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La voz acusadora de Andrés Sorel
Por Osmany Oduardo Guerra
Fotos: Andrés Barca
Lo
había visto merodeando por la Feria y me pregunté: ¿quién
es ese hombrecillo barbado, de cabellos encanecidos,
que parece un escritor? Lo había visto y nadie podía
responder esas interrogantes porque mi cerebro es un
lugar vedado a los intrusos y las preguntas yacían tímidas
allí dentro. De pronto, hoy llego y me dicen que tengo
que asistir a la presentación del libro de un tal Andrés
Sorel, presidente de la Asociación de Escritores de
España. Sorel, repito en silencio porque ese apellido
me recuerda al Julien Sorel de Las ilusiones perdidas,
manual del perfecto hipócrita, de Honoré de Balzac.
Como esa novela me recuerda las lecturas de mis años
mozos, aunque a decir verdad no soy tan viejo, accedo
a ser parte del público de la presentación de Las
voces del estrecho en la Comandancia del Che.
Editada en
el 2001 por la Editorial Arte y Literatura, la novela
del hombrecillo barbado y blanco en canas que responde
al nombre de Andrés Sorel, fue presentada por Enrique
Cirules (mención en testimonio del Premio Casa de las
Américas con Hemingway en la Cayería de Romano
en 1999). Andrés Sorel, autor de Babilonia y la
puerta del cielo, es uno de los escritores más
importantes de la literatura española contemporánea
que, aparte de su labor frente a la asociación de escritores
españoles, dirige la revista República de las Letras.
La terrible
realidad que nos narra Las voces del estrecho
tiene su génesis en los viajes que Sorel y su esposa
hicieron a una pequeña aldea en Cádiz adonde fueron
a pasar vacaciones y donde presenciaron esa tragedia
humana que es la emigración. Ver cómo aparecían todos
los días en la costa del Estrecho de Gibraltar embarcaciones
náufragas destruidas, “cadáveres escupidos por el mar”,
entre ellos una mujer embarazada, cuerpos que hasta
hoy suman más de 10 000 cuerpos, un genocidio que el
pueblo español ha callado por años. Muertes anónimas
son estas que Sorel pone al descubierto en su novela,
cuerpos que desembocan en esas costas y que provienen
de Marruecos, Túnez, atraídos por la soñada y anhelada
Tierra Prometida.
Pero
no se puede hacer una novela sin el oficio de Sorel.
En Las voces… subyace un tejido narrativo
perfecto que se aviene con los requerimientos de la
novela contemporánea que se ha inclinado más hacia el
texto clásico. Esta es una novela de imaginerías y leyendas,
en ella hay textos dramáticos, reveladores. Ismael y
Abraham, sus personajes, nunca llegan al paraíso y quedan
atrapados, como tantos, en las aguas del estrecho. La
fuerza de la novela radica en la magia con la que el
autor nos entrega estas historias que tienen la capacidad
de sacudir y angustiar. Con ella Sorel quiso hacer audibles
las voces que claman en el estrecho con un hilo narrativo
en tono bíblico y testimonial, de materia terriblemente
real, sin dar espacio para el respiro, abriéndose a
la impotencia. La prosa se desliza cargada de poesía,
torrentosa, pasando de un estilo a otro.
Sorel es un
escritor que conoce su oficio. Traducido a varios idiomas,
exiliado en París por sus ideas izquierdistas durante
la dictadura de Franco, Sorel, con Las voces del
estrecho, nos entrega una novela terrible. Con
ella hace un homenaje a esas personas a las que, en
su odisea, les han arrebatado hasta sus nombres; quiere
rescatar sus voces, herir la sensibilidad del pueblo
español. Para él, la literatura tiene la obligación
de trabajar la palabra, por eso su prosa es poética,
sin embargo, la realidad es mucho más dura, más cruel.
“La literatura es un compromiso ético y literario pero
también un compromiso humano”, ha dicho Andrés Sorel,
y también ha dicho que está con los condenados, que
para ellos y por ellos escribe.
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