuba a la
expansión del formato códice- la escuela y la librería-editorial
que pasa fundamentalmente a manos de los cenobios.
Pasamos
de largo por nuestro mercado medieval en el que difícilmente
encontraremos libros - refugiados en el scriptorium
de los monasterios aunque con un significativo pero
escaso tráfico y comercio - en el que abundan juglares
y saltimbanquis. Al aproximarnos a la revolución de
la imprenta encontramos una sociedad fuertemente jerarquizada,
con fuerte presencia de la religión, la emergencia de
las naciones y de las monarquías absolutas así como
la sobresaliente recuperación de la actividad comercial
en la que los libros al socaire del invento de Gutemberg,
de la urdimbre humanista que se desarrolla con el renacimiento
y de la lenta pero continua ampliación de la población
alfabetizada, ocupan un lugar básico para atender la
demanda de clérigos, nobles, administradores, burócratas,
escribanos, mercaderes enriquecidos , enseñantes y,
como no, escritores y poetastros.
La querella de los nuevos y de los
antiguos
Al lado de
esta cultura humanista que insiste en "el ser mejores"
e intenta conciliar el recuperado canon clásico con
las exigencias de la religión vigilante, crecen también
las actividades dedicadas al entretenimiento de la población
no obligada o impedida socialmente a moverse en el plano
de la excelencia: la "no-cultura popular"
con su comunicación oral predominante (romances, canciones)
pero sobre la que también va incidir la difusión que
la imprenta facilita: libros de caballerías, pliegos
de cordel, misceláneas, vidas de santos. El crecimiento
de las ciudades y el asentamientos de las Cortes como
centros de producción y consumo agrupan en un sólo espacio
mercantil a los consumidores de esas dos culturas: la
humanista que encuentra en el libro su mejor reflejo
en cuanto que es el actor perfecto para la mediación
entre lo individual y lo universal y la "no-cultura
popular" ajena al código de la excelencia. Dos
legitimidades: la excelencia, el entretenimiento, que
la ciudad hace convivir.
Y es en la
ciudad y como consecuencia de ese convivir que va a
surgir el primer cuestionamiento mutuo de ambas legitimidades
a través de un fenómeno cultural que se desarrolla a
caballo de un vehículo en el que confluyen lo oral y
lo escrito: el teatro Valga recordar a Lope y su defensa/desprecio
de "el vulgo" y valga sobre todo recordar
las famosas polémicas culturales que surgen primero
en Francia y luego en toda Europa bajo el rótulo de
"la querellas entre los nuevos y los antiguos"
primera versión histórica de lo que hoy llamaríamos
polémica sobre el postmodernismo. Merece la pena detenerse
en esa querella que adelanta los conflictos que hoy
nos mueven y que, en sentido estricto, supone el punto
de partida de la crítica literaria.
En
1637 Corneille estrena su pieza Le Cid y obtiene
un éxito (comercial diríamos hoy) desbordante que, sin
embargo, es recibido con recelo, paternalismo y desprecio
por "la República de las Letras" (es decir,
por los escritores que se sienten detentadores del canon
de la belleza). Una situación que recuerda sucesos semejantes
que en España tuvieron lugar con ocasión de la publicación
y éxito popular de El Quijote, pero que en Francia
va a ir mucho más allá del mero intercambio de insultos
personales con que en España se resuelven habitualmente
las querellas literarias. Del recelo ante el éxito
de Le Cid se pasaría pronto a la polémica con
motivo de que Corneille, sin duda dolido por el actitud
renuente de los detentadores de la legitimidad literaria,
hiciese público - editase por su cuenta- un escrito
en el que defendía las virtudes literarias de su obra
y argumentaba desde estrictas posiciones literarias
las razones de su éxito: " Y mis versos en cualquier
lugar son mis únicos defensores/ Por su sola belleza
mi pluma es estimada/ A nadie más que a mi debo ni
renombre", recordando que Le Cid
había satisfecho tanto al pueblo como a los cortesanos
y que en definitiva todos habían sido libres de aplaudirla
o rechazarla y que ese aplauso general legitimaba su
mérito. Es precisamente este lado de su argumentación
el que va a ser duramente cuestionado por sus detractores
para los que el aplauso del pueblo no puede ser señal
de mérito sino de todo lo contrario.
