Programa Cobertura informativa

El Tránsito de Elvira Castillo

Por Víctor Fowler

No hay modo de hablar sobre un poemario concreto como no sea insertando los textos en la corriente general, o mayor, de la época y región en la cual son producidos. Semejante verdad o perogrullada desborda lo que es posible hacer en una sencilla presentación en la cual, siempre, lo principal es el autor; escuchar su voz, disfrutarla en la lectura y el posible diálogo, aún si el nerviosismo le hace trocar versos, proyectar apenas un mínimo hilo de voz o quedar trabado en la pronunciación de una palabra. Durante horas, siglos. El poeta es entonces esa manifestación de lo imperfecto y la inelegancia. En una de las más grandes escenas de la literatura el Príncipe Michkin tiene uno de sus mejores días. Conversador brillante cuando consigue vencer la timidez, el Príncipe diserta sobre los destinos de Rusia y centra la atención de un concurrido salón de la antigua nobleza al tiempo que un objeto en el salón lo centra a él: un jarrón. Sus palabras son fluidas, brillante el encadenamiento de las ideas, pero el jarrón lentamente crece hasta terminar convertido en una presencia poco menos que demoníaca, pues la única preocupación del Príncipe es no chocar con esa pieza valiosísima que tiene demasiado cerca. Finalmente, por encima de nuestra apresurada piedad de lectores, un brazo se extiende demasiado y el jarrón cae al suelo hecho añicos, lo cual es ocasión para que el Príncipe recupere su estado: el de la idiotez que da título a la célebre novela de Dostoievsky.

Quizás esto tenga que ver con la poesía si analizamos la tensión interna que en este poemario, Tránsito, la autora establece entre un Yo que escribe y otro que amenaza, entre la protección que le brinda la experiencia exterior del espíritu y el mundo externo (gentes, lugares, palabras, aglomeraciones) en ocasiones cual si fuera descampado y otras amansado, tornado dulce, por esos actos de la voluntad que son escritura y caridad. Desde la primera línea del primero de los poemas, "Llego de la oficina", Llego de la oficina hastiada….”, hasta las últimas del último, En el reino de la noche / si no me hablas / ¡qué esperar del mundo! destacan esta necesidad de ser cuidado, esta búsqueda cuyo contemplador no pocas veces recibe el nombre del Dios de los cristianos o la misma poesía enmascarándole el rostro.

En este sentido, y con sólo una primera lectura, Tránsito aparecería como el resultado de una pequeña (por lo personal y por la misma poética de su autora) experiencia mística donde a la desesperación y el abandono, que son sus notas iniciales, les sucede el Encuentro. Sin embargo, hay que perseguir comprensiones más finas, ir más al entresijo y entonces descubrir que el camino no es una simple línea ascensional, sino producto de batallas internas y que lo alcanzado también se vuelve pérdida y que la paz, entonces, debe de ser recuperada por la voluntad. En este otro sentido, es una suerte de Camino de perfección teresiano, pero reconstruido al nivel de la dimensión interior de su escritora.

Las notas de ligero cinismo que resaltan en poemas como "La luminosidad del día" (…he descubierto esta facultad mía de nombrar / y he razonado que de esto puedo hacer mi oficio) o la profundidad del vacío espiritual en "Los gritos de la vecina" (…me interrumpen los gritos / de la vecina, que chilla a viva voz. / (No escucharás hoy nada más intenso.) / Así que, levántate diligente, que te espera el fregado / de la loza., son devoradas por la enormidad de la demanda que da pie al poema Tránsito, que da título al volumen. La primera estrofa de Tránsito encierra cuanto antes dijimos acerca de las tensiones entre el sujeto que escribe, el autor, y su proyección, o re-producción, mediante el sujeto en el texto:

Cada hora, minuto, segundo de mi vida
los he vivido para convertirme en esta cosa que soy,
grotesca, ridícula, estrafalaria
(también sublime).

La oposición entre una serie de términos con marca semántica negativa (cosa, grotesca, ridícula, estrafalaria) con un opuesto absoluto, e incluso exacerbado, como lo es ‘sublime’, apunta a la existencia de una doble anomalía que, milagrosamente, coexiste dentro o con quien escribe/habla. La cuarta de las estrofas, (ruego a mi intelecto que pueda dejar constancia / de esta extrañeza), a su vez, insiste (en otro acto de querer ser de la voluntad) en la condición poética del sujeto del texto y, además de asignarle una misión a la escritura, resulta ser estadio ineludible para el cierre del poema:

Me consuela pensar
que en algún momento, en algún lugar,
para algún oculto propósito,
esto que soy revelará su sentido.
Y cesará el inútil lamento.

En esta construcción la escritura poética unifica al sujeto que escribe y al sujeto en el texto; funde experiencias pasadas, sensaciones presentes y se adelanta hacia un futuro pleno de sentido; reniega de un presente de dolor, achatado, reino de materialidad y vacío y le opone el espíritu; reúne los opuestos en una unidad superior y, finalmente (dado que hace existir esa realidad en la cual tales combinaciones son posibles) termina por rendir eso poético en las manos del Dios, pues no debe olvidarse que –en última instancia- el lamento de lo que se lamenta (es decir, del autor), bien pudiera ser el poema mismo que leemos: el libro. De esta manera, curiosamente medieval, el libro dedicado y rendido al Dios se torna en una lírica de amor a lo divino operando en nuestra época y enseñándonos un camino.

No puede ser de otra forma cuando el propósito del autor es continuamente viajar a la profundidad de sí mismo y del sentido de la escritura. De ahí la presencia repetida del pronombre personal en la 1ª. persona del singular (ya sea como posesivo o acusativo) en contraposición a la vaguedad de unos paisajes exteriores no pocas veces ‘abstractos’ y sin marcas de una territorialidad precisa; paisajes del espíritu en los cuales cavar conduce más en dirección a todos o a cualquiera. Sin embargo, la unión de lo grotesco y lo sublime, por sencilla inferencia lógica, genera un monstruo; algo extraño y ajeno, inmanejable, imprevisible y, tal vez, hasta salvaje en algún súbito sentido. Para Lezama, por ejemplo, era la gran incógnita de su sistema poético y sólo la resolvió en las notas que conforman el plan de lo que hubiera sido Oppiano Licario, su novela que quedara inconclusa. Enfrentado allí el escritor a la posibilidad de un matrimonio entre la hija de Cemí e Ynaca Eco (el conocimiento) con el hijo de Fronesis (la perfección y el equilibrio), en cambio elige hacerlo con el hijo de Foción (la raíz demoníaca) porque de la unión de los dos primeros (aquí la frase vale lo mismo para aludir a términos que a líneas de sangre) la criatura nacida habría encarnado el mito de Euforión y, en consecuencia, estaría destinada a hundirse en una locura estéril.[1]

Sólo un gran acto de voluntad -pero no como ejercicio de poder, sino derivado de esa charitas omnia credit de la que hablaba San Pablo- y una severa ética hacen posible la convivencia y manejo de un monstruo así sin ser, a la misma vez, destruido. Y ninguna otra persona se atreve que no sea el poeta. La voz poética de este libro recupera un espacio en el cual la poesía habla de la poesía misma y del espíritu, de sus batallas, esperanzas y esperas. En el contexto presente de la poesía nacional es un ejercicio raro y quizás hasta casi olvidado. Después del profundo ataque teórico a los presupuestos lezamianos que significó la poética/estética de Diáspora(s), nos devuelve Tránsito al estado de abierto heideggeriano, a la pregunta en cuyo arco, como bichitos, habita el conocimiento. Es cuestión de atravesar un camino de riesgos sin ser destruído; de superar la fragilidad y, mediante la escritura, explorar, curtirse para el salto; de regresarnos al sentido de la poesía, del poeta y del Ser, en lugar de perseguir un superficial trabajo con el lenguaje, pues en vez de seguir una cómoda vía imitativa (respecto a la incógnita lanzada por Lezama), los textos de Tránsito destacan por la sencillez y, por tanto, humildad y desnudez de la pregunta. Con esto último me refiero a una conexión por encima de las diferencias, estilísticas, de aparato conceptual u hondura. Lo que importa es la pregunta que hace la escritura o, más allá de ella, la voz imperfecta (pues la escritura misma es debilidad y no captura lo sentido/deseado) o, en un espacio interior aún más ajeno que el de la voz, la pregunta que ni siquiera brota, sino se padece. Nos convenía que alguien nos recordara, sin estridencia, en tonos bajos, que no hay que hacer otra cosa que escribir poesía para llegar a la poesía.

Nota:

[1] Esta zona de la obra de Lezama se encuentra ampliamente comentada en el ensayo Oppiano Licario, la poética del fragmento, del investigador y académico cubano Enrico Mario Santí. Ver: Coloquio Internacional sobre la obra de José Lezama Lima (Prosa). Madrid: Editorial Fundamentos, 1984. pgs. 135-151


En esta nueva edición la feria estará dedicada a

 


   

Cubarte, sitio de la cultura cubana La Jiribilla. revista cultural Casa de las Américas, toda la cultura de nuestro continente