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La eterna alevosía de Pérez Chang
Por Osmany Oduardo Guerra
Foto: Andrés Barca
¿Son,
acaso, historias suaves esas que nos propone Ernesto
Pérez Chang en su último libro presentado hoy por la
editorial Letras Cubanas en la Sala “Alejo Carpentier”?
¿Historias leves? No lo creo. Ernesto Pérez Chang de
alguna manera nos sedujo con ese título en el que recoge
nueve textos estridentes desde su capacidad para el
asombro.
Cada cuento
de Historias de Seda posee, al decir de
su presentadora Marilyn Bobes, una leve estridencia,
un estilo dúctil, una loable imaginación con la que
el autor da fe de amplios registros discursivos en una
polifonía de voces intemporales que al final nos entrega
un conjunto de cuentos delirantes. No puede haber cuentos
leves en este libro, ni siquiera de una “leve estridencia”,
si acaso textos que aparentan serlo a partir de una
reflexión que Ernesto nos plantea con toda intención.
Para él, todo lector puede sacar de sus textos perspectivas
serias o jocosas, “todo puede ser literaturizado”, sin
embargo, lo que pretende en realidad, a juzgar por sus
palabras, es que quien se asome a las páginas de este
hermoso libro reflexione, sólo eso.
El narrador
y poeta Ernesto Pérez Chang, habanero nacido en 1971,
no es un advenedizo. En 1998 obtuvo la Beca de Creación
“Onelio Jorge Cardoso” de La Gaceta de Cuba,
en 1999 el David con Últimas fotos de mamá desnuda
y en el año 2002 nos sorprendió a todos cuando se adjudicó
el Premio Iberoamericano “Julio Cortázar” con el cuento
“Los fantasmas de Sade”, incluido en este volumen, razón
otra por la cual me niego a asumir cualquier levedad
posible. Detrás de estos premios y de esa timidez se
escuda Chang, orfebre de la palabra que quiere engañarnos
desde el principio. A mí la palabra seda, en un raptus
mental y verbal y hasta lingüístico, puede confundírseme
con Sade.
¿A
quién quiere engañar Pérez Chang con ese título y esas
modestas, tímidas palabras pronunciadas hoy en la presentación
de Historias...? A mí no, me digo, porque
la seda, tejido de origen chino (aquí es donde descubro
que la seda puede ser un referente intencional si me
atengo a su segundo apellido sin siquiera pensar en
el célebre marqués) es símbolo de exquisitez, una tela
suave y ligera; pero lo que no sabe Ernesto Pérez Chang
es que en mi pueblo los criminales la usan para envolver
la navaja y cortar a los inocentes sin que estos se
percaten de la herida hasta que alguien vea la sangre
derramándose, la tela manchada. Ernesto es el peor de
los asesinos, porque aún en el estrado, acusado aleve,
se justifica y dice que sólo quiere que nosotros, los
inocentes, reflexionemos. Y lo dice así de fácil, como
si uno fuera un tonto.
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Con tinta de ayer, Carilda
Oliver Labra.
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Fiebre de caballo,
Leonardo Padura.
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El harén de Oviedo,
Marta Rojas.
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La última noche
que pasé contigo, Mayra Montero.
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Foto de familia, Luis
Cabrera.
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Juzgar a primera vista,
Luis Amado Blanco.
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De la narratividad al abstraccionismo
en la danza, Ramiro Guerra.
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Vida de Ismaelillo, Paula María Luzón.
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