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Seguro engaña *
Abel González Melo
Quedé
en vela hasta altas horas. Sobre unas páginas memorables
de Raymond Radiguet me adormecía: de vez en cuando un
graznido y yo tenía la certeza de la sola angustia,
la opresión del otro, la culpa por el pecado: pero no
estaba ahí el demonio. Tampoco en la voz agitada del
preceptor frente a la multitud crédula de Salem: el
mundo visible e invisible, íncubos y súcubos, espíritus
que se arrastran por aire, por tierra y por mar. Augurio
soportable. Ya no vendría, ni siquiera en pos del pacto.
El sueño sucedió al desvelo y he amanecido hoy creyéndome
continente del mismo cuerpo.
Algunos precipitados, fugaces
lectores del diario, habrán venido esta mañana a comprar
la magna pieza de la literatura alemana: el volumen
de Goethe, la leyenda en su transcripción originaria.
Puro espejismo. Actividad del cambio y paranoia de la
inversión. Mefistófeles aparece vestido de mago y saca
del sombrero un conejo. O es un reflejo, un espejo,
un catalejo que enfoca el apunte histórico, el apunte
fabular, el apunte literario y los magnifica. Los dispersa
y los roba. Reinaldo Montero es el artesano más consecuente
del mito clásico en su tiempo. Este volumen, señoras
y señores, contiene las dos partes del Fausto.
De su Fausto.
Recuerdo en el escenario del
Mella a unos cuantos actores diciendo los textos que
recién he leído, al menos la mímica, la parte externa
de esa dicción. Julio César Ramírez dirigía hace cuatro
años esta obra para Teatro D’Dos. Las mujeres eran excelentes
intérpretes, los telones y las escalas móviles propiciaban
abundante juego escénico. Sin embargo, mi memoria retiene
apenas la cualidad plástica, el tono que Ismael Gómez
dio a los oscuros pintados, y luego, alguna foto hallada
en los archivos de la revista Tablas. Ni una
palabra, ni una frase, ni una exclamación puedo repetir
aquí. Las leo en el libro y no las reconozco en la puesta.
Depositaria de una fuerza física,
el alma escapa. La tesis encima una opción sublime,
cero material. El deleite es el espíritu despojado del
traje. Rango elevado de mi suposición. Optimista enseñanza
que me gusta, me hace falta. El hueco ante mí y no lo
veo. El hoyo es profundo y el autor cava en la trampa:
Montero es maestro en la engañifa. Ofrece su lección
cual comedia trágica y no sabe (reposa en su ingenuidad),
no intuye que me apresuro a descubrir el timo.
El propio deseo arcaico de
Mefistófeles es el eje que aniquila la necesidad de
conquistar un alma. Se encuentra él con la imposibilidad,
la negación del mito. Fausto participa de cierta condición
etérea, es un poco romántico pero pone los pies en la
tierra, ama desesperadamente pero asegura: lo que tiene
poder sobre su sangre actúa también sobre su conciencia.
Al reducir al héroe, Montero convierte a Fausto en la
prolongación de un ser en vida bastante cultivado, o
mejor, curtido, con experiencia en las ciencias y en
los sentimientos y, sobre todo, con la mirada fija en
la intrascendencia. La felicidad que procura labrarse
nace de tal convicción. Mefistófeles queda sin herramientas:
el goce censurable es mecánico, obedece más al placer
momentáneo que a la perenne concesión. Descolocados
uno y otro de los sitiales antiquísimos en que el imaginario
colectivo los ubica, Fausto y Mefistófeles padecen la
contrariedad: ninguno sirve a su compañero, no se satisfacen,
no se enorgullece este de corromper un alma noble ni
aquel de atravesar la malignidad con el fin de ser amado
o ser poderoso. Es trágico el sedimento e incorpora
el residuo humorístico de su tragicidad. El escritor
se ríe y engaña desde el pórtico –del manuscrito, no
del libro, donde se obviado el «género» de la pieza
acaso por desliz editorial– porque se trata de una tragedia
de desencuentros. He tachado sobre mi original. En todo
caso aceptaría trocar los vocablos y poner como subtítulo:
tragedia cómica, jamás comedia trágica. Escribo, dudo
y ansío releer ahora mismo la trayectoria del protagonista.
El asunto es que los márgenes
entre un personaje y su opositor no resultan muy convenientes.
