| Con Cortázar en la memoria Por L.P.N.
El hecho de que Ugnès Karvelis, la viuda de Cortázar, haya incluido en una cláusula de su testamento el deseo de crear en Cuba un premio de cuento que llevara el nombre de Julio, marcó para siempre la manera en que se conducen las actividades relacionadas con este concurso. El lanzamiento de la convocatoria de la cuarta edición, este 9 de febrero, y del libro que recoge el cuento premiado en el 2004 y las tres menciones: “Reliquia familiar”, de Horacio Verzy; “Septiembre”, de Gustavo Ezequiel Goldini; “El beso”, de Adelaida de Juan, y “La tarántula de los Weyser”, de Juan Jacinto Muñoz Rengel, fue, como las veces anteriores, un momento propicio para recordar, también, la vida y la obra del escritor latinoamericano.
Gracias a esos extraños azares que a veces nos acompañan, este último homenaje, celebrado en esa capilla que es hoy la sala de presentaciones Lezama Lima, fue subiendo de tono a medida que pasaba el tiempo, hasta convertirse en una suerte de invocación del espíritu de Cortázar. Puede ser que Miguel Barnet encendiera la chispa contando esa serie de casualidades que lo llevaron, primero a desechar la idea de leer hoy “Instrucciones para dar cuerda al reloj”, al enterarse de que Arrufat había elegido el mismo texto, y que luego lo hicieron perder la mañana buscando un ejemplar de Rayuela que nunca apareció, y a abandonar la búsqueda al descubrir un gato en el librero. O puede que, para tomarle el pelo a los presentes, alguien decidiera gritar desde la puerta, en medio de la presentación, “Roberto, después nos vemos”, al parecer dirigiéndose a Retamar. Pero el resultado fue que no hubo empaque ni etiqueta en este homenaje, y que Barnet, Arrufat, Retamar, César López, Pablo Armando y Reynaldo González, convocados en la Lezama para leer algún texto del escritor, lograron infundirle al ambiente el aliento de Cortázar.
Para respetar las indicaciones de esas coincidencias que se sucedieron, Barnet eligió un texto de Historias de cronopios y de famas, que narra la desesperación de un cronopio al descubrir que, en lugar de la llave, en su bolsillo hay una caja de fósforos, y si eso ha sucedido, las equivocaciones pueden haberse extendido y haber trastocado el orden de todas las cosas. Mientras Retamar preferió volver a una carta que le enviara Julio, el 29 de octubre de 1967, después de enterarse, en Argel, de la muerte del Che. “Crónica para César” de Pameos y meopas fue leído por César López, Pablo Armando seleccionó unos párrafos del cuento “Los venenos”, y Reynaldo González cerró la lectura con “El poeta propone su epitafio”, un poema muy a propósito para terminar un homenaje a quien siempre desconfió de las palabras y se rió de las canonizaciones. |