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El otro concilio de Mario Martínez
Sobrino
Por Mercedes Melo Pereira
Foto: Andrés Barca
El
Premio “Nicolás Guillen” 2004 fue otorgado al poeta
Mario Martínez Sobrino. La ceremonia de entrega del
premio se celebró en la Sala “Nicolás Guillén” en la
tarde de hoy, miércoles 11 de febrero. En el acto estuvieron
presentes, junto al poeta premiado y los miembros del
jurado, el Ministro de Cultura, Abel Prieto y el Presidente
del Instituto Cubano del Libro, Iroel Sánchez.
Edel Morales,
vicepresidente del ICL, anunció que el día 4 de febrero
del presente año, en la sede de la Unión de Escritores
y Artistas, el jurado del Premio “Nicolás Guillén”,
integrado por Francisco de Oraá, Guillermo Rodríguez
Rivera y Teresa Melo, otorgó el premio, por mayoría
de votos, al libro Figuras del torrente
de Mario Martínez Sobrino.
En sus palabras
de elogio, Guillermo Rodríguez Rivera explicó que, en
la convocatoria correspondiente a este año, el jurado
se había enfrentado a una buena cantidad de libros de
excelente calidad, entre ellos, seis o siete que discutían
dignamente el premio. Había que escoger uno, el mejor,
y el jurado finalmente se decidió por este libro donde
su autor, miembro de la generación del cincuenta, alcanza
un momento cimero de su línea creativa.
Es un libro,
dijo el poeta Rodríguez Rivera, de profundidad y trascendencia,
hondamente enraizado en lo cubano, que dialoga intertextualmente
con Guillén: cubanía, trascendencia, perfección de la
composición, tales las virtudes capitales que ganaron
para este libro el Premio “Nicolás Guillén”.
Después
de las palabras de elogio, el Ministro de Cultura hizo
entrega del premio al autor, quien, luego de sus palabras
de agradecimiento, leyó textos que permitieron al público
realizar un súbito recorrido desde “Ella que tocaba
a sus hijos con el violín de Ingress”, de su primer
libro de 1968, hasta poemas muy recientes, posteriores
incluso a Figuras del torrente. Ente ellos,
dos evocaciones de Lawton, barrio donde el poeta pasó,
según su propia confesión, una parte importante de su
vida. Los versos de “El concilio de Buenaventura” convocaron,
en medio de la solemnidad de la sala de premiación,
a las no menos solemnes figuras que, en alguna esquina
de la calle de Buenaventura ―cuyas aguas transcurren
paralelamente a la Calzada de Jesús del Monte que Eliseo
cantara en su día―, conciertan un intrincado concilio
teológico. Los que hemos dejado nuestra infancia en
esas calles podemos conocer de primera mano, no la trascendencia,
sino la inmanencia, la profunda verdad del discurso
filosófico que esas sagradas esquinas consienten y que
Martínez Sobrino atrapa en el poema. Sabemos reconocer
también aquellas figuras imposibles pero ciertas, que
se alejan hacia otro espacio quizás más trascendente
pero no más real, con unos versos finales que apenas
pude entreoír en la frialdad de la sala culta, pero
que resuenan aún en mis oídos, entremezcladas con los
cósmicos fragores que mi memoria guarda también de las
calles de un barrio tranquilo, al sur de la ciudad:
“…allí van los inmortales de Lawton, /en su carro de
noche/por el mundo entero/y el infinito…”
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Con tinta de ayer, Carilda
Oliver Labra.
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Fiebre de caballo,
Leonardo Padura.
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El harén de Oviedo,
Marta Rojas.
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La última noche
que pasé contigo, Mayra Montero.
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Foto de familia, Luis
Cabrera.
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Juzgar a primera vista,
Luis Amado Blanco.
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De la narratividad al abstraccionismo
en la danza, Ramiro Guerra.
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Vida de Ismaelillo, Paula María Luzón.
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