Programa Cobertura informativa

La voz única de Mario Martínez Sobrino

Por Kirenia Legón López

Una visión perspectivista: todos los motivos de un escritor

Me conformaría con tantear para qué escribe un poeta. Creo que para exorcizar no demonios —entidad muy cuestionable, aun para la teología actual—, sino angustias multiformes que se oponen a la plenitud de nuestro ser. El poeta propone un orden vital contrario o ataca al que lo atenaza. El poema surge de un estado espiritual de furia o de alegría. Esa es mi experiencia. No puedo hacer poesía sosegada. Para eso y por eso escribo poemas.

El primer poema lo hice a los 11 años. Una edad biológicamente normal para esos inicios, según he sabido. La cuestión es el tema o los temas de ese o esos primeros poemas. En mi caso fue el de un pájaro negro, un pájaro de mal agüero —creo que ese era el título— muerto a pedradas por un grupo de muchachos. Era una elegía y una protesta. Lo recuerdo bien en esa esencia. Tenía unas dos páginas. Yo vivía en Lawton, en una zona que pudiera ser la célebre jungla de asfalto, pero sin asfalto; en su lugar, calles intransitables, aceras rotas y otros desastres; sin embargo, no escaseaban los álamos y en ellos, los pájaros, que a veces eran negros. El segundo poema que recuerdo, ya recién ingresado al Bachillerato, fue también una elegía. Se había cometido otra injusticia: una maravillosa y bella alumna o ex-alumna había muerto ahogada en la playa. Tenía ella 19 años, Yolanda se llamaba. Era instructora voluntaria de nosotros, los alumnos nuevos en el Instituto de la Víbora. Me parece que fue mi primer amor, aunque ella no lo sabía, creo. Guardo el sentimiento de ambos poemas, no los textos, volatilizados como de costumbre. Soy incapaz de conservar papeles: no tengo archivos.

Si, es cierto, al menos en mi caso; son los mismos temas a lo largo de esa unidad de vida y obra. Intentaré definirlos con los probables errores y olvidos de la primera vez que lo hago, pues no es cosa que realmente me interese. El amor-eros, o al revés, en su concepción más amplia, es uno. La tríada hombre-caos-plenitud del ser es otro. Un tercero y posiblemente último sería hombre-entorno-historia, menos frecuentado aunque un libro entero (Cuatro leguas a La Habana) lo acoge.

En todo caso no hay una realidad, sino varias. Digamos que hay una percepción comúnmente aceptada de lo que es realidad, una especie de convención eventualmente peligrosa y siempre cuestionable que permite, por ejemplo, definir una obra de arte como realista o abstracta. De ahí, contradicciones absurdas u oportunistas como la dicotomía enconada y felizmente antigua de realismo socialista versus poesía pura. ¿Si me siento cerca de la poesía pura no me relaciono con la realidad, soy un autista o un nefelibata o algo peor? Es preciso recordar, me parece, que el arte y la poesía se mueven en la estructura simbólica de la sociedad y en esa estructura ideoestética la convención común es por definición traspasada con el descubrimiento o la creación de otras realidades que, para mayor comodidad de todos, podríamos conceder que son virtuales, como la del filme Matrix en su primera, única y válida versión.

Me he referido a estados de espíritu de furia y alegría como generatrices de poesía. La aparición del motor de un poema actualmente es una frase, o dos, tal vez. Examino su validez y, en caso positivo, tomo nota en memoria (recurso de perezoso y muy falible) o, mejor, en y con cualquier cosa escribible. Es un proceso muy rápido, aparentemente súbito. El resto es lo más interesante y arduo: la composición, directamente en computadora; ahí va apareciendo el cuerpo del poema tras varias pasadas, borradores, enmiendas y hasta reestructuraciones cuyo fin es descubrir “la ley” del poema para que él mismo diga su articulado. Me siento entonces como un secretario técnico de la creación, y luego digo que el poema es mío porque no puedo atribuirlo a más nadie. Es el momento en que vuelvo a esa realidad convencional de que hablaba antes. Vuelvo a tener espejuelos y pies planos.

Las sombras, las luces

Deben haber sido tantas o tan pocas que no podría responder con sinceridad. Es que hace tiempo no me siento bajo el influjo de ninguna escritura poética en particular. No es vanidad; no la soportaría como no la soporto en nadie. Sí he experimentado mucho en mi etapa de autoformación. Tenía o tengo por ahí un cuaderno que compré en Suiza, muy bello, lleno de experimentos de poesía concreta. El ultraísmo de Huidobro también generó algunos experimentos y, antes, el dadaísmo y el surrealismo. Pero volviendo a las influencias, ya muy sublimadas, admitiría gustoso la del hai-ku (Basho y Shiki), y la de la propia poesía concreta brasileña en cuanto a considerar espacialmente la distribución de los versos y como autónomos en relación con el texto total del poema, lo cual me ha traído problemas con los editores. Es, por demás, conocida mi admiración y simpatía por la poesía pura (Valery y Brull) y, en otro polo, por Pound, bajo cuya advocación conceptual realicé Cuatro leguas a La Habana. Idea Vilariño, con su pasión, desgarramiento existencial, y a quien admiro muchísimo, ha influido en la concepción de algunos poemas: una influencia ad hoc. Tengo admiraciones inalcanzables en influencias: Drummond de Andrade, a quien he tenido el honor y el placer de traducir y hasta el de recibir un mensaje suyo, pero no puedo ni pensar en intentar escribir como él. Cuestión de temperamentos, supongo.

A mi lector ideal me lo imagino mayor de edad, de acuerdo con la Constitución y las leyes de nuestra República, pero quién sabe: hay adolescentes que leen poesía sin necesidad de compañía de adultos.

De publicaciones, en lo que se refiere a libros o cuadernos de poesía, tengo ocho. En cuanto a colaboraciones en revistas y diarios, no puedo dar cifras porque las desconozco. No me he tomado el trabajo de contarlas, ni podría: solo tengo por algún lado los ejemplares completos de las revistas más recientes pues tampoco hago recorte, pero “Todos son mis hijos”, como decía la gran actriz mexicana Sara García en una famosa película de finales de los cuarenta. Pero si nos remitimos a antiguas tradiciones el primogénito tiene privilegios especiales; en este caso, probablemente, además, por nostalgia de la época en que fue compuesto y editado: los años sesenta. Me refiero a Poesía de un año treinta y cinco.

La categoría indispensable es bien limitante en mi caso. De libros, los diccionarios de consultas, de idiomas y bilingües, y la Biblia. Me faltan los Robert del idioma francés, por cierto. Los demás libros fluyen solos o son accesibles más o menos fácilmente, salvo algunas ediciones cubanas que casi nunca se reeditan. Entre ellas dos novelas y un libro de cuentos que he leído y releído montones de veces: Manuscrito hallado en Zaragoza, de Jan Potocki, El Bebedor de vino de palma, de Amos Tutuola, y una compilación de todos los cuentos de Virgilio Piñera cuyo título no recuerdo. Pero no hay problemas con ellos, los tengo a buen recaudo en el amasijo que no me atrevo a llamar mi biblioteca. En cambio, me gustaría recuperar Paradiso, de Lezama. No hablo de los de poesía porque los requeridos también están a buen recaudo.

En cuanto a música sí tengo muchas ausencias bien difíciles de reparar en mis predilecciones genéricas: la música sinfónica y, dentro de ella, la del siglo XX, la innovación. El jazz y, ya más reparable, la bolerística en general y la cubana en especial, sobre la cual podría hablar muchísimo y hasta he escrito algo. La emisora CMBF me sirve cada vez menos con sus cambios estratégicos, o lo que sea, en la programación.

En lo que se refiere a películas mis requerimientos son enormes, pero en cierta medida remediables por algunos de los programas fílmicos de nuestra TV y, por supuesto, la Cinemateca de Cuba; y para lo nuevo la sala Caracol de la UNEAC. Ahora se me antoja recordar y ver por enésima vez La gran ilusión, de Renoir. No sé por qué...

Lo inevitable: camino por algunas décadas

Responderé citando un fragmento de las palabras que pronuncié para el espacio el “Autor y su obra” dedicado al Premio Nacional de Literatura César López, en el Instituto del Libro. Eso fue en Diciembre del año pasado.

“...en el medio de todo esto está lo que se llamó el quinquenio gris, sobre el que César se encargó de precisar, en una entrevista realizada por Ciro Bianchi, que duró algo más que un quinquenio, y es cierto que duró más de un quinquenio. En ese lapso, (...) ya la comunicación entre aquel grupo de los 60 y, en general, la comunicación entre los poetas de nuestra generación sufrió. Hubo sufrimientos mayores, por supuesto, y a César le tocó ser uno de los protagonistas de ese padecer, me estoy refiriendo a consecuencias, a repercusiones que nos aislaron, surgieron silencios, suspicacias, diferentes ideas que no se expresaban sino en actitudes. Fue una época triste, indudablemente...”

Mi experiencia personal te la trasmito de la manera más sumaria y factual. En 1972 presento a la Editorial UNIÓN Cuatro leguas a La Habana. Se vino a publicar seis años después en 1978, verdadero fin del “quinquenio”. Entonces recibí amplias explicaciones e ilustraciones de los procedimientos habidos contra la publicación del libro. Esa es, por otra parte, la causa del lapso editorial de diez años entre mi primer libro y el segundo.

Es curiosa la coincidencia de la precisión cronológica de la pregunta con un período de casi inactividad poética mía que cubre esa década y más. Te explico las causas. Son laborales. En el MINREX, donde ingresé en 1975, había sido promovido a jefe de departamento en una dirección de política regional. Como tal, tenía densas y muy variadas responsabilidades. Por si fuera poco, también en esa década soy designado en misión permanente en París. Allí me llamó un amigo para informarme de la salida de mi tercer cuaderno aquí. Para la famosa “foto de familia” de los poetas de la generación en la escalinata del Instituto estaba yo de vacaciones en La Habana y, por suerte, pude asistir a la presentación de la antología de la generación del cincuenta. En suma: debí sacrificar el ritmo de actividad como poeta y mantenerme bien lejos de los ambientes literarios a los que nunca he sido muy adicto. No obstante, en Paris, durante resquicios de tiempo tomé la plume de dimanche de la que hablaba Wallace Stevens. Esto vale parar responder que, de lo sucedido aquí en el mundo de la poesía durante los ochenta, no tengo sino algunas referencias de segunda mano, que es nada, prácticamente.

Creo que hay confusiones en ese planteamiento del campo expandido. Una cosa es la teoría del caos y sus derivaciones y paradojas, una de las cuales es la espectacular hipérbole del efecto mariposa, y otra sus extensiones fuera del terreno de origen que es la matemática y las implicaciones y expansiones hacia la física cuántica. Es muy sugerente y no hay dudas de que conlleva otro cambio en la cosmovisión del hombre desde finales del siglo XX hasta la fecha. Y faltan más cambios, todo parece indicarlo. Ahora bien, el campo expandido, término muy amplio y de variadas aplicaciones en física, se ha empleado en cuántica en relación con los modos posibles de expansión del universo a partir de la aceptación bastante generalizada de la teoría del big-ban.

Por otra parte, sé también del intento por parte de algunas vanguardias artísticas finiseculares de aplicar el término a la creación plástica principalmente, y a la poesía. Pero en ésta, y hasta donde estoy informado, hay una proposición reduccionista muy peligrosa según la cual se postula una liberación y sustitución de los contenidos trascendentes de las “formas tradicionales” hacia y por los puramente estéticos ¿El arte por el arte, el lenguaje por el lenguaje, bajo nuevo manto, otra vez? Creo que hay un sustrato nihilista en todo eso, como lo hay en interpretaciones de lo posmoderno. Por lo demás no estoy informado de la manifestación concreta o directa, en Cuba, de poesía relacionada con esa concepción. Si la hay me gustaría leerla, o verla, pues el concepto tiene cierta relación con la poesía visual, la cual me interesa.

Sobre la salud actual de la literatura puedo decir que es algo tan obvio que a veces se olvida: se produce mucho, existen las condiciones técnicas y materiales para ello; posiblemente Cuba posee hoy una de las tasas más elevadas de editoriales en América Latina; hay fuertes estímulos para el creador literario y, como siempre y en todas partes sucede, hay diferentes calidades. La salud, pues, de nuestro movimiento literario no solo es muy buena sino, en términos internacionales, incomparable. Disfrutamos de un excepcional privilegio, a no dudarlo. Conozco unos cuantos países.

Y en el aspecto de hacia dónde va esa literatura, soy optimista. Como jurado me he visto en el siempre difícil trance de juzgar y decidir sobre poemarios de poetas y ensayistas jóvenes y muy jóvenes. Me he encontrado con no pocos ejemplares que me han impresionado fuertemente. Un caso más bien reciente lo comenté con Guillermo Vidal, lamentable y prematuramente fallecido, quien, dinámico como era, fue a la búsqueda del escritor del que yo le hablaba, el cual andaba también por la Feria del Libro, y me lo presentó. Y ese escritor no fue premiado en el concurso en cuestión. Sobre eso charlamos. Sentí que se le debía una explicación fundada que las actas de los jurados no recogen, y se la ofrecí y la aceptó con mucho interés. Pero más importante que eso son las oportunidades que tendrá su tremendo talento. Para mí fue otra revelación de los nuevos potenciales que auguran un camino de más abundantes novedades exitosas en nuestra creación literaria.

Las gracias

Para empezar, mi madre. Sin Dolores Sobrino no habría tenido la adicción por la lectura ni la admiración deslumbrada por la poesía. Esa poetisa que nunca reunió en cuaderno lo que hizo, aunque sí publicó en revistas.

Me ayudaron y tienen toda mi gratitud Roberto Fernández Retamar, por abrirme la biblioteca de su padre y suya, allá en Lawton; Pablo Armando Fernández, que auspició mis primeras colaboraciones; Oscar Hurtado, por cuyas escrupulosas observaciones inicié mi autoformación; Agustín Pi, por observaciones que me hicieron reconsiderar mis estructuras; Miguel Barnet, quien por escrito, en carta que conservo, me advirtió sobre las superposiciones de poemas en un solo texto; Idea Vilariño y Cintio Vitier, por sus valoraciones tan estimulantes de mi primer libro.

Y Nicolás Guillén, por tantos gestos para conmigo y por la acogedora valoración de mi segundo libro.

Más recientemente me han ayudado, a petición mía y como consultores puntuales y rigurosos lectores-críticos, Guillermo Prieto, Eliana Cárdenas y el excelente e ilustrado lector de poesía que es el poeta Luis Marré.

Pequeña Añoranza

Me gustaría haber sido astrónomo, sin dudas; pero sospecho que no es un oficio.

Lluvia de preguntas con respuestas cortas*

 

La cualidad que más aprecias:

La lealtad.

Tu idea de la felicidad: “Tristeza não tem fim, felicidade sim”, preferiblemente cantada por Jobim.
Tu idea de la amistad: Implica la lealtad.
El defecto que más fácil perdonas: El de las personas amadas.
El defecto que más desprecias: Defecto es ausencia: la de escrúpulos
Tu ocupación preferida: Responder cuestionarios.
Tu color: El de la piel de cualquier belleza humana.
Tu recuerdo más alegre: Los Reyes Magos en Lawton.
Tu recuerdo más triste: La muerte de mi madre.
Tu experiencia más insólita: Encanecer por estrés en cuatro horas.(Palais des Nations, Ginebra, 1962).
Tu experiencia más cotidiana: La computadora.

Figuras de Tormenta: sobre el premio Guillén y otros temas

¿Recibir el premio Guillén? No es enteramente sorpresivo; se manda un libro a un premio para ganarlo. No es fácil triunfar en el Guillén porque en Cuba, indudablemente, es el premio de poesía con mayor reconocimiento. Y más, yo diría que es uno de los grandes premios de poesía que hay en la América de habla española. Eso le confiere y le seguirá confiriendo una importante singularidad. Creo que en cada edición irá ganando resonancia, esa palabra que aplicaba tanto Lezama. Por supuesto, fue una gran satisfacción para mí. Pienso que, si bien se adjudica a una obra, conlleva también un conocimiento o reconocimiento más o menos público del autor... Creo que en mi caso implica una valoración de mi no breve trayectoria como poeta, hecho que no podría ignorar el jurado: el mundo de la poesía aquí se mueve de forma tal que básicamente todos los que a ella estamos dedicados nos conocemos de un modo u otro. En el propio fallo del jurado me parece recordar que se menciona, significándome como “voz única” dentro de la “rica poesía” de mi generación, la llamada “del 50”, una convención crítica generalmente aceptada pues no corre riesgo alguno al ser puramente cronológica.

