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¿Existe la ciencia ficción cubana?
O... sencillamente se trata de ciencia ficción hecha en Cuba
El año 200
(fragmento)
Por Agustín de Rojas
Publicado en la revista Revolución y Cultura 12/85
 
 
Polvo en el viento, antología de la CF cubana
Comentarios sobre la obra de Agustín de Rojas
Lea sobre este libro
 

En amable respuesta a la solicitud de envio de un cuento, por parte del editor de El Guaicán Literario, Agustín de Rojas respondió el 30 de diciembre del 2002, enviándonos este fragmento primario de su obra El año 200.
El editor ha creído interesante incluir partes del texto explicativo que el autor envió en su misiva:

[sic] Por eso viré la casa abajo buscando entre mis papeles viejos (así desenterré el cuento Aire, y otras cosas que llevaba siglos buscando) y encontré en una revista Revolución y Cultura (12/85) un fragmento de El año 200 -te advierto que no estoy seguro de que en El año 200 publicado aparezca igual; pude haberlo cambiado, pues si no recuerdo mal lo entregué a la Editorial Letras Cubanas a mediados de 1988. En fin, te paso ese fragmento:


1
- "... porque seguimos un camino cubierto de cadáveres. Mas no llores por ellos. Para darles una lágrima, una sola lágrima a cada uno de esos muertos, necesitarías diez vidas. Recuerda que sólo tienes una. Empléala en alcanzar la meta final. Ése será tu mejor tributo a los que murieron"- terminó de recitar Aisha, y su voz temblaba.

Tanteando en la semioscuridad del cuarto, una mano buscó su cara.
- ¿Por qué lloras?- preguntó Vern. Giró su cuerpo hacia ella, y la abrazó con fuerza-. No llores; me haces daño.

Con esfuerzo, la muchacha se controló. Respondió, la voz todavía húmeda:
- No digas eso, amor. Nunca, nunca te haré daño...

Y sus cuerpos se buscaron, instintivamente. La vaga luz de la habitación se atenuó, se atenuó, hasta desaparecer.
Luego, gradualmente, regresó.

Vern dijo en un murmullo:
- No sé por qué me siento tan bien a tu lado...

Aisha no le oyó. Su mano pasaba, rítmica, una y otra vez, sobre el pecho del hombre. De repente, preguntó:

- ¿Sabes por qué lloraba?

Los ojos cerrados, Vern se alzó de hombros.

- Supongo que por esos muertos... Y es tonto; ese viejo autor lo dice él mismo. Ni diez vidas te alcanzarían.

Aisha suspiró.

- No lloraba por ellos.

- ¿Por quién, entonces?

- Por mí misma.

Los ojos del hombre se abrieron.

- No te entiendo -sonrió-. Tú no estás muerta.

- Tengo miedo... -susurró Aisha, y un sollozo pugnó por salir; mas
consiguió reprimirlo-. Tengo miedo a morirme, sin llegar.

Vern dejó escapar una breve risa.

- Quisiera saber qué no podrás alcanzar tú, Aisha.

La muchacha lo miró, y sonrió por un instante.

- Quisiera tener tu confianza, amor.

Suspirando, Vern se sentó en la cama, de cara a ella.

- Aisha, no sé por qué elegiste esa profesión... -sacudió la cabeza, con aire preocupado-. Nunca creí que la ingeniería emocional pudiera ser algo tan destructor.- No lo es, Vern.

- Sí lo es; basta con verte. Verte de noche, claro. De día, eres otra; la alegría, la belleza, la fuerza de la vida personificada... Este trabajo te mata. ¿Por qué no lo cambias?

El rostro de Aisha se tornó serio.

- No puedo cambiarlo, Vern. No puedo dejarlo. Soy como soy, por él. No da muerte. Da vida. Mi vida, ¿comprendