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Más allá de las palabras
Alberto Garrandés
En
las páginas finales de Memorias del subdesarrollo
(1965), uno de los pocos textos cubanos contemporáneos
que elaboran, en lo tocante al estilo, cierta cerrazón
de lo exhausto por medio de un raro no saber qué
decir y cierto escepticismo retórico —aunque
en este último caso la prevención y el recelo son, más
bien, una materia densa y suficiente—, leemos algunas
declaraciones angustiosas acerca de los límites representacionales
de la escritura y su condición mediadora entre lo que
le sucede al sujeto y la realidad misma de ese suceder.
Edmundo Desnoes, tan cerca del personaje hablante (su
sujeto) como podría estarlo una verbalización confesional
de quien la urde y propaga, detiene la historia allí
donde el escurridizo espectador de la realidad cubana,
una mente casi paralizada a causa de la curiosidad,
el asombro y el desasosiego ante el destino incierto,
se da cuenta de que las palabras no bastan y ni siquiera
resultan confiables.
La
verbalización confesional alcanza a poseer, a despecho
de la brevedad del texto, un costado irónico y burlón
cuyo asunto es ese hablador monologante y perezoso que
desconfía de sus propias tasaciones. Asiste, como un
practicante de algo que va más allá de la “filosofía
de la vida”, a la violencia de los cambios traídos por
la Revolución, y, lleno de un inteligente desconcierto,
de una lucidez estructurada en círculos de los cuales
no puede (ni quiere) escapar, se dedica a recopilar,
desde dentro de su vida actual y su pretérito, los índices
de una especie de subdesarrollo espiritual en tanto
correlato mediato del subdesarrollo económico. Convertido
en sistema, en modus operandi, su método analítico
se diría que comulga inconscientemente con algunos preceptos
del denominado materialismo histórico, toda vez que
busca y halla una relación indisputable, por muy tortuosa
que sea, entre la conducta de los individuos y el devenir
inmediato, entre el hablar cotidiano y la transformación
de la sociedad, entre el color de la ciudad y la vibración
distinta de sus gentes.
Si
no fuera porque Desnoes escribe afianzado en el tránsito
espinoso y desgarrador de la historia por la intimidad
visceral del sujeto, cabría decir que su prosa, al menos
en esta narración enamorada de las postrimerías del
yo, mantiene más de un vínculo con las formas del Beckett
de Malone muere. Desde luego, no se trata de
empatías en sentido directo, pues Beckett nos hace ir
al fin de la vida dentro de la corrupción metastática
de la vida misma, su prolongación abstrusa hasta la
aterradora comicidad del cuerpo que declina. Esas empatías
son las del ansia de recuperar la impiedad como instrumento
de búsqueda de la identidad. La impiedad y el desacato
(inobservancia de las convenciones que describen al
sujeto de equilibrio en equilibrio) como maneras de
huir de la ilusión.
Memorias
del subdesarrollo es la radiografía de la añoranza
de un refinamiento complejo en cuya base está la edificación,
también compleja, de un mundo alejado de las fealdades,
vicios, costumbres y atractivos del trópico, emblematizados
por una fórmula tremenda en la que se incluyen los frijoles
negros, los bohíos y algo realmente inefable: la sabrosura.
El personaje, un escritor que ejerce el periodismo,
queda recortado sobre el territorio difuso de una clase
media que siente a Europa en el corazón pero que lleva
en el intelecto a la cómoda (en principio por cercana)
Norteamérica. Se trata de un hombre hiperconsciente,
con dosis de perspicacia tales que le permiten acceder
a una dolorosa (pero no tanto: en el descreimiento hay
cierto tipo de valentía) intuición de lo que le rodea
y, sobre todo, de sí mismo, al par que experimenta,
como quien somatiza su contacto inmediato con el mundo,
el paulatino e irreversible alejamiento de su personalidad
y su hábitat con respecto al fenómeno de la Revolución.
Desnoes fabrica con extraordinaria destreza la voz interior
de este hombre contemplativo, al partir de una premisa
invalorable con la que podemos aquilatar su carácter:
una honestidad casi cínica.
Por
el camino de la honestidad se puede llegar al cinismo,
mientras que por el de las bondades de la devoción y
la querencia se puede acceder a la hipocresía. Contra
esto se defienden Desnoes y su personaje, creo, y lo
hacen, para mayor rotundidad del relato, por medio de
un alter que pasa de ser Eddy (el novelista Eddy)
a ser Edmundo Desnoes en persona. La voz narrativa se
revierte en voz autoral, pero dentro de un flexible
sistema de cataduras, ordenamientos, revelaciones y
desahogos. Es el hombre a quien, para decirlo con una
gráfica expresión de nuestros días, le serruchan el
piso y de inmediato se ofrece, mal que bien, a la reminiscencia
(siempre vigilante de cualquier sensiblería) de aquellas
personas y cosas en virtud de las cuales conciliaba
antes su siesta.
