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Aprender a escapar de Francisco
Por Yasmín S. Portales Machado
Las novelas
de aprendizaje son casi imprescindibles en la historia
de los narradores. Al inicio o el final de las carreras
surgen, como salidas de lo más profundo del alma, esos
ajustes de cuentas con el pasado, que se disfrazan de
historias que, casualmente, evocan a los personajes,
lugares o épocas en que los autores crecieron.
El
Francisco era un pueblo de Las Tunas –ahora se llama
Amancio– pero en la memoria de un camagüeyano, cuya
familia dejó atrás el Francisco hace tres generaciones,
ese pueblo aún vive de alguna manera. Vivir en
el Francisco, de Milton Sánchez, no debe ser
entendida por ello como una novela autobiográfica –no
tengo certeza de que el autor halla pasado demasiado
tiempo allí–, sino como una búsqueda en la memoria familiar
que le permite el ejercicio de una fresca –por momentos
abigarrada– crónica pueblerina.
Los personajes
de Francisco, nucleados alrededor de las familias de
Juana Espinosa y Lucrecia y Digna del Monte, giran en
el torbellino de las altas y bajas políticas y económicas
de la Cuba republicana como a ciegas. La lejanía que
mantiene el pueblo respecto a los sucesos de la capital,
del país, permite a Milton transformar los hechos en
rumores y los cambios se tornan algo aparencial, que
no modifican la esencia estática de las condiciones
de sus habitantes.
Los personajes
tienen un cierto aire de sainete tradicional, pero eso
es solo al principio, poco a poco alcanzan densidad
gracias a las certeras descripciones. Así nos llegan
datos sobre los móviles y estrategias de seducción o
sobrevivencia. Acaso se pueda reprochar al narrador
–omnisciente, irónico a menudo– que administre con tanta
lentitud los elementos que nos permitirían comprender
a estos personajes desde el inicio de la historia. Pero
ese recurso tiene su lado bueno: usted no sabrá cuál
va a ser la reacción de cada uno de ellos en la siguiente
página. De este modo las peripecias y transformaciones
internas de las criaturas de Francisco están en constante
redefinición aparencial.
No digo aparencial
por gusto, Milton nunca deja de advertir la más íntima
naturaleza de estos “sobrevivientes”. Puede que logren
ascender en la escala social y económica del poblado,
pero seguirán siendo lo que fueron: personas con caracteres
diversos y similares en dos elementos, invariabilidad
interna y persistencia en los objetivos. Los caminos
para trepar serán diversos, como diverso es el retablo
de corrupción y deterioro que ofrece esta pequeña república
mediatizada, tan olvidada de los otros que a veces parece
funcionar por sí misma.
No es extraño
entonces que el relato termine con el fin de año de
1958. Las hijas y nietas de Juana Espinosa, después
gastar el dinero de sus maridos, huyen hacia otra realidad.
Dejan tras sí los objetos y los hombres: elementos imprescindibles
para el ascenso de las féminas en esa sociedad. Que
tres mujeres hechas para el matrimonio digan “Adiós
Francisco” desde la ventanilla de un auto, justo en
la madrugada del primero de enero de 1959, le abren
la puerta al primer cambio verdadero. Buena suerte a
ellas y a Milton. Nos volveremos a ver, espero que lejos
de Francisco.
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