El escritor
Scudery, la punta de lanza de los recelosos, acusa
a la pieza de estar llena de "efectos especiales",
de inverosimilitud manifiesta, exageración en las pasiones,
de halagar las emociones fáciles, de plagiar a los españoles
y explica que "hay ciertas piezas.. . que de
lejos parecen estrellas pero que estudiadas con atención
no son más que gusaneras.Por eso no me extraña mucho
que el pueblo que enjuicia con los ojos se deje llevar
por este sentido que es el más tramposo de todos".
No deja de ser curioso que los más extremistas de los
adversarios de Corneille reclamen la intervención de
la Real Academia como portavoz de "los valores
reales", lo que nada tiene de estrambótico si advertimos
que lo que realmente se está poniendo en cuestión son
las fuentes de la legitimación, políticas en último
término ( a Corneillle se le denuncia porque en aras
del aplauso del pueblo pretende convertirse en Cesar,
en tirano) aunque literarias en primera instancia. Por
eso los "antiguos" hablan, frente al pueblo
como algo proteico e informe, de "el público"
como agrupación de los que ocupan una posición pública
en la jerarquía social: académicos, "gentes de
condición", tratando de integrar en esa esfera
pública a "las honestas gentes", es decir,
a las que cooperan satisfechas con el stablishment de
la Monarquía absoluta. Esas honestas gentes que acabarán
por reproducirse en lo que hoy llamamos "clases
medias".
Que el teatro
del Barroco supuso algo semejante a un primer medio
de comunicación de masas y que su estrategia retórica
anuncia la retórica de la moderna publicidad ya ha sido
comentado por acierto por el profesor Maravall. Lo que
la querella aporta es el conflicto entre las razones
privadas del autor y el necesario control público de
los discursos públicos. No olvidemos que la excusa para
"meterse" con Corneille no es tanto su obra
como el atrevimiento de haber publicado/editado su argumentación.
Esa es la " osadía democrática" que la República
de las Letras no le puede perdonar pues está poniendo
en solfa el control de ese espacio público y cultural
que la edición construye.
El separatismo estético: la autodeterminación
del lector
Lamento que
el objetivo concreto hacia el que pretendo encaminar
estas reflexiones me impida detenerme, a salvo de fatigar,
en lo que la estética neoclásica supone de retroceso
político frente a "la democratización" que
la actitud de Corneille pudiera conllevar. Más conveniente
me parece ahora recordar que en el marco político europeo
caracterizado por los absolutismos, el movimiento ilustrado,
enfrentado a la invasión totalitaria de los poderes
absolutos, va a generar una aduana ideológica que posibilitará
a la incipiente burguesía ilustrada acotar un territorio
exento a los poderes de la política y la religión: la
estética, entendiendo por tal aquella cualidad que se
va a reconocer u otorgar a una serie de "mercancías"
encaminadas a que sus consumidores "sientan mejor".
Un territorio, el de los sentimientos, que precisamente
por su privacidad impide la invasión de aquellos poderes.
Se crea así, vía separatismo estético, una especie de
nueva nación, integrada pero autónoma dentro de cada
Nación, nacional pero universal, en la que pronto el
Arte y los artistas y la ciudadanía "sensible"
se reconocen como hermanos hasta formar una fatría estética
en la que el movimiento romántico arraigará y se desplegará
profundamente. Un territorio ocupado por los elementos
más ilustrados y dinámicos de la naciente burguesía
donde superviven elementos aristocráticos y de élite
( la esfera pública de Hobswann) que construyen una
sociedad civil de la cultura en la que el individualismo
económico se refuerza con la propiedad privada de los
sentimientos estéticos y, por supuesto, con el acaparamiento
de la tradición humanista en cuanto fuente de legitimidad.
Una situación que el triunfo y fracaso (pues la intervención
napoleónica supone un pacto con los poderes del pasado:
la gran propiedad, la iglesia) de la Revolución Francesa
confirma y acrecienta.
