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Palabras del autor durante la presentación
de Heresiarcas y pontífices
Foto: Rogelio M. Diaz Moreno
Heresiarcas
y pontífices, el libro que acaba de presentar Reynaldo
González, quien antier dio a conocer, aquí mismo, su
liberal, noble, rumbosa e inteligente Espiral de
interrogantes, es una compilación de mis trabajos
sobre la narrativa cubana en la década del sesenta,
aparecidos originalmente en la columna que semanalmente
alimento en Cubaliteraria y que, por cierto, me ha permitido
recorrer y examinar un buen trecho de historia fabular
—el proceso del cuento y la novela cubanos— durante
muchos años.
Libro en marcha,
work in progress, actualmente sigo escribiéndolo:
ahora mismo ya existen al menos dos textos más que no
aparecen aquí y que se encuentran listos para incorporarse
al conjunto. Faltarían, en rigor, unos ocho o nueve.
Para que este experimento hubiera sido perfecto, me
habría gustado leer y escribir en orden cronológico.
Pero al tratarse de libros publicados hace al menos
treinta años, el contacto con esas primeras ediciones
se realizó no como quise sino como pude.
Como dijo Reynaldo
González antier, los sesenta en Cuba fueron, al menos
en lo tocante al cuento y la novela, una década prodigiosa,
con ribetes dorados que se difuminaron hasta perderse
a los pocos años en una oscuridad de la que todavía
se conoce muy poco. Mi intención ha sido la de apartar
las convenciones críticas, las ideas preconcebidas,
las opiniones que se repiten (sin verificarse) una y
otra vez, todo lo cual conforma una especie de maleza
vaga y harto cómoda. Por eso me di a leer, a releer
y a decir cómo fueron esos libros, qué aportaron, qué
tienen que decir hoy y por qué es necesario regresar
a ellos si se pretende entender qué sucedió en la narrativa
cubana de aquellos años. Ese es el sentido básico de
Heresiarcas y pontífices.
En un segmento
transitivo tan singular, echar mano del dualismo que
propone el título es igual que establecer otra convención:
por un lado, los herejes, las expresiones que se apartaron
de ciertas normas y ciertas preceptivas; por el otro,
los que pontificaron en torno a esas normas y crearon
sin embargo, gracias a ellas o a pesar de ellas, un
mundo legítimo por medio de relatos bien conseguidos.
En cualquier caso se trata pues, en términos de facturación
artística, de libros con determinada autoridad (algunos
llegan a la excelencia de las obras maestras, mientras
que otros figuran en el campo del matiz, o en el territorio
de la segunda fila), y creo que mi propósito se habrá
logrado si, al final, ellos alcanzan a dialogar entre
sí, cuando produzcan un conjunto de interpelaciones
capaces de evitar el lavado con almidón y la plancha
caliente que precede a la sombra interior de los escaparates.
Muchas gracias
a Reynaldo González por su generosidad y su aliento.
Muchas gracias a Tupac Pinilla por la lógica rigurosa
de sus preguntas y por las sugerencias que me hizo durante
el proceso de edición. Muchas gracias a Cubaliteraria,
que me permite registrar día a día en el cuerpo patrimonial
(o que lo será algún día) de la narrativa cubana contemporánea.
En La
Habana fortificada
por los muros y los libros,
a 13 de febrero de 2004.
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La
democracia en México, Pablo
González Casanova.
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Chinolope. La mirada fluida,
Lázara Castellanos.
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Heresiarcas y pontífices,
Alberto Garrandés.
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Juez y parte I (Meditraiciones),
Jesús David Curbelo.
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