| Vuelto aquello que amamos
Por María Antonia Borroto
Una opinión de Dulce María Loynaz, pórtico del libro Asomado al mundo de Eliseo Diego, complica sobremanera mi tarea de esta mañana. Según la Loynaz, en Diego “se alcanza una difícil meta: la que Juan Ramón Jiménez llamara poesía pura. Tan pura que no puede definirse, como no se define el cielo, la luz o el mar”. Por lo tanto mis palabras no alcanzarán a ser más que un balbuceo, pues lo contrario sería pura extravagancia. El propio Eliseo viene en mi ayuda: “Los mayores gozos de la poesía están reservados para los hombres de corazón puro, y no para nosotros, los escribas. Hay una Poesía escrita a grandes rasgos de luz y sombra, en jeroglíficos de nubes y rostros y árboles, que solo pueden leer los Inocentes (...) y otra, la nuestra, que es trasunto en la fatiga de la letra.”
Así dice poco antes de afirmar que “un poema debe significar con su ser: lo que sucede es que nunca podrá la razón atraparle su sentido, como tampoco puede atrapárselo a una flor, un gato, un niño, un caracol o una pelota. El arte, decía Leonardo con muchísima sensatez, imita a la naturaleza.”
Esta confluencia lánguida y gozosa entre Dulce y Eliseo es de una tremenda sutileza, máxime cuando la opinión de Dulce es sobre el propio Eliseo, cuyo nombre, por cierto significa “Dios es salvación” o “Dios ha ayudado”. Según el Antiguo Testamento, Elíseo fue más pródigo en milagros que su maestro Elías. Pero Eliseo es también una suerte de paraíso también asociado a los muertos virtuosos, tierra de beatitud envuelta en perpetua luz rosada. Así, el destino de este poeta ejemplar es un ir y venir a través de las resonancias de su mismo nombre. En Eliseo confluyen vida y poesía. Esto, que visto a simple vista es un puro juego de palabras, es de una importancia extrema. Su visión primera de la poesía nace de una visión infantil, esa etapa de la vida en la que nuestro ser apenas se separa del ser de las cosas que nos rodean. Lo infantil es para Eliseo lo paradisíaco, cualidad que Dulce confiere a su polisémico Jardín y Borges a la Biblioteca, no menos rica en connotaciones. Eliseo se salva, y con él todo un mundo, en la poesía, desde la calzada más bien enorme de Jesús del Monte, donde la demasiada luz forma otras paredes con el polvo hasta los poemas de la vejez, de tonos más sombríos pues la despedida es más cercana y el recuerdo más disperso.
Muy pronto, en sus trece años, atisbó, con una musicalidad muy juguetona, el paso del tiempo:
Dulces horas
que pasaron
en la esfera
del reloj.
Dulces horas
que marcaron
las agujas
del reloj.
Ahora pasan nuevamente
y las marcan
las agujas
en la esfera platinada
del reloj.
Son las cinco.
Son las seis:
Horas viejas
del ayer,
que reviven
al influjo
de la aguja
del reloj.
Toda su vida será el intento de atrapar, que no detener, el instante. El instante menudo, suave, cotidiano. El arte no imita la naturaleza. O, a diferencia de lo dicho por Leonardo y corroborado por Eliseo, la imita de una manera muy especial: desde la perspectiva de una mirada, la mirada, desde la cual se ordena el Cosmos.
La escalera
“Una mujer muy gorda desciende todas las tardes una escalera muy estrecha.
“Baja de lado, hundiéndose a través de la penumbra. Nadie hay en el pozo de brumas, a no ser el polvo negro y las arañas distantes.
“Cuando llega al fin vira la espalda. Luego sonríe, cruza un breve comentario sobre la felicidad del hombre.
“Ella tiene razón. Yo que la imagino la estoy mirando. Es mía la sonrisa que la acompaña.”
Por eso toda poesía debe ser personal, única forma de lograr la universalidad. Un hombre es todos los hombres, como muy bien dijo Borges, y así en la sinceridad y autenticidad con que Eliseo reconstruye —digamos mejor, salva— los instantes de su vida podemos hallar nosotros esas minucias de la existencia diaria que también son las nuestras:
Cose, o habla
Tu conversación tenía la fidelidad apacible de las telas
que te he visto coser de tarde a tarde
sentada justamente a la profunda orilla de la brisa.
Las paredes añiles como el tiempo, las plateadas cazuelas, te sirvieron
lo mismo que la luz antigua de la luna
para la sorda caverna que tus días ahondan. Cómo, desde cuándo
estás así en tu sitio, coses, o hablas
con un rumor confuso, inmemorial, que apenas rozan
las sandalias adornadas con minuciosa letra,
el cascabel de la púrpura, o el pie inmensamente desnudo. Y yo alababa
las blancas telas en tu falda, la tranquila
dureza de tus manos, mi señora, mientras tú
sonriendo en el silencio repasas los poderosos hilos de la sombra.
Pero también está el juego, que como muy bien expresa Rafael Almanza en “Eliseo Diego: el juego de diez”, forma parte de la esencia misma de nuestro poeta. Espíritu tristemente festivo que en Muestrario del mundo o libro de las maravillas de Boloña busca la poesía también en la imagen gráfica. He aquí una circunstancia en la que apenas se repara: la vocación editorial del poeta, esa comprensión cabal del acto poético y del libro que lo contiene, regalo a la vista y génesis de nuevas resonancias:
El juego de cartas
Tres señores están jugando a las cartas.
¿Por qué juegan a las cartas los tres señores?
¿Qué juegan los tres señores a las cartas?
¿Y qué son las cartas?
¿Y qué los tres señores?
Los tres señores que están jugando a las cartas.
Volvemos al tiempo, ese que nos dejó el poeta en heredad, su tiempo, el nuestro, el de la isla:
Pues cuando más lo miramos
a este tan raro enemigo
nos abruma
cómo es también nuestro amigo,
cómo está en todas las cosas
escondido,
y vuelto aquello que amamos.
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