La edición moderna: al Cesar lo
que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios
Con el triunfo
de la burguesía se produce una situación paradójica:
en su larga lucha contra los absolutismos y los poderes
de la iglesia, había acotado como hemos visto un territorio
estético cultural en el que la política y las ideologías
tenían deslegitimada su intervención por lo que, una
vez que la ideología burguesa directamente relacionada
con el liberalismo económico logra la hegemónica, se
halla deslegitimada para intervenir con su lenguaje
económico en ese campo. Se inicia así una situación
de esquizofrenia que durante mucho tiempo se resuelve
procediendo a una doble acotación de los terrenos: uno
ligado a las culturas/no culturas del entretenimiento
y otro, relacionado con la cultura como tabú sacralizado:
bellas artes, cultura de élites. En el primer terreno
emerge una potente industria cultural: folletines, novelas
populares, subgéneros, narraciones extraordinarias,
literaturas familiares, que no oculta la regla de su
juego: el beneficio económico y el precio como lugar
de encuentro entre el producto y el consumidor. En el
segundo, una cultura que se produce, circula y consume
en sociedad con actividades económicas que "no
se mueven con estricto afán de lucro": conciertos,
óperas, edición de alta literatura, universidades, exposiciones,
etc. Al Cesar lo que es del Cesar (los beneficios) y
a Dios lo que es de Dios (la emoción estética), aceptando
así la dualidad cristiana: alma y cuerpo, dinero y Arte.
Es esta convivencia esquizofrénica la que crea los problemas
detectados por Bourdieu en relación con las luchas
en el campo literario: lo sagrado contra lo profano,
el Arte contra el comercio, el arte puro contra el arte
mercenario.
En este
contexto nace la edición moderna. Por un lado un sistema
editorial encauzado hacia el beneficio que trabaja con
subproductos populares y que se va integrando gradualmente
en lo que el paso del tiempo va a configurar como industria
del ocio y entretenimiento y por otro, un sistema editorial
que busca sus beneficios "honestos" en un
terreno de minorías nada inmensas pero con una capacidad
inmensa para producir valores e imaginarios colectivos
en los que el slogan humanista "ser mejores"
se funde con la propuesta del individualismo: "sentirse
mejores".
Paso también
de modo apresurado sobre lo que el movimiento socialista,
la revolución de Octubre y las vanguardias artísticas
supusieron para la legitimidad de este paradigma (en
realidad una disputa sobre el concepto de ser mejores
, es decir, sobre la definición del bien público) y
de un salto, espero que admisible, me sitúo en el presente:
¿Que está pasando?
El desarrollo
propio del capitalismo y por tanto la expansión creciente
de una lógica de mercado en la que los valores vienen
determinados por el juego de oferta y demanda, ha producido
una laicización sino de las almas (que para eso son
almas) sí de las conductas. Como ya advirtiera Marx
el propio desarrollo del capital se ha llevado por delante
múltiples altares y verdades inamovibles. La sociedades
desarrolladas actuales se muestran cada vez más materialistas
(sólo creen en lo que tienen) aunque cada vez tienen
más fe en el sistema que facilita el consumo. El crecimiento
económico ha dado lugar a una sociedad en la que el
consumo aparece casi como único mediador entre la vida
y el sentido de la vida. Este crecimiento ha puesto
en peligro - en realidad lo ha roto- el pacto implícito
de no agresión que había venido construyéndose, tal
y como hemos entrevisto, entre el capital y la cultura.
Ruptura unilateral por parte del capital puesto que
la cultura ha mantenido sus serviles compromisos fundamentales
con aquel: legitimación del sistema, producción de un
sentido de la existencia compatible con el sistema y
basado en la visión humanista de los individuos en tanto
propietarios de su propio destino, creación de zonas
de trascendencia (el Arte, la excelencia), producción
de ideologías y argumentos contra las ideologías y argumentos
que pusieron en cuestión su legitimidad y obsequio
de la legitimidad añadida que supone que la cultura
se haya presentado como "correctora crítica de
los excesos" que pudiera generar el sistema. A
cambio el sistema parecía haberle garantizado "consideración",
donarle "capital simbólico", crédito y credibilidad,
y emolumentos. Y de momento parece estarle retirando
todas esas compensaciones menos una: los emolumentos.¿Por
qué esta ruptura que tantas lamentaciones ha puesto
en marcha?
