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Manzano, la nobleza y este intento de elogio

Por Osmany Oduardo Guerra
Foto Andrés Barca

Él lo dijo después de recibir su galardón: los premios generan casi siempre atmósferas encontradas, y yo agregaría que adversas, y hasta denigrantes, porque uno nunca está totalmente de acuerdo con un premio o con el autor premiado, y habla, y no se cansa de hablar. Pero este Premio Nicolás Guillén otorgado a Roberto Manzano nos ha dejado un grato sabor en los labios a los que hemos disipado la noticia, casi todos amigos y admiradores del poeta y su obra.

Yo llegué a la poesía de Roberto Manzano porque conocí, en Las Tunas, a un profesor de Literatura en el Instituto Superior Pedagógico que había sido alumno del poeta y era, y debe serlo aún, un ferviente y apasionado defensor de su obra. Geovannys (ahora no recuerdo su apellido) me dijo: "si quieres ser poeta, tienes que leer a Roberto Manzano", así que yo acudí a la Biblioteca, o él me prestó (qué memoria la mía, eso tampoco puedo recordarlo) Tablillas de barro II. Y aunque sea mala mi memoria para recordar ciertos detalles de mi encuentro virtual con el poeta a través de su obra, lo que sí puedo es retener el impacto de los versos de Manzano en mi incipiente poesía.

Hoy estuve en la entrega del Premio Nicolás Guillén, y casi no pude tomar notas porque los aplausos se apresuraban, y el cuaderno quedaba en mi regazo, abandonado. Y allí estaban Abel Prieto, ministro de Cultura; Iroel Sánchez, presidente del ICL; Ernesto Cardenal, poeta de talla invaluable, los narradores Reynaldo González y Jaime Sarusky, los poetas Ángel Augier, Pablo Armando Fernández y Luis Marré, este último uno de los miembros del jurado, junto con la recién galardonada con el Premio Casa, Marylín Bobes, y Waldo Leyva, que falló a favor de "Synergos", por su "originalidad expresiva y la eficaz conjunción de un lenguaje contemporáneo y un hondo lirismo". A ese jurado agradeció Manzano por seleccionar su libro, pero, más que a ellos, nos agradeció a nosotros, sus amigos, que, con la mirada húmeda, aplaudíamos de rato en rato sus palabras de agradecimiento.

Al niño de diez años que comenzó a escribir poesía dedicó Manzano su premio. Y, aunque no lo dijo, lo dedicó también al joven que caminaba por las estrechas calles de Camagüey, y al hombre que se empeñaba y se aferraba a la poesía y no claudicaba ante crisis editoriales ni ante periodos especiales ni ante recelos provincianos.

Manzano (y aunque su apellido recuerda al árbol que pare la fruta prohibida, prohibida tanto en su sentido bíblico como en el sentido menos metafórico, casi comercial) es el poeta más noble que he conocido jamás, y por eso he intentado aquí estas palabras de elogio.


En esta nueva edición la feria estará dedicada a

 


   

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