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El espíritu martiano también
preside la Feria del Libro
Por Jaime Mejía Duque
En la cultura cubana actual,
Martí es el referente absoluto; el eje ético,
político y doctrinario desde el cual esta cultura
se reconoce a sí misma; el nervio de la identidad
cubana. En este sentido constituye un fenómeno
nacional difícilmente comparable.
Pues
bien: este espíritu martiano también preside
la Feria Internacional del Libro y los demás
eventos análogos que con regularidad se celebran
en toda Cuba. Se trata en realidad de la pasión
por la lectura y el saber como actividades fundamentalmente
humanas. Es aquel anhelo de totalidad que irradia de
modo paradigmático del Libro de Oro
y presta su tonalidad y su estilo a toda la obra martiana.
Esta poderosa vocación de humanidad, heredada
y acrecentada sin duda por la Revolución, ha
generado la avasalladora popularidad de la lectura en
Cuba. La eclosión ferial del libro se produce,
por supuesto, en las diversas provincias del país.
En esa fiesta de la cultura y de la unidad nacional
–de la que dan testimonio los visitantes extranjeros-,
los trabajadores de la literatura y las artes renuevan
además su contacto con esa niñez y esa
juventud que cada año acuden a los puestos de
exhibición y venta, a los espectáculos
y conferencias, conversatorios, exposiciones y conciertos.
Respecto de la población total de Cuba estas
masas de lectores, oyentes y público activo en
general, son enormes.
Todo ello es lo que en nuestras
latitudes tropicales ha logrado crear una Revolución
inspirada primordialmente por los postulados y el ejemplo
de Martí. Desde sus inicios, la Feria del libro
en Cuba sigue estando muy lejos de un simple episodio
cíclico de mercado cultural, puesto que es el
acontecimiento entusiasta de un estado y un pueblo que
marchan unidos en la construcción de la nueva
cultura. Es entonces cuando los intelectuales y artistas
de Cuba saben para quién trabajan. Ciertos voceros
de un periodismo prevenido, no menos que los próceres
de algún intelectualismo despistado, responderán
torciendo el gesto: “trabajan para el gobierno”,
por el hecho de que en efecto dentro del proyecto colectivista
es el estado quien asume la responsabilidad económica
respecto de la producción cultural en su conjunto.
A aquellos no se les ocurre preguntarse acerca de lo
que podría hacer cualquier gobierno con la cultura,
sin el pueblo que la sustenta y la disfruta. La verdad,
en Cuba, es que los trabajadores culturales piensan,
crean y publican y exhiben para los niños y sus
familias, para los jóvenes y los adultos, para
la ciudad y el campo, para el presente y el porvenir,
gracias a la diligencia y el compromiso de un estado
cuya doctrina y cuya razón de ser es la formación
integral del ciudadano. Por lo demás, no sabemos
si la propia humanidad, como contexto de época,
responderá a este llamado y a este ejemplo. Porque
la codicia y los antagonismos más feroces no
cesan de degradarlo todo. La cultura como factor de
dignidad y crecimiento prospera en Cuba. Su bandera
no la sostiene sólo un hombre, ni un grupo dirigente.
La enarbolan un estado y un pueblo; toda una sociedad
amenazada por fuerzas regresivas que todavía
pueden conducirnos al verdadero fin de la Historia,
que sería el aniquilamiento, el holocausto, el
Apocalipsis
El acontecer ferial del libro
en Cuba es, sin embargo, la afirmación de la
vida en y por la cultura. Y afirmación también,
sin duda, de la voluntad y el espíritu de una
Revolución que ha proclamado desde el principio,
y sostenido sin desfallecer, la validez y la supervivencia
de las ideas: que en esto también es Martí
el precursor. Asociar su nombre su obra, su magisterio,
con esta pasión nacional por la lectura y el
debate, es apenas obvio. Y lo es hasta el punto de que
quien escriba cada vez la crónica informativa
de la Feria no podrá pasar en silencio esa presencia.
Pues ella es por sí sola postulado y garantía,
esperanza y trabajo, identidad de una cultura en vigoroso
devenir.
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Los negocios del señor
Julio César, Bertolt Brecht. -
Un saludo a Fidel, Arturo
Limón. -
Cartas Celestes, Mildre
Hernández. -
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Pasajera la lluvia, Lourdes
Henández. -
Cuba, má allá
de los sueños, Silvia Martínez Puentes. -
Cementerio de elefantes,
Juan Siam. -
El niño y la luna,
Rafaela Chacón Nardi. -
A la sombra de un ala,
Ramón Feria. |
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