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¿Existe la ciencia ficción cubana?
O... sencillamente se trata de ciencia ficción hecha en Cuba
Adaptación
Cuento
Por Ileana Vicente Armenteros
Cuento publicado en el libro Astronomía se escribe con G. Ed. Letras Cubanas. (Selección de cuentos de CF del Concurso "Juventud Técnica" 1987-88)
 
 
Polvo en el viento, antología de la CF cubana
 

-¿Ya presentaste el documento de identidad?
Preguntó Fefita mientras acomodaba su voluminoso cuerpo en dos sillas de hierro; frente a ella, separada por la mesa despintada, Anaeli la miró con odio, rectificó la expresión y dos gruesas lágrimas bajaron por sus mejillas mofletudas, otra gorda completaba el trío sentada en el sofá que crujía a cada movimiento suyo.
-Anaeli, ¿cuándo aprenderás a expresar las emociones?
-¿No es ninguna de éstas? -preguntó a su vez la inter-pelada sacando un minúsculo pañuelito del seno prominente para secarse el rostro de labios abultados y nariz respingo-na.
-No, debes usar ésta -Fefita puso una expresión de asombro tan pronunciada que Lilina comenzó a agitarse en el sofá acompañada de chillidos espasmódicos-. Aprende a utili-zar el sistema de señales de este planeta, ésa se llama risa y expresa alegría.
-¿Y por qué se alegra? ¿por haberme equivocado? -hundió el rostro entre las manos regordetas- ¡Nunca aprenderé! No podré adaptarme a estas costumbres -su figura se desvaneció un tanto.
Fefita dio un golpe en la mesa y exclamó:
-¡No te desanimes! has logrado muchísimo -los contornos de Anaeli se hicieron nítidos nuevamente-, hace apenas un mes terral tu nave volvió al primer planeta y ya tienes un cuerpo de densidad casi uno, igual al de los nativos.
Lilina intervino alentadora gesticulando exageradamen-te.
-Sabes hacer señales fónicas entendibles y disimulas bastante bien la molestia de las ondas de radio que caen so-bre ti continuamente impidiéndonos la comunicación mental.
-Pero no domino los sentimientos, ni las costumbres so-ciales, ni los gestos... -sus rasgos se hacían más tenues-, apenas logro concentrarme lo suficiente para mantener la densidad.
-Todo no se logra de momento ¿a dónde vas Lilina?
-A buscar azúcar para hacerle sus documentos -con gran trabajo fue corriéndose hasta el borde del sofá, se levantó y avanzó contoneándose involuntariamente hacia la cocina, sus gruesas piernas no le permitían un movimiento menos on-dulante.
-Fefita, ¿el RD3 se come?
-No, es una planilla para legalizar tu presencia en es-ta casa. Si quieres ayudar, enchufa ese tomacorriente y coge los extremos del cable ¡sin que se toquen!, bien, ahora quí-tale la envoltura de polímeros.
-Siento un cosquilleo en los dedos -dijo Anaeli mien-tras raspaba el alambre con la uña.
Lilina regresó de la cocina cargando una bandeja con la azucarera y le explicó.
-Son los electrones al pasar del cable a tu mano, no demores pues podría desnaturalizarte algunas proteínas; esa es la forma empleada en este planeta para trasmitir energía electrónica.
Fefita le preguntó:
-¿Necesitas agua?
-Sólo un poco de la atmósfera, no vale la pena levan-tarse a buscarla.
Lilina abrió los brazos y éstos perdieron consistencia al difundirse por la sala agrupando las moléculas de vapor de agua que saturaban el ambiente. Fefita esparció el azúcar en la bandeja dibujando un cuadrilátero de las dimensiones aproximadas del documento.
-Ahora humedécela poco a poco... así -colocó la bandeja en uno de los extremos libres del cable y sujetó el otro en-tre los dientes soplando a intervalos para hacer fluir los electrones a voluntad y lograr la polimerización adecuada de la sacarosa. Una hoja de celulosa se formó despacio. Anaeli observaba atentamente con la expresión del más completo abu-rrimiento.
--¿No te interesa como hacerlo?
-Si, mucho.
-Pues entonces cambia esa cara.
-Yo...
-No te preocupes Anaeli -opinó Lilina-. Si de verdad no eres capaz de aprenderte las expresiones, no utilices ningu-na, quédate impasible.
Fefita propuso mientras le daba los últimos toques a la planilla.
-Pudiera tener parálisis facial.
-Estoy segura que se olvidaría cuál de las dos mitades es la inmóvil. Es mejor mantener la de aburrimiento y, si está en un grupo, imitar la de la mayoría.
-Yo no voy a poder rodearme de ningún grupo.
-Toma -Fefita le entregó la planilla convenientemente llena-. Cuando estés entre los terrícolas te darás cuenta de su indiferencia; lo que les interesa es oír opiniones agra-dables de ellos mismos, si lo haces con discreción tendrás amigos y quizás -miró a Lilina y le guiñó un ojo-, hasta te cases.
El sofá volvió a crujir peligrosamente cuando Lilina se desternilló de risa.
-¡Es lo más cómico de la vida! -sus manos regordetas se agitaban.
Anaeli las observaba con una expresión indefinida, de-seaba adaptarse completamente, como si hubiera nacido en el tercer planeta; pero Lilina y Fefita sólo buscaban recopilar información. Su identificación era aparente, y el mayor an-helo de ambas era regresar al primer planeta. Tomó la plani-lla y le dobló varias veces.
-Eso es -dijo Fefita-, vas aprendiendo. Estos papeles pasan por varias manos y casi siempre se guardan doblados. Si vienen a preguntarte algo, invéntales un dolor de cabeza; más tarde conocerás a los vecinos. ¿Vamos Lilina?
El sofá quedó al fin silencioso cuando la descomunal gorda logró ponerse en pie arrollando la mesa con las si-llas.
-Deja de hacer ruido, ¿no pudieras concentrarte un poco más?
-Tú sabes cuál era mi tamaño Allá, ¿hasta dónde piensas que puedo comprimirme?
Anaeli se asomó por la puerta abierta hacia un portali-to descuidado y agitó la mano un poco erráticamente, viéndo-las alejarse a pasitos cortos y vacilantes.
Entró.

En el pequeño portal cuidadosamente arreglado con vasos plásticos dónde crecían los cactus, Anaeli se inclinaba so-bre los tallos verdes observando maravillada la fotosínte-sis. Le encantaba observar el proceso de oxidación de la clorofila y el abrir y cerrar de los estomas durante la res-piración. Una voz infantil sonó cerca de ella.
-¡Oiga!
Levantó la mirada y se enfrentó a un amasijo de células cubiertas de cráteres y donde sobresalían unos tubos osci-lantes, enfocó la visión correctamente y pudo reconocer al hijo del vecino de al lado.
-Dice mi mamá que hoy tienen reunión del Comité.
-¡Gracias Raulito! -cuando terminó la frasee el niño ya no estaba.
"Qué precisión en la información, nada de disgreciones inútiles. Y cuánta vitalidad en sus movimientos, lástima que con el desarrollo se les estropee el mecanismo de respues-ta."
-¡Buenos días!
La voz de Félix la hizo regresar de sus pensamientos.
-Qué tal, ¿y tu novia?
El joven estudiante se detuvo y le contestó serio.
-Acabo de pelearme con Lorna y no se que pasará des-pués, no lo se -se detuvo buscando comprensión, pero la fi-gura voluminosa y los ojitos perdidos tras las gafas le pa-recieron incapaces de juzgar con inteligencia; agitó una ma-no y siguió su camino.
-Yo creo que...
-¡Hasta luego señora! tengo que estudiar.
"Ése es el primer síntoma del deterioro en el juicio -pensó Anaeli-, asociar la figura al pensamiento. Si quiero ganarme la confianza y el respeto intelectual, debo adelga-zar-. Abrió la puerta con ademán resuelto-. Buscaré entre mis vecinos alguna dieta efectiva."
Entró.

El timbre de la puerta sonaba insistentemente. Al fin abrió.
-Por favor, ¿Anaeli se encuentra?
-Fefita, ¡soy yo! -la risa alegre de la joven trigueña y delgada despertó a la gorda de su asombro- Entra que tú no puedes estar mucho tiempo de pie. Ven, siéntate, estas si-llas de hierro te aguantarán bien. Deja de mirarme y cuénta-me de Lilina. ¿Pudo hacer el... el viaje?
Sin responder a su pregunta Fefita exclamó:
-¡¿Qué te ha pasado?! ¿por qué has perdido tantas cade-nas de ácidos grasos? ¿Encontraste otro sistema de guardar información? tal vez subatómico en vez de molecular.
-Nada de eso -la interrumpió-. Decidí adaptarme comple-tamente a este mundo y con tanto volumen era un estorbo para todos. Utilicé métodos de acupuntura, dietas especiales, ejercicios y centré mi voluntad en la concentración.
-¿Y botaste el material informativo?
-¿Quieres el te sin azúcar?
-Tres cucharadas.
-Pues yo, ni gota -Anaeli se movía de la cocina a la mesa un poco nerviosa; no sabía si explicarle a Fefita la verdad pues, si el método se generalizaba, sus congéneres dejarían de ser fácilmente identificados -. ¿Supiste algo de Lilina?
La expresión de la gorda se ensombreció.
-Ya no viajará más -y le contó. En los últimos meses no habían ido a visitarla porque estaban construyendo la nave en la azotea donde habitaban; por la noche fabricaban los componentes y los disimulaban entre los tanques de agua, las antenas de televisión y dentro de los tragantes y desaguade-ros. La tenían terminada, solo faltaba esperar la conjunción con Mercurio y ensamblarla -.Cuando en eso anunciaron un Plan Tareco por el Cedeerre, imagínate. Iban a limpiarlo to-do al día siguiente, no hubo más remedio que salir esa misma noche -terminó de tomar el te y continuó la narración-. Hicimos los cálculos y salió en dirección Norte cuidando no chocar con la estación orbital cuando...quién te dice a ti que estando arriba de los americanos encontró una cucaracha a bordo.
-¡No!
-¡Si!
-Entonces -Anaeli, verdaderamente angustiada casi podía anticipar el final.
-Si, destruyó la nave antes de dar el salto por el Aleph.
-Fue lo único sensato.
-Era su vida o la de nuestro planeta -suspiró-, se sa-crificó por todos. Si esos seres super resistentes llegan Allá, acaban con las especies nativas y dominan el planeta. Éste lo tienen prácticamente invadido.
Se quedaron calladas unos minutos recordando a Lilina y su sacrificio.
-Sólo una computadora de la Tierra registró la explo-sión. Por cierto, estuvo a punto de originar una guerra nu-clear; pero como fue un solo reporte, pensaron en una falla técnica- Fefita miró la taza vacía y se la extendió-. Si no te es molestia dame un poquito más -y añadió cuando Anaeli entraba en la cocina- recuerda, tres cucharadas con loma.
Bebieron la segunda taza en silencio. De repente Fefita observó:
-Veo que te has dejado crecer el pelo.
Anaeli se volvió sorprendida, conociendo la inteligen-cia de su coplanetánea no le cabían dudas, sospechaba algo.
-Si, me queda mejor.
-Y además puedes ir guardándolo sin grandes gastos -se señaló el vientre-, esta grasa sería muy difícil de conser-var ¡¿Eh?! ¿Cómo lo descubriste?
Resignada, la joven le explicó.
-Estuve leyendo libros donde se describen los componen-tes de todos los organismos y me di cuenta que las células muertas del pelo eran un buen material para acumular infor-mación, no afectaba la estética y podía guardarse sin pro-blemas.
Fefita la miró indecisa y al fin le preguntó.
-¿Qué pensarías si los nuestros decidieran establecerse aquí?
-Pero eso no es posible, ya hay otras inteligencias mo-dificando el ambiente. Está bien las visitas, pero no el éxodo.
-Allá no las van a considerar verdaderas inteligencias. Creerán en un instinto organizado y nada más.
-Pero que dicen de las culturas, y el arte.
-Eso es discutible. Además nosotros si somos seres des-arrollados y aprovecharemos mejor las condiciones de vida de este lugar.
-Pero ellos evolucionaron aquí, son producto de este suelo.
Fefita levantó la mano con un gesto autoritario.
-Pareces muy bien acoplada a las formas de vida terres-tre -sus ojillos perdidos tras los gruesos párpados la mira-ron con ironía-, ¿tú defenderías esta... esta subcultura?
-No es subcultura, sino otro sistema de referencia.
-Entonces no hay más que hablar -le interrumpió.
Anaeli jugaba con la cucharita, le daba vueltas entre los dedos buscando algún argumento convincente. La gorda se levantó con torpeza.
-Hoy mismo me voy, solo quería saber si vendrías conmi-go -al no recibir respuesta continuó-, a ti no te haremos daño; pero es inútil que trates de defenderlos.
-Si, claro -se levantó y fue con ella hasta la puerta-. ¿No te habrá influido en esa decisión el accidente de Lili-na?
-No, ella llevaba toda la información recopilada en es-te tiempo, imprescindible para poder regresar sin problemas pues nuestros canales de comunicación están bloqueados por el exceso de radio emisión del planeta -la miró, pero Anaeli tenía la vista clavada en el suelo-. No saldré hasta las ocho de la noche pues estoy mirando el programa de las Aven-turas y el capítulo de hoy parece que va a estar bueno.
Abrió la puerta y salió.

Anaeli se paseaba indecisa por la casa, se asomó al portal y observó como los vecinos llegaban a sus hogares, como se iban encendiendo las luces de la calle. Se pasó una mano por los ojos.
-¡Adiós señora! -le dijo al pasar un bólido con pañoleta.
-¡Adiós Raulito!
Entró a la casa y salió a los pocos minutos con paso largo y rápido, debía llegar antes de la salida de Fefita. Dentro de una jaba llevaba un aparato atomizador mata-mosquitos lleno de líquido desintegrador.

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