Se le quitaría, de hacerlos más notables, a esa actriz
que según el autor interpretará a Mefistófeles, la suerte
de enamorarse de Fausto. Desaparecería la dualidad inherente
al príncipe que posee principado y a la vez yace en
destierro. Él le permite al héroe enredarse, caer, recuperarse
junto a Helena de Troya y a Margarita, deslinda las
pasiones, mas no se acerca demasiado. Teme ser develado
o develada, teme que otra vez Fausto lo acuse de maricón,
o quizá de caer él, ella, su aversión, su amor/odio,
su eterno femenino en la jaula. Creo que le teme a la
meta física tanto como a la Metafísica, a la finalidad
puntual como a la adulteración ontológica. Abandonarse
a la digresión del valor semántico, la sentencia socorrida,
la pamema verbosa que esconde una razón estéril. Ser
presa de unas letras, de la promulgación de una fe o
de un dogma que convenza.
El escritor, en cambio, confía
en las palabras, en la revelación de un signo, una verdad
definitiva, mínima, que se haga palpable. Por eso amará
el dogma, amará amarlo: porque perturba y a la par purifica.
Sólo amándolo en lo profundo puede uno quebrar el dogma,
la idea enfática tanto como el andamiaje de la superficie.
Me preocupo por la forma y sé bien que el autor ampara
la excelsitud del concepto. Se extiende en la textualidad,
en una brillante escena sobre la alfombra mágica, y
sabe detener en un instante la exposición. Caben en
su tejido la frase en lengua muerta y la frase en lengua
viva, superación una de la otra, terreno de deleite
y campo funcional. Aquí y allá ahorra acción narrada,
suprime al relator en espera del orador. La imagen dramática
queda contenida en palabras que deslizan el ritmo escénico
por encima de la estructura literaria. Con ideas claras,
no hace falta torturar a los oyentes, asegura El Perro
cuando Helena y Fausto se recrean en la mutua ignorancia
y antes sólo bla, bla, bla.
Dudas hay aquí a montones.
Se comercializan, se reparten dudas. Preguntas a la
tradición y al intergénero. ¿Estás conforme con un cuadro
que te regalé, con un cuaderno que hallé en la estantería
remota de un palacio de Baviera, con la melodía trepidante
de Wagner a la cabeza de una revolución musical? Reinaldo
Montero está muy cerca de la sabiduría. Me he visto
tentado a prestarle una capa, un báculo, una bola de
cristal, una larga y blanca barba. No los solicita.
De linaje es su actitud ante una charla. He visto en
su expresión, en su tono pomposo, he presentido en la
claridad de sus ideas y en su cadencia notable el ritmo
de sus personajes. Vive como un gran personaje aunque
lo niegue en la conversación con Hans Christoph Buch.
Por eso alcanza su Fausto la equivalencia de un Hamlet
contemporáneo, de un Segismundo en cierta exclamación
impetuosa. Por eso la primera escena junto a El Perro,
esas frases calmas y virtuosas, le entregan la magnitud
y la llaneza del Galileo de Brecht. Mucha lectura hay
y mucho estilo en esta textura dramática. Y qué decir
de la limpieza gramatical, de la pericia sintáctica.
Montero hace el papel de una
criatura seducida por la necesidad. Quizás la de escribir.
Acaso sólo porque, bien lo sabe, no es poca ni fácil
cosa llenar la panza. Lo leo con frecuencia, conozco
su prosa, pero hay algo en su manera de montar
la escritura que resulta incomprensible, admirado e
inaccesible para mí. Juego con el texto que de vez en
cuando me saca un sonrisa, pasa así con el mejor humor
que rehuye la carcajada artificiosa. Juego y me detengo.
Escucho que insinúa: Verweile doch...
Mas un discurso largo es una
pérdida de tiempo y la facilidad de palabra no entraña
la facilidad para tener razón. Una pausa será suficiente.
Reinaldo está aquí, firmará el libro. Para la próxima
oportunidad será un poco déspota: admitirá diatribas
o sátiras pero nunca de forma cáustica. Los comentarios
que vengan, más bien amables. Planea un libro que lo
supere, otra violación del mito, de la regla. Nadie
se confunda: si esta mañana se ve completamente Fausto,
que es como decir completamente feliz, seguro engaña.
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Estas palabras fueron leídas en la presentación de Fausto
en septiembre de 2003, en el Instituto Cubano del
Libro.
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