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Tres vueltas a la infancia rescatada

Enrique Pérez Díaz

Tres vueltas a la infancia, tres veces recordar lo que se pierde o desdibuja tras la bruma de los años idos. Tres enfoques diferentes de una misma realidad. Tres miradas cómplices a un universo pocas veces captado con la maestría y el candor que su potencial lector requiere. Tres vueltas a la infancia rescatada. Tres miradas. Tres aciertos. Tres compases. Un mismo tiempo. Un mismo ideal.

A esto apunta la más reciente hornada de los libros ganadores del premio La Edad de Oro en su edición del 2002, que comentamos con el júbilo de tener entre manos tres obras maestras en su sencillez, diáfanas en su estilo y que registran un definitivo y probado tono de dirigirse a la niñez, que es una y es muchas, porque la infancia es un sentimiento que nada tiene que ver con edades, credos o geografías, sino con una manera posible de existir, de interactuar con el mundo y vivir dentro de él.

En primer término vale destacar el esfuerzo de la editorial por prestigiar este premio que en décadas pasadas había caído en un abandono casi pertinaz. En su nuevo formato, las obras adquieren prestancia y hermosura mayores, que les dan ese rango deseado y pocas veces conseguido. No sólo por el diseño general de la colección, de María Elena Cicard, respetado y enriquecido en cada pieza, sino porque cada libro en particular, aún teniendo sus peculiaridades, informa de una colección estudiada al detalle. Loable es también el que las obras se publiquen en tiempo record para nuestra producción editorial, hecho que afortunadamente las hace coincidir con la premiación de la siguiente edición.

Entrando ya en materia, quiero resaltar que lo primero que me asombra de estos libros es su riqueza genérica, hecho que los hace casi inclasificables pese a estar agrupados en las categorías de cuento o poesía. Lo que sabe Alejandro, de André Pi Andreu (La Habana, 1969), Maíz desgranado, de Nelson Simón (Pinar del Río, 1965), y El libro de Nunca Jamás, de José Manuel Espino Ortega (Matanzas, 1966), evidencian que sus autores no se amarran a los cánones de un género determinado sino que con audacia se atreven a la innovación formal y la búsqueda constantes.

En el libro de cuentos de Andrés, por ejemplo, sin dejar de ser narraciones cotidianas sobre los puntos de vista pocas veces respetados de un niño, se dan situaciones de alta poética y una imaginería y modos muy novedosos de atrapar el mundo, presentes también en los poemarios de Espino y de Nelson. En las obras de estos conocidos poetas, el elemento narrativo y las intertextualidades literarias, musicales o cinematográficas están presentes todo el tiempo, pero siempre de manera armónica, coherente, de la manera misma en que un protagonista de la supuesta edad a que se dirigen estas obras, las asimilaría de su devenir y praxis cotidiana.

Los tres libros demuestran en esencia, no solo la consagración de un estilo en sus autores, sino una voz muy bien definida en cada caso, un similar sentido de búsquedas y hallazgos en la estructura rítmica o la intención secreta de la palabra y en el acercarse a esos temas universales, eternos, que no por ello dejan de tener una absoluta y conseguida originalidad vuelta riqueza al darnos tres visiones muy anticonvencionales, juveniles y frescas de aquellas vivencias, querencias o carencias que a todos, alguna vez, nos han hecho soñar.

Espino, todo un artífice del rejuego de formas y contenidos, nos lleva a la isla del Nunca Jamás. La intertextualidad convicta y confesa de sus poemas, los encontrados puntos de vista de Garfio, Campanilla y el adorable Peter Pan, nos retrotraen a los personajes de la homónima pieza teatral (o la novela, o mejor, ese gran poema) que inmortalizó al inglés James Barrie, pero con un sentido de cubanía y actualidad pocas veces conseguido en empeños de este tipo. El sentido lúdicro de cada verso se refuerza intencionalmente con el propio diseño tipográfico empleado por el autor al dibujar barcos, papalotes y otras entrañables figuras de la infancia con las letras de cada poema.

Aunque la buena poesía nunca conoce fronteras ni tiene edad, el poemario de Nelson nos lleva a una etapa más adolescente. Ya hemos rebasado la isla del Nunca Jamás y nos asomamos a la posible pérdida de un estadio ideal, etapa que se nos desdibuja con las prisas de la vida moderna y que nos parece inalcanzable nuevamente, irrecuperable, imposible de atrapar. Aquí el autor echará mano de situaciones más reales que imaginadas, la nostalgia presidirá sus afanes y los personajes ya dejan de ser aquellos, los que intocables duermen en el desván de los recuerdos perdidos, para volverse más cotidianos, más de nuestro entorno. Destacable es el conseguido homenaje que hace el autor a figuras, ritmos y canciones de nuestro acervo musical.

Andrés Pi se propone establecer su discurso a partir de aquello que nadie cuenta. Su estética es de absoluta ruptura hacia el mundo de los adultos y de total adhesión al vapuleado universo infantil que desgraciadamente, como todos sabemos, es manipulado a diario por familiares, vecinos, maestras y un largo y preocupante etc. Como pocos en nuestra tradición, con sutileza, humorismo y absoluto apego a la verdad, el libro de Andrés consigue demostrarnos que los niños son personas normales, con sueños, problemas, puntos de vista y actitudes hacia cuanto les rodea en este imperfecto mundo. Su personaje, Alejandro, se convierte en severo juez de la cotidianidad circundante para entretejer una trama llena de anécdotas, observaciones, preguntas que nunca se responden o respuestas que aparecen sin la interrogante previa. Son unas cien viñetas estructuradas con gusto, ritmo dramático y una coherencia pocas veces lograda en libros de intenciones semejantes. De este modo, el protagonista nos informará sobre divorcios, niños que piden dólares, madres convencionales, abuelos aburridos aunque eternamente enamorados del amor eterno, maestras irresolutas, animales ocurrentes y otro sinfín de hechos que motivan el devenir existencial de un pequeño capaz de juzgar su entorno aunque todos piensen lo contrario.

A la vez, y sin que sea un diario ―práctica de la que el protagonista reniega al inicio―, la estructura interna del volumen, su tono confesional y el modo a veces elíptico en que se desarrolla la trama ―en la cual las verdades van aflorando progresivamente, cuando menos imaginamos― producen una dinámica interna de tensiones y hallazgos que casi dan al volumen una estructura novelada.

Como decía al inicio, estamos ante tres libros singulares, poco ortodoxos en forma y contenido, llenos de búsquedas y aciertos y, por supuesto, ante la creación de tres autores que se encaminan con presteza a una meta que ya no se dibuja muy distante para ellos. Esta hornada de obras, como otras tantas que van apareciendo hoy día, vienen a confirmarnos que la literatura infantil cubana vive una de sus mejores etapas, de nuevos caminos, empeños superiores y cosechas, y que con decisión y valor se dirige al encuentro de una edad que ―sin temor a exageraciones complacientes o generalizaciones vanas― muy bien podría considerarse como la más auténtica y soñada edad de oro.



En esta edición
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