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Meridiana, la búsqueda de la verdad
Palabras de presentación por Manuel
García Verdecia, traductor del libro
Foto: Andrés Barca
Cuando
me plantearon el reto de traducir Meridian, lo
primero en que pensé fue en el nombre de la autora.
Me sobrecogió la magnitud de su prestigio. Luego, inmerso
en la febril e ingente faena que me absorbió durante
apenas dos meses, me concentré en el océano del idioma,
en sus honduras, corrientes y arrecifes, buscando la
feliz navegación. En la revisión, me atrapó la historia,
salpimentada de anécdotas y episodios insospechados.
Al final quedó un nombre, una figura afinada y resistente
como un tallo de bambú que iza un pendón de luz: Meridiana.
Porque esta novela puede ser muchas cosas, pero sobre
todo es el personaje eléctrico, sensual y amoroso de
Meridiana. Felices los escritores que logran incorporar
al imaginario público un icono con la fuerza de la carne
y el mito, una criatura hecha de barro y sueños.
Meridiana
es el relato de una resurrección, pero no en el sentido
místico, sino como redención ética, espiritual, cultural.
Es una historia de salvación por la pureza y el amor.
La novela se centra en los años de lucha por los derechos
civiles. Pero este no es su tema, sino las motivaciones
y la actuación humana en un contexto convulso. Desde
allí, como las vigorosas raíces del Transeúnte, árbol
emblema de la historia, se hunde en el pasado del pueblo
negro, sintetizado en varias generaciones de mujeres
en la ascendencia de Meridiana, pero también en el pueblo
indio, obsesión solidaria del padre de la protagonista.
De manera que la historia de Meridiana de cierto modo
compendia la de la mujer negra. Ha sido esta, junto
con la mujer aborigen, la más sufrida de ese devenir.
Ha arrostrado las vicisitudes e inclemencias a que la
han sometido tres poderes: el dinero, la supremacía
blanca y la dominación del macho. Es por esto que el
esfuerzo de encontrarse y revelarse pasa por la necesaria
confrontación múltiple.
La novela
se asienta en un trípode humano que sostiene el conjunto
de sucesos y significaciones. Son sus elementos Meridiana,
como núcleo, Truman y Lynne, como elementos azarosos
que se cortan con su destino. Dicho así parecería el
clásico triángulo amoroso. Sin embargo, la ramazón de
sentido, emociones y pensamientos es mucho más compleja
y enrevesada. No hay dos a quienes estorba un tercero
que genera la crisis. Cada uno de ellos halla en el
otro razones para el amor y el rechazo, para la solidaridad
y el conflicto, porque en definitiva todos están sumidos
en mareas mucho más turbias y potentes. Truman ha sido
un luchador, un revolucionario, a quien Meridiana ha
encontrado en sus años estudiantiles. Por él penetra
en ese sendero de constantes bifurcaciones y oposiciones,
la lucha civil. En algún momento aparece Lynne, mujer
blanca atraída por la cultura de los negros y, de ahí,
adherente a la causa de estos. Pero, ¿es ciertamente
la revolución lo que busca Truman? ¿Es en verdad la
solidaridad lo que mueve a Lynne? Son dos de las interrogantes
que despliega la narración y que, deductivamente abarcan
una época y una generación. No es fortuito que cuando
Truman encuentra a Meridiana a la vuelta de los años,
esta le suelta: Pareces un revolucionario. ¿Lo eres?
Truman se ha
enamorado de Meridiana y ha vivido momentos de pasión;
sin embargo, es alguien demasiado atento a lo importante,
los modos del tiempo, lo que mueve a las épocas —el
atuendo, las poses, las lecturas, los iconos— y esto
va licuando sus verdaderos ardores libertarios hasta
arrinconarlo en un espacio manejable, menos conflictivo,
atrayente, el arte. De manera que su respuesta a Meridiana
sea: Solo si todos los artistas lo son. Es así
que pasa de revolucionario a artista. En esos vaivenes
se ha hallado con Lynne, la chica infatuada por la energía
del movimiento negro. Con ella tendrá un affair
del que nacerá una hija, y posteriormente un despegue,
un remordimiento y una vuelta a la fuerza terrenal de
Meridiana. Truman es el que siempre se va, vuelve y
se va. Prende la candela pero teme a la expansión a
sus llamas, de ahí el dictamen de Meridiana: Sé que
te afliges huyendo. Simulando que nunca has estado allí.
