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Indio Naborí, caballero de la décima

Por Leonardo Depestre Catony

¡Felicidades, maestro!...

El 30 de septiembre es fecha memorable para el estudiantado cubano: ese día, en el año 1930, murió asesinado por la brutalidad de la policía machadista el estudiante de Derecho Rafael Trejo. Pero sucede que aquel mismo día, en un muy humilde hogar en el contorno de la capital, cumplía ocho años —seguramente sin festejo alguno— el niño Jesús Orta Ruiz, que ahora arriba a su 82 aniversario y es uno de los poetas no sólo más respetados, sino más queridos por los cubanos.

La décima fue la estrofa que el campesino cubano escogió para expresar poéticamente su lirismo interno. Tuvo en el siglo XIX un representante antológico: Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé, y tiene en Jesús Orta Ruiz, El Indio Naborí, “al más importante [representante] del siglo XX cubano, por su carácter integrador de lo popular, lo culto e incluso hasta folclorista de la décima campestre.”[1]

Tal afirmación, aun en su aparente “intransigencia”, no tiene nada de nuevo, ni de riesgosa, ni de polémica. Naborí es aceptado como el maestro de la décima en Cuba; decir décima es decir Jesús Orta Ruiz. Críticos, lectores y decimistas concuerdan en ello, sin que nadie se sienta ofendido porque, ante él, le corresponda el puesto de segundo violín.

“La décima es (...) tesoro entrañable que hay que ennoblecer. Lo más importante está en que con ella se llega a lo más criollo, a lo más campesino de nuestra tierra”,[2] escribió en cierta ocasión Juan Marinello. Al Indio, con su talento y perseverancia, ha correspondido el honor de llevar la décima al sitial poético más alto. Vicente Espinel, el creador de esta forma estrófica, tiene en el autor cubano a su más ilustre continuador en el ámbito antillano.

Viajera peninsular,
¡Cómo te has aplatanado!
¿Qué sinsonte enamorado
te dio cita en el palmar?[3]

La décima, subvalorada por algunos, descuidada en el hacer de otros, tiene en el verso de Naborí un cultor capaz de rescatarle sus esencias legítimas e insertarla en el panorama de los sucesos cotidianos, la historia, el trabajo, el amor. En décimas ha recogido Naborí el acontecer diario, como para demostrar que así también puede hacerse patria.

Desde el principio he estado llamando al poeta por el sobrenombre con que ha firmado buena parte de su producción: el Indio Naborí. Orta Ruiz —un carácter de extrema nobleza y modestia, nos consta— escogió para sí el nombre de indio, o sea, el escalón primario de la jerarquía aborigen, en tanto naborí, de naboría, significa trabajo en el léxico del indio antillano.

El cantor, nacido en Guanabacoa, alcanzó popularidad como intérprete del punto cubano —tonadas con texto en décimas— desde las décadas de los cuarenta y cincuenta, a la vez que maduraba como poeta de métrica precisa e inspiración renovadora.

Periodista activo y colaborador de diversas publicaciones, obtuvo en 1962 el título correspondiente en la Escuela Profesional de Periodismo Manuel Márquez Sterling. Su sección “Al son de la historia”, que apareció por varios años en el periódico Hoy, le ganó popularidad pues ofició a manera de crónica de cuanto acontecimiento conmocionó al acontecer cubano de los años sesenta.

Evócalo risueño, revívelo en tu hogar
y mírale una rosa de fuego en la solapa[4]

Premio Nacional de Literatura en 1995 ?reconocimiento al conjunto de la obra de un autor?, Orta Ruiz nos remite a evocar los títulos de algunos de sus libros: Cuatro cuerdas, Sueño reconstruido, Cuartilla y farol, El pulso del tiempo, Entre, y perdone usted, Cantos breves, Una parte del consciente crepúsculo, Al son de la historia, Entre el reloj y los espejos, Viajera peninsular, Con tus ojos míos... Estudioso de la poesía cubana, a él se debe la preparación de antologías como Poesía criollista y siboneísta y El jardín de las espinelas. Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, también excelente sonetista y cultivador de otras formas estróficas, es como una palma real en cuyo penacho resplandecen los rayos del sol.

¡Salud, maestro, en este día!

Notas:

[1] Virgilio López Lemus, en el Apéndice de Viajera peninsular, Jesús Orta Ruiz, Letras Cubanas, 1990, p. 137.

[2] Juan Marinello, en carta de 1955, fuente anterior, p. 135.

[3] En Canto a la décima criolla, fuente anterior, p. 27.

[4] “Canto a las madres de los mártires”, Premio Víctor Muñoz, otorgado por el Ayuntamiento de La Habana en mayo de 1959, en Al son de la historia, Letras Cubanas, 1986, pp. 69-70.


En esta nueva edición la feria estará dedicada a

 


   

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