El
personaje lee una novela del tal Eddy, un libro que,
de acuerdo con sus referencias, bien podría ser No
hay problema. Es muy crítico con Eddy, busca sus
defectos; sabe perfectamente que ante ese espejo suyo
—ese escritor-meta que no es sino un juego de la ficción
o un recurso de distanciamiento— siente el repudio y
la admiración, la envidia y la perplejidad. Eddy, la
literatura cubana, los novelistas cubanos, los propósitos
y despropósitos de la escritura, hacen de Memorias
del subdesarrollo, por momentos, un ensayo ficcional
sobre la mente del intelectual burgués en un momento
crucial de la historia del mundo, cuando, a la hora
de la Revolución cubana, empezaba la última etapa de
la modernidad en el arte y el pensamiento cultural,
y nuevos proyectos sociales, adscritos con mayor o menor
energía al derrotero del utopismo, se abrían un camino
en última instancia contrario al del capital y el neocolonialismo.
El
no saber qué decir del narrador constituye una
especie de parálisis creativa de donde brotan las palabras
cada vez más restringidas, cada vez más sometidas al
filtro de lo necesario, de la pertinencia en su relación
con los criterios de su emisor en el acto de autodesnudamiento
del yo. El asombro escéptico beckettiano es aquí un
gran gesto sin los símbolos de la ruina corporal, como
he dicho antes, y sin la necesidad de compendiar la
historia oscura del hombre contemporáneo por medio de
analogías del sufrimiento. En el foco del dilema se
halla un periodista habanero, autor de varios cuentos
defectuosos, y que ha sido abandonado por su mujer.
Un cubano mirón que no puede, sin embargo, desprenderse
de las palabras ni de su aburrimiento esencial, en medio
de una gran irresolución que compromete su destino inmediato.
Debe asirse al examen del entorno; se entretiene en
la búsqueda ociosa de Laura, su mujer, detrás de la
estudiada frivolidad de los objetos que le pertenecieron
(la obscenidad fálica de sus creyones de labios, por
ejemplo), y pasa los días tejiendo un discurso alternativo
y autoerotizante acerca de la doméstica Noemí, respetando
siempre un principio básico de su existencia: el no
compromiso, el no buscarse líos.
Desnoes
armó una prosa apta para los escrutinios vehementes
y las disensiones abrillantadas por el escepticismo.
Una prosa trabada por lexicalizaciones oportunas y cubanismos
capaces de concentrar la eficacia de ciertos momentos
de la escritura, en la cual —y esto es muy importante—
el discurso se separa con ímpetu de la mera corrección
y del lado tonto (los primores, las lindezas) de lo
literario. Desnoes llevó su estilo hacia un lugar desde
donde podía hurgar en la intrahistoria, sin testificaciones
periodísticas, como sucede en los episodios dedicados
a la seducción y conquista de Elena, cuya “deshonra”
en el pretérito de la narración es, para el Desnoes
del presente autoral, un indicador casero, familiar,
del subdesarrollo, obsesión esta que deviene hipótesis
de trabajo y que, de acuerdo con la poética del texto,
se coloca en el centro de su estudio moral, en cuyos
párrafos finales leemos: “Yo era culpable de mi educación”.
Una educación que se suma, en tanto origen o circunstancia,
a una perspectiva de entendimiento que empieza a bordear
el espacio del sujeto alienado y que lo excluye, empero,
de una conducta antiheroica para resaltar la querella
(perentoriamente humana, qué duda cabe) por conocer
el sitio que debería ocupar el sujeto en momentos de
excepción.
“Yo
he visto demasiado para ser inocente. Ellos tienen demasiada
oscuridad en la cabeza para ser culpables”, declara
el narrador. El ellos es una demarcación casi
ontológica. Define a los demás, a todos los otros, pero
también especifica y señala a los hacedores y simpatizantes
de la Revolución. He aquí una objetividad de índole
casi suicida, que inscribe al personaje en un reducto
por completo inestable y en una ciudad —lugar tangible,
jaula que se abre y se cierra, organismo lateralizado
y atmosférico— monstruosa, personalizada entre grises
cromáticos, amarillos y blancos. Una ciudad que, en
lo más hondo del narrador, él necesita atraer a un significativo
dualismo: la realidad de esos grises, blancos y amarillos
contra el espejismo deseable que, luego de Playa Girón
y la Crisis de Octubre, nace en un cuadro de Portocarrero
aludido al final del texto.
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