No le falta sensibilidad sino coraje para el compromiso.
Precisamente
la novela transcurre, como una espiral que se abre a
nuevos ciclos, en una de las tantas vueltas de Truman.
Viene en busca de Meridiana. La halla en un pueblito
apartado, envuelta en un episodio de subversión cívica:
lograr que los niños negros vean el espectáculo de una
mujer diseca un día común y no el que les han asignado.
Su exclamación al presenciar los hechos delata su inextinguible
admiración: ¡Cómo puedes no amar a una mujer así!
Esta vez, juntos van a repasar y valorar los años transcurridos.
¿Por qué Truman
vuelve otra vez a Meridiana? Porque hay una fuerza tectónica,
esencial, en ella que él necesita para reafirmarse:
su autenticidad. Es notable que, mientras Truman alcanza
con el tiempo cierto estatus, una confortable solvencia
como artista, Meridiana se deshace de todo. En sus visitas,
él se percataba de que tenía menos y menos muebles,
menos y menos piezas de ropa, menos posición social
en la comunidad —dondequiera que fuera— donde viviera.
Y es que ella está buscando algo que está más allá de
lo aparente y circunstancial. Esto le permite al final
despegarse de Truman y reemprender el vuelo; como él
mismo la ve, era suficientemente fuerte para marcharse
y no poseía nada que empacar. Y ahí se cumple un
ciclo en su destino de mariposa. Meridiana ha vivido
atormentada por un sentido de culpa reflejo, subrayado
por la imposiblidad de razonar sobre sus sentimientos,
cada vez que se acercaba a ventilarlos con la madre
esta le preguntaba, ¿Has robado algo? Ha sufrido
intensas penas propiciadas su especial sensibilidad;
estas se van a transmutar en dolores físicos; la acomete
una rara enfermedad que la hace perder el pelo, peso
corporal, lozanía; se desvanece constantemente. Sin
embargo, la persistencia en una sabiduría probada y
el empeño de su bondad la mantienen no solo viva sino
que le devuelven la fuerza vital para reiniciar la marcha.
Es esta sabiduría, constituida de sentido de belleza,
justicia y bondad, la que la hace evitar extremos destructivos.
Hay un momento de concentrada significación, cuando
las amigas le piden que declare si está lista a matar
por la revolución; su mente vuela y le trae el instante
en que la madre, de exacerbada militancia en su fe,
le pide que exprese su entrega al Señor. Meridiana no
puede hacerlo, su corazón esta lleno de música y amor.
Ese día supo que perdió a la madre. Los extremos, bajo
cualquier signo, llevan a la destrucción. Fue lo que
sucedió con el hermoso Transeúnte, decapitación dolorosa
a la que Meridiana se opuso.
¿Qué busca
Meridiana? Creo que en primer lugar se busca a sí misma.
Pero esta búsqueda no está desasida de su pasado. En
ella afluyen Feather Mae, la tatarabuela materna, la
madre con su resignación y su fe, el padre con su amor
y entereza. O sea la conformación de una fuerza espiritual
que purifique el sufrimiento, las vicisitudes, los desatinos
de su pueblo. De ahí su respuesta a Truman: Lo que
está ante ti es una mujer en el proceso de cambiar su
manera de pensar. Parte de esa fibra esencial, ese
núcleo de autenticidad, está conformado por su fidelidad
a un pasado desde el cual se proyecta. Preserva una
médula ética que le impide actuar mal; está en los himnos,
en los proverbios de la iglesia, en la experiencia mística
en la Serpiente Sagrada. Esto decanta y consolida su
pureza y bondad.
Las jornadas
de Meridiana son una inmersión en la luz. Son su bautizo
en el río, no de Babilonia, sino en el de la historia
y el espíritu de su pueblo. Ha decidido andar ligera
de equipaje, como diría el poeta. De ahí su humildad,
su levedad final, ya espíritu puro. Es allí donde la
debe buscar el lector. Es esta la incitación que promueve
la obra, el juntarse en esta aventura del espíritu.
De ahí los versos finales de Meridiana que quedan como
un incienso que anima el aire de la tarde:
toda
la gente que está tan sola como yo, un día nos reuniremos
en el río. Veremos echarse el sol del ocaso. Y en
la oscuridad quizás conozcamos la verdad.
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