Creo que no
es ajena a la contestación de esa pregunta la desaparición
de la escena histórica (caída del muro) de la alternativa
socialista entendiendo por tal aquella que cuestiona
la raíz del sistema: la propiedad de los medios de producción.
Sin enemigo a la vista, el sistema se siente lo suficientemente
fuerte para no necesitar más legitimidad que la que
el mismo genera y vertebra. Al tiempo, su propia lógica
de expansión le lleva a uniformar todos los mercados
posibles, a saltar todas las aduanas y a imponer a los
estados las regulaciones que beneficien a su lógica
dominante: todo es susceptible de comercio, todo es
para ser comercio. Desde esta perspectiva el asalto
a los reductos de la cultura no es ni lamentable ni
condenable: es inevitable. La industria cultural invade
el campo de la cultura que se había hecho la illuso
de estar viviendo otra vida, y, de la integración resultante,
se desprende un nuevo sistema de actividades: la industria
del entretenimiento y el ocio. Esa nueva ubicación en
el que la edición habrá de encontrar su razón de ser
( de ser rentable me refiero pues fuera de la rentabilidad
no habrá existencia posible). Una invasión que no se
ha producido de golpe sino a través de un lento proceso
de abordaje en el que cine por cuanto que participó
desde sus inicios de la doble condición de ser industria
del espectáculo y de ser cultura (el séptimo Arte),
ha desempeñado un papel de puente y enlace de singular
relevancia.
Edición literaria en España: diagnóstico
y profecías
La situación
de la edición literaria o cultural en España no es diferente
en sus grandes líneas a la edición en los países de
su contexto cultural y económico, si bien guarda características
propias provenientes de su propia historia y condicionantes.
Sin una revolución burguesa por el medio, puede decirse
que la edición española en general ha vivido, como el
país, una situación inestable. Que ninguna de las principales
casas editoriales de hoy se remonten más allá de un
siglo y que la mayoría no alcance el medio siglo de
existencia, es buena prueba de ello. Todo un siglo XIX
atravesado por luchas entre legitimidades políticas
y con el peso enorme de la mirada religiosa, en poco
contribuyó a la creación de un esfera cultural capaz
de crear un tejido editorial fuerte y autónomo. Un siglo
XX que vive un momento de expectativa cultural previo
a la II República que parece confirmarse con su proclamación,
para desaparecer brutalmente aniquilado por la guerra
civil. Durante la larga noche del franquismo el mundo
editorial acabará por desdoblarse en dos líneas culturales
y editoriales: una conservadora culturalmente y de
clara vocación comercial (Planeta, Destino, Espasa Calpe,
Plaza&Janés) y otra ligada en mayor o menor grado
a la "la cultura”: Seix Barral, Alfaguara, Alianza
Editorial o Ciencia Nueva, Anagrama, Tusquets. Dos mundos
que durante años apenas se tocan aun cuando el catálogo
de editoriales como Destino acabe por surtir de autores
al otro bloque de editoriales. Con la normalización
democrática el mapa editorial se reorienta hacia una
situación semejante a la de su entorno cultural: progresiva
invasión de la lógica del mercado -sirva como ejemplo
la entrada de Planeta en el espacio literario reservado
a la cultura no comercial -, entrada de las multinacionales
extranjeras, creación de conglomerados empresariales
relacionados con el mundo de la comunicación, absorción
de la cultura lectora por las culturas del entretenimiento,
las ventas como nueva y casi única legitimación literaria,
tiranía de las listas de libros más vendidos, escaso
mercado en relación con la alta capacidad productiva,
dificultades constantes para la consolidación de un
mercado editorial en lengua castellana a uno y otro
lado del Atlántico.
Es en este
contexto donde surge la queja y la alarma cultural por
parte de algunos sectores del campo cultural (incluidas
algunas editoriales) que parecen temer que "las
masas democráticas" pisen y estropeen los jardines
de Versalles que la "cultura" ha venido preservando
desde al menos la Revolución Francesa. Alarma que consciente
o inconscientemente parece sintonizar con la contestación
antiglobalización que pretende, una vez más, buscar
la cuadratura del círculo: vender la carne sin que te
quiten la sangre, acabar con el capitalismo salvaje
sin acabar con el capitalismo, reproducir capital pero
condenando los efectos y consecuencias "perversas"
para el mundo editorial de la lógica interna de ese
capital. Una pretensión que en la práctica nadie llega
a creerse: practicas que pasan por la integración en
las redes de distribución de los grandes grupos, por
políticas de fomento del sistema de Premios como reclamo
comercial, por fuertes inversiones en publicidad directa,
por apuestas literarias basadas en los éxitos comerciales
ya contrastados en el exterior o por el abandono de
autores no rentables. Las llamadas editoriales independientes
no dejan de ser en realidad empresas de capital familiar
o personal que basan su estrategia comercial en la apariencia
de una señas de identidad cultural ficticias buscando
rentabilizar el plusvalor, crédito o "capital simbólico"
que todavía hoy la cultura humanista conlleva.
Presentar ese
modelo editorial como una alternativa o una opción posible
resulta algo ingenuo. Cierto que la relativamente modesta
inversión que una editorial requiere permite y seguirá
permitiendo que al actual tejido editorial español se
sumen nuevas editoriales de tamaño pequeño o mediano.
El propio sistema reclama y necesita instancias donde
el mercado editorial como conjunto explore líneas y
horizontes nuevos. Pero que nadie se engañe: sólo se
puede sobrevivir ateniéndose a la lógica del capital
y aquel que quiera jugar a socialdemócrata y crea que
hay un capitalismo bueno y un capitalismo malo, corre
el mismo riego de aquel indio que creía ser el último
rebelde cuando en realidad trabajaba de explorador aventajado
por el grueso del Séptimo de Caballería.
La alternativa
real al sistema editorial dominante no goza hoy de condiciones
para su existencia. Sus posibilidades supondrían la
existencia de un amplio tejido social y político opuesto
al sistema de producción capitalista. Algo que hoy no
sólo parece imposible sino que también han logrado presentar
como no deseable. La hegemonía de los aparatos culturales
al servicio del sistema -entre ellos el sistema editorial-han
logrado presentar como inverosímil tal alternativa.
Las únicas posibilidades de trabajo en esa línea parecen
residir, paradójicamente, en el acoso a ese imaginario
dominante utilizando y profundizando las contradicciones
que el capitalismo avanzado va dejando a su paso.
Mientras
tanto el horizonte de la edición seguirá destruyendo
los restos de la formaciones culturales que encuentre
en su camino por mucho que las élites humanistas lamenten
la desaparición de la Alta Cultura y el triunfo de los
grandes almacenes con sus tres tallas únicas. Ni siquiera
el pret-a-porter editorial tiene un futuro muy
esperanzador. Con el monopolio de la producción de necesidades
que detentan, con el inmenso sistema de desinformación
que utilizan, con el colaboracionismo general que encuentran,
con la necesidad de incrementar la rentabilidad a las
que la competencia les obliga y con la impunidad con
que explotan y reestructuran las empresas las actuales
empresas del capital, el futuro de la industria editorial
está más cerca de las actuales industrias cinematográfica
y discográfica que de aquel idílico editor que leía
todo lo que publicaba, seleccionaba según su criterio
personal, y dejaba en manos de la distribución y del
público a quien tanto amo su destino empresarial, siempre
en milagrosa búsqueda de ese éxito que le salvara el
ejercicio presupuestario.
Lo previsible
es un futuro que hoy puede parecer de Ciencia-Ficción:
los directores literarios serán jefes de compras de
manuscritos que dedicarán su jornada de trabajo a recibir
a la larga cola de agentes literarios que habrán seleccionado
con los menores costes posibles los manuscritos a ofertar.
Las propuestas de edición serán sopesadas a golpes de
escandallos: previsión de tiradas, Pvp presumible, gastos
de explotación, gastos de promoción y publicidad, márgenes
de contribución. La incertidumbre propia de la edición
será reducida con encuestas de intención. La mayoría
de los títulos serán encargados con menú a la carta.
La creación de textos de ficción será un trabajo colectivo:
experto en tramas más experto en diálogos más experto
en adjetivos más experto en finales más experto en inicios.
Los grandes grupos crearán sus propias y exclusivas
cadenas de librerías y difundirán sus productos a través
de sus propios medios de comunicación. Y sin embargo
el Arte prevalecerá: el arte de vender.
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