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A propósito del Teatro escogido
de Abelardo Estorino
Vivian Martínez Tabares
Fotos: Andrés Barca
De
la disección de una familia provinciana, marcada por
agudas tensiones generacionales y sexistas, y en medio
de un contexto abocado a sacudir sus simientes, a la
absoluta crisis familiar, vista a través de la mirada
de una anciana sola, que ha hecho de la memoria su reducto
más preciado, la dramaturgia de Abelardo Estorino traza
un arco de imponente solidez, a partir de su afán pertinaz
de encontrar la verdad detrás de cada acto de vida,
las "motivaciones más profundas" que sostienen
cada proceso de cambio, porque para él la vida es transformación,
movimiento de ideas y reajuste de posiciones, crecimiento
y evolución perpetuos. Y el teatro, exploración imaginal,
síntesis de comportamientos y conceptos humanos extraídos
de la realidad, y vertebrados en una abstracción ficcional
que los penetra y cuestiona sus circunstancias y sus
razones esenciales.
Por eso los
presupuestos estructurales de sus obras se reafirman
y estallan en un procedimiento de incansable inconformidad
y permanente búsqueda de una expresión moderna, que
se articule con autenticidad y coherencia dialéctica
al ritmo palpitante de las contradicciones que está
refractando en cada una de sus aproximaciones a la saga
humana, al mundo que construimos con nuestro accionar
cotidiano.
A través de
siete obras fundamentales de Estorino, Teatro escogido
ofrece una posibilidad nueva de relectura para quienes
hemos seguido de cerca su quehacer, concentrada en lo
que el prologuista, Reinaldo Montero, ha seguido como
una singular exploración en los círculos infernales
que a su juicio acusa, desde la voluntad expresa de
dinamitarlos; y para quienes puedan conocerle a través
de esta edición, una oportunidad de descubrir los pasos
de una dramaturgia de singular consecuencia ética y
estética, que yo prefiero leer como trayectoria sinuosa
y abierta de progresivo descubrimiento del mundo y de
la naturaleza humana, porque –a pesar de que el autor
confiesa que escribe a solas y encerrado-- no puedo
entender al teatro de Estorino en modo alguno como encierro,
sino como un proceso de conocimiento y autorreconocimiento
enfocado hacia las tensiones que comporta la relación
de los hombres y las mujeres con su medio, sea familiar,
sea la sociedad toda, sean las angustias de un artista
que, con especial sensibilidad, revela y rechaza los
efectos reductores del poder y la autoridad.
Estorino
construye tramas y caracteres que avanzan hacia el develamiento
feraz de la naturaleza de cada choque humano, un camino
que no teme en absoluto volver sobre sus pasos para
rectificar el rumbo o hacer explotar el camino andado,
una mirada que sabe, a la vez, aprovechar la experiencia
y el tiempo vividos, y relativizar las certidumbres
para arriesgarse a encontrar lo nuevo, lo que está más
allá de lo aparencial, e inclusive, de engañosas evidencias.
En una ocasión
en que le pedí a Estorino revisar treinta años después
una respuesta suya de los años 60, en la que calificaba
como su mayor virtud y su mayor defecto de entonces
el provincianismo, me respondió que su mérito mayor
había sido lograr superar el provincianismo. Y estaremos
de acuerdo en que trascenderlo, a más que una virtud,
ha sido hurgar en lo hondo de las conductas y los valores
que ellas comportan, reposicionarlos de modo que más
que para recrear un medio específico, sirvan para examinar
signos del presente, para ubicarse, sin perder el sabor
ni la sensibilidad de una época concreta ni de un espacio
inequívocamente cubano, en el aquí y ahora del lector
o el espectador, esa perspectiva imprescindible para
un teatro vivo.
Así, los encontronazos
entre Diego y Esteban en torno al sentido de la ética
siguen resonando igual de estremecedores en las circunstancias
de ahora mismo, aunque ya las muchachas de comportamiento
sexual desprejuiciado no tengan que padecer el juicio
segregatorio de los pequeños poderes dogmáticos; como
las razones del compromiso del poeta Milanés con su
tierra, magistral lectura de la implicación del intelectual
que se enriquece y complejiza en las condiciones del
debate actual, se reafirma en tanto las ideas asumen
un rol cada vez más activo en la discusión de los principales
problemas del ser humano en la tierra.
Y si este autor
ha sabido escuchar el lenguaje coloquial y rescribirlo
con una sintaxis que exprime del original su aliento
más genuino pero destierra cualquier asomo de copia
fotográfica, frases hechas o referentes chatos de alcance
circunstancial, también ha hecho de la evocación un
recurso creativo de subyugante riqueza y efectiva teatralidad,
consciente siempre de que la elocuencia del verbo y
el vuelo de la metáfora se han pensado para encontrar
una materialidad de la imagen visual y el sonido, y
en la carne y la corporeidad del actor y la escena.
El lector de estas siete obras podrá disfrutar de un
discurso que alcanza resonancias de la mejor literatura,
pero a la vez se hará una composición, en el espacio
y en el tiempo, de la vida que transcurre ante sus ojos,
y añorará el momento de probar su propuesta ideal con
una realización tangible, que la confronte y le plantee
nuevas interrogantes.
Rotundo hombre
de teatro, escribe, como él mismo ha confesado, para
producir un impacto en el escenario, y cada vez se pregunta
cómo hacerlo vida para los actores y espectadores, cómo
encontrar la forma adecuada para las ideas que nunca
le faltan, imaginar cómo se verán en el escenario, por
dónde comenzar, cómo desarrollarlas, para poder escribir
las primeras palabras en la página en blanco. Y ha hecho
del teatro mismo un tema fundamental que instaura la
metáfora, la parábola y que activa la lectura distanciada.
El artista
enloquecido del horror y el dolor que le rodean; el
hombre sencillo que necesita saber por qué un joven
simpático que parecía concentrar la felicidad, se ha
suicidado; la actriz frustrada por circunstancias hostiles
que le impiden ver su propia ineptitud; la madre que
se ha quedado sola, en una vieja casa llena de recuerdos,
ansiosa por rencontrarse con sus hijos, conforman parte
de esa multitud de seres que Estorino tiene dentro y
que ha convocado y afortunadamente sigue convocando
para que podamos mirarnos mejor a nosotros mismos y
para intentar, con la honestidad y la fuerza de su arte,
enseñarnos a disfrutar y a transformar la vida.
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