¿Por qué Figuras de Tormenta? Es sencillo: el título del primer poema es, de por sí, una metáfora válida del contenido y un sentido general del conjunto del libro. Fue un descubrimiento sagaz de Basilia Papastamatíu como editora. Tenía el título provisional de Yagrumas en el agua, pero no acababa de gustarme.

¿Las motivaciones? De hecho, es el segundo libro, digamos, monográfico que hago sobre el tema Eros-Amor. Es una condensación y un desarrollo al mismo tiempo y, sobre todo, una suma. Un libro así se hace por acumulación suficiente y eficiente de experiencias, sentimientos diversos, cuerpo y espíritu. Es un libro de respuestas, no de preguntas como Mientras, el primero. Con Figuras de Tormenta, en lo que a mí respecta, considero agotado el tema. A menos que me sea deparado el éxtasis místico, en cuyo caso, probablemente, no podría escribir.

¿De qué literatura creo se han nutrido estos poemas? Como hago distinción firme entre literatura y poesía, no podría responder esa pregunta. Pero si sustituyera “literatura” por poesía, repetiría que a estas alturas de mi vida y mi labor poética esa nutrición es ya indiscernible. Los textos están sólidamente en mis voces, en mi estilo, ya no importa cómo son o sus hitos de origen. Puntualmente, ciertos sesgos o temas son referidos, mediante exergos, a poetas que admiro. Solo en esos caso empleo, y de modo expreso, intertextualidades.

No es que las técnicas poéticas ayuden; se imponen. Puede que se les dé preeminencia sobre el tema o que este las rechace y requiera otras. En tales casos suelen malograr poemas. Es asunto de destreza, aplicación, y muchos borradores. Hay poetas, incluyo especialmente a los naïf, que crean sus técnicas o emplean total o parcialmente las preceptivas; pero no hay composición sin técnica, sea ello consciente o no para el creador.

En este cuaderno he empleado técnicas que conozco, variaciones sobre ellas y, al menos, una innovación, muy consultada y confrontada con el difunto Guillermo Prieto, como músico: la incorporación de la estructura y estilo de Bela Bartok en “Microcosmos” a un poema largo que, él solo, constituye una sección del libro.

Sobre la crítica de Enrique Saínz en la poesía inusual de Mario

Estoy de acuerdo y yo mismo no sé cómo eso ha ocurrido; lo he pensado varias veces sin mucho éxito. Tengo la impresión, y algo más, de que estoy escribiendo ahora como escribía al principio; naturalmente, con las incorporaciones que el tiempo y la ya larga dedicación al “craft or sullen art” que es la poesía, según verso o sentencia de Dylan Thomas, otorga o derrama. Pero sí compruebo que hay como un regreso evolutivo a mi manera original de decir; esto es, la poesía ya así nombrable que componía en la soledad de una casita de Lawton.

Enrique Sainz es muy perspicaz, muy penetrante como lector y crítico de poesía. En una más bien reciente ocasión, creo que para un artículo que se publicó digitalmente en CubaLiteraria, habla de mi poesía como hecha en “una intemperie”. Eso es para mí una calificación bien interesante, tanto como una pista en el ruido de mis propias indagaciones. No se me había ocurrido, simplemente. Cierto que por muy crítico que sea el autor con su obra —y es mi caso— no alcanza ese tipo de definición. Mi ejercicio crítico con respecto a la poesía que hago es sólo el de un perfeccionista, bastante atormentado si se quiere, en el que he llegado a ciertas definiciones; pero no a una valoración a esa escala de Enrique. De ahí que me admirara ante esa situación de poesía de la que da cuenta en ese artículo. Y eso tiene que ver con lo que estaba diciendo acerca del retorno a los orígenes: escribía, me leían tal vez dos o tres amigos del minúsculo circuito intelectual, primero de Lawton, luego del Instituto de la Víbora, un circuito que no debe haber excedido cinco personas. Sin embargo, esa es la génesis; desde luego, entre los poemas que hice a los once y los que hice en torno a los catorce o quince hay una considerable diferencia. Esos son poemas totalmente inéditos. Nunca pensé seriamente en publicarlos y seguí haciendo poemas de esa naturaleza hasta que a los veintitantos años trabajé de otras formas, diría que bajo la influencia principal de Borges. Eran poemas en modo un tanto narrativo y no siempre siguiéndolo. Recuerdo que un amigo —ya el círculo de lectores de mi prolongada ineditez se había ampliado hasta el Vedado— de cuando tenía unos veinte años, uno menos joven que yo, persona muy cultivada, sentenció que lo que yo estaba proponiendo eran “madrigales del espíritu”. Quedé muy impresionado: me descubrió algo semejante en efectos a lo de Enrique Saínz. Tan pronto me casé, tan pronto pude —por independencia económica—, vine para el Vedado por la única motivación de que los amigos que ya tenía por esta parte de La Habana Inmortal poseían esa atracción de cultura y de interés en un montón de cosas del que no se ocupa todo el mundo, solamente esos seres extraños que siempre están averiguando el porqué de todo, finalmente llegan a la metafísica y luego regresan a ella en ocasiones para retornar después: los intelectuales. Todo ese proceso sigue hasta alcanzar la fase, digamos, privada de mi poesía.

Una anécdota sobre el premio Casa no recibido

Así las cosas, alguien me anima para presentar algo al premio Casa de las Américas. Llegó a embullarme para que hiciera una selección de los poemas que conservaba pues, como soy un gran desorganizado, un regado extremo y desdeñoso con los papeles, había perdido varios y seguí perdiéndolos. Me fue útil la experiencia de compilar en forma de cuadernos estos textos aunque, por supuesto, no alcancé ni premio, ni mención ni nada por el estilo. Eso no me deprimió pero me extrañó un poco y, sin proponérmelo, fui tras el porqué. Mi ingenuidad o mi candor, como en los cuentos de hadas, tuvo recompensa. Comencé a frecuentar la UNEAC, a dar vueltas por allí. Fue por los años 63, 64, y ahí conocí a escritores ya experimentados y hasta de fama. Un nuevo círculo, un nuevo giro de relación y aprendizaje. Entonces conversaba a ratos con Oscar Hurtado, al principio de ajedrez o de astronomía, donde él era un novato y yo parecía un maestro tímido e indulgente. Pero Hurtado, básicamente un hombre de letras pese a sus apetencias y presunciones de conocimiento en las más disímiles materias, dirigía una colección en Ediciones R y le mostré aquello que había mandado al Casa de las Américas. Hurtado, también un poeta y muy buen lector de poesía, me hizo una serie minuciosa de críticas oportunísimas que le agradecí y le agradezco.

Sí, así es, de inmediato uno no lo toma a bien porque, claro, la poesía, buena o mala, forma parte de tu yo, de un instante de tu yo, y puedes percibir una critica así como una agresión; pero te sobrepones a eso cuando al mismo tiempo se te hace claro, si no evidente, que la poesía es comunicación y expresión a un tiempo, y que ninguno de esos términos puede excluir al otro. Cuando las observaciones son orientadoras —y con un signo u otro siempre lo son— les sigo el hilo; y me percaté de lo que generosamente me trasladaba Hurtado. Ahí terminó mi vida como poeta privado. Tenía que salir de la “segura sombra” de mi poesía inédita, como me escribió antes Isidoro Núñez Miró en la dedicatoria de su primer libro.

Quizás me faltaba más información que formación, aunque ambas deben ir a la vez, y empecé a leer no como lector de poesía, sino en plan de estudio, de análisis, de conocimiento y autoconocimiento. Una gran experiencia de autodidacto, ya que mi formación universitaria no fue finalmente en Filosofía y Letras, como habría querido, sino en Derecho. Leí, estudié a numerosos poetas contemporáneos, extranjeros, cubanos, y a unos cuantos teóricos y críticos. Uno de los poetas que más me impresionó en ese estadio fue el Neruda de las “Residencias”; sin embargo, no me ocurrió así con Vallejo, uno de las piedras fundacionales de la Generación del 50.

Neruda me interesó mucho más y peligrosamente; Neruda es adherente, envolvente. Era un poeta joven y los poetas jóvenes corren muchos peligros; son muy porosos, les pueden entrar por ahí muchas cosas, algunas de ellas contaminantes, están expuestos a la toxicidad, y noté que Neruda me hacía más daño que el cigarro, y paré de leerlo porque mi sentido de lectura no era entonces de disfrute, era utilitario. El encanto fue excesivo y fue como una medida de autoprotección antivirus, sin dejar de admirar ese epicentro poético de fuerza descomunal que es Pablo Neruda.

¿Ahora? Ahora tengo, creo, bien definidos los poetas que me interesan por el placer de leerlos y definida también la poesía que no me interesa. ¿Cuál? La de epitelios, la de mirada menos que externa, la de seducciones anecdóticas y complacencias del ego meramente existiendo o sobreexistiendo con sus técnicas, su inteligencia o su astucia, sus extensiones; aparatosamente referente por lo general, a menudo narcisista, sin cuestionamientos de profundidad, “poesía de la experiencia” le llaman hoy en España a una de esas especies tumultuosas.

¿La externidad, cuál? ¿La realidad, cuál de ellas? Todas, es imposible aun concediendo que podamos percibirlas con la visión multiprismática del ojo de la mosca, y es que también siendo caos nuestra conciencia las rechaza... Pero entraríamos en temas extensos y muy complejos, de muchas implicaciones a nivel de poesía actuante, y estamos sólo en una entrevista.

A tu insistencia, te diré algo de mi experiencia de externidad y realidad que tiene bastante que ver con esa antigua afición mía que es la astronomía. Aficiones paralelas: poesía y astronomía. Tú puedes mirar hacia el cielo de diferentes maneras y con medios distintos, sea a “ojo desnudo” (naked eye) o valiéndote de lentes y espejo refractor. Yo lo he hecho de ambas formas, pero eso no es lo importante. Lo que sí lo es son las respuestas a tu mirada, y la primera de ellas es que no eres un observador, sino otro participante de ese sistema que es, a la vez, continuamente cambiante y siempre estable como comprueba la teoría del caos. Entonces se convierte en un reto absolutamente insoportable por desconcertante y enorme. El asomo al cosmos es tanto o más impresionante, en cuanto a sensación de caos y despropósito, que la experiencia y el sufrimiento del devenir humano; si tú unes ambas cosas, la situación del hombre como tal es terriblemente inquietante. Y al mismo tiempo es el protagonista de ese todo, nada menos. Todo lo desafía, su propio ser está en riesgo constante. “Vivir es muy peligroso”, decía Guimarães Rosa rectificando a Nietzsche. Esto puede, de hecho, emparentarse con “el sentimiento trágico de la vida”, presente también en varios colegas de la Generación del 50. Tenerlo o padecerlo no invalida al hombre, todo lo contrario, lo enaltece si actúa, y la poesía es acción en o contra de una realidad o varias. Tal es la externidad que concibo en ella.

¿Cuál es la causa de esa inquietud que a veces y con todo derecho es rabiosa? Esa externidad de realidades, esas experiencias originarias más allá de cualquier ética donde cualquier respuesta signa la apertura de infinitas preguntas, es el tema central de la poesía; no la hojarasca, no la anécdota ventolera, no la epidermis sin piel de angustia. Es el grito del cuadro de Munch.

Nota:

* tomado de Que levante la mano la guitarra, Víctor Casaus y Luis Rogelio Nogueras.


En esta nueva edición la feria estará dedicada a

 


   

Cubarte, sitio de la cultura cubana La Jiribilla. revista cultural Casa de las Américas, toda la cultura de nuestro continente