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Yo también rayé los muros en el
parque
Por Abel González Melo
He
vuelto al parque.
La muchedumbre
se aglomera alrededor del hombre casi muerto, del poeta
recién asesinado. Alcofrybas tendido, un agujero en
la espalda. Una Mujer grita, grita, grita y no cesa
de gritar hasta que una mendiga, como en aquel memorable
relato de Cosas que puedes decir con sólo mirarla,
la hace estremecerse, le devuelve la serenidad. Por
suerte no es Alcofrybas. La Mujer toca el cuello del
Roca, no quiere decir Rocamadour ahora, le parece un
nombre muy fino, muy elegante para una situación tan
sucia. El alborozo incipiente en el rostro de esa Mujer
que está perdida entre la multitud y siente la agitación,
el gesto cruel, el sopor de esta madrugada llena de
luna y de gente y de parque, es la certeza de haber
perdido apenas al fantasma que por un momento se inventó.
No al Hombre.
Rogelio Riverón
es un maldito melancólico.
Empecé a leer
Llena eres de gracia a finales de enero
y abandoné en dos ocasiones la lectura, mas no por pereza,
ni porque me aburriera la historia.
El primer
abandono se extendió por tres noches. Se extiende. Siento
el abandono. Nace de la extraña sensación que me causa
(diría que me daña un poco) el pasaje donde Alcofrybas
llega a la casa, se inquieta por no advertir la habitual
presencia de Mujer, la aguarda durante la noche hasta
la madrugada y al fin, al aproximarse el alba, se lanza
a buscarla por las calles de la ciudad. Leo en la oscuridad
y me inquieto doblemente. Cierro la ventana y pienso
en la apacible calma de un barrio de esta ciudad con
puerto. Yo me hubiera ido también, no sé, quizás no
me hubiera ido. Yo hubiera esperado sin buscar una semana,
un mes, un año. No sé. Quizás no hubiera esperado.
El nombre
aparece casi como por descuido del escritor y se instaura
serenamente en la textualidad. El Hombre empieza a ser
Alcofrybas con el sonido pomposo de las sílabas galopantes.
¿Es Alcofrybas o es el seudónimo de Rabelais, listo
para proteger el espíritu, la letra impresa, la escritura
de cualquier ingenuo nostálgico ante la dudosa complicidad
de una tertulia cienfueguera? No hay tertulia en la
que no se comente un poco mal de los demás, no se haga
referencia al poeta cursi que todos llevan dentro (aun
sin quererlo advertir), no se maldiga a los contertulios
de otros conventillos.
Riverón tiene
las de perder si penetra en ese mundo viciado y militante.
Alcofrybas tiene las de perder si se preocupa por cada
uno de los personajes que Mujer le presenta en el patio,
en la recámara, en la azotea, en el círculo. También
si se pone a meditar demasiado en la conga que viene
arrollando bien. Por eso hay que evadirse, llenar
el cuestionario, preguntarse quién es uno mismo y no
quiénes son los seres que deambulan, saber si es cierto
o falso o si no consigo responder que soy o no una humilde
maestra, Yamilé Tabío, Alberto el militar, el hijo de
Stalin, un admirador de Hitler o el que se saltó precisamente
esta página. Encontrarme, ubicarme yo en la mía persona
un minutico en la lectura, para entender en algo
el proceder, el signo. A ver si la inquietud nocturna
de Alcofrybas tiene que ver con el remordimiento, con
la duda que una vez sentiste, con el temor que antes
tuve, con el hecho de haber engañado inútilmente a Mujer
y ocultárselo, ser fiel de corazón pero infiel de cuerpo
y que eso Mujer, la otra mujer, aquella última mujer
de la cola no lo entienda y sólo lo asimile y defienda
uno, que sostiene por encima de todas las cosas la fidelidad
del espíritu. Y se da cuenta al final de que nada, ningún
fantasma que recorre el mundo, ningún espejismo tensado
sobre la brusca expectación o el encantamiento repentino,
es capaz de superar el placer de las pequeñas cosas
convocadas y sedimentadas con el tiempo.
Se iluminan
aquí los fragmentos de la memoria recompuesta en un
ámbito conocido. Por suerte la inteligencia de este
escritor no detalla el minucioso ordenamiento de la
realidad imposible. Riverón sabe que ese ejercicio es
estéril y enfoca las horas, las locaciones, las palabras
con la mágica imprecisión del mejor decurso. Quién sabe
en realidad lo que vino a contar Crosandra bajo el pretexto
del préstamo, o cuál era la real frase inscrita sobre
el muro que el delirio de Alcofrybas poeta se apresta
a confundir. Maravillosas confusiones que habitan esta
novela y le conceden sus fragmentos de gloria.
Pero el escritor
no se conforma con los signos sucedidos en la pericia
fabular. Fábula alternando, picando, concentrando. La
que para muchos será considerada mejor historia de este
libro (los suplicios y los goces de Eisenstein en una
tarde otoñal), en boca de esa rusa deliciosa que se
llama Svieta, o las viñetas incisas en la narración
como estampas estremecedoras de una estructura humana
en ruinas con sus costados ásperos y sus costados irónicos,
demuestran que Riverón sabe contar con brío y con soltura.
No es ese, de todas formas, el espíritu de este libro,
que ubica por encima de los relatos particulares, ordenados
como cuentos que hincan el tejido de dramaticidad, un
estado de etérea convalecencia, donde los personajes
no consiguen jamás estar felices del todo ante efluvios
del destino tan creíbles como desconcertantes.
Aquella Svieta
no sabe si llorar a Pasha o a su padre, no sé si el
padre de Svieta pudiera ser en otra instancia intuida
acaso el padre de Alcofrybas. Los mensajes cruzados
entre El Figura y Eucaris presagian la disolución lenta
y sofocante de los lazos que un día imaginamos eternos.
Mujer es pura indecisión ante la propuesta de ver Ojos
negros y ah, la piedad podrá colmarla entonces,
en esa parábola que ella superpone a las imágenes del
film de Nikita Mijalkov: piedad, pesar, indicio ofrecido
durante el comentario con Alcofrybas: Las escenas que
acabo de ver no son las que tú comentas.
Tampoco yo
creo haber seguido al pie de la letra las instrucciones
de Rogelio Riverón, y menos de haber leído exactamente
los paisajes que él creyó ver. Llena eres de gracia
es también la locura de unos cuantos días padeciendo
una angustia enorme. Y la leve alegría de llegar a contarla
con alguna frialdad, con alguna distancia.
Cuando abandoné
por segunda vez la lectura de este libro ya había alcanzado
sus últimos folios. La cantata se apoderaba de mí con
la furia leve del peligro urbano. Será el efecto de
esa rusofilia guardada aquí como en un pequeño cofre
de muñecas, bajo las cuales dormirán las fotos viejas
junto al malecón, orgullo de un amor pasado y difícil.
Escritas bajo
el rigor de la fibra verdadera, lo más notable de estas
páginas yace en su sinceridad.
He vuelto
al parque.
La música
del carrito del helado dispersa a la gente.
Pero el Hombre
sigue ahí.
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-
Poesía Completa,
Antonio Machado.
-
Poesía, Miguel
Hernández.
-
Cuentos trágicos
de animales, Jorge Timossi.
-
Las aves y otros cuentos,
Abel Prieto.
-
Las guerras del capital,
Heinz Dieterich.
-
CD Multimedia Cuba defendida,
Ediciones La Jiribilla.
-
Llena eres de gracia, Rogelio
Riverón.
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Fumando espero, Jorge
Ángel Pérez.
-
El fundidor de espadas,
Pedro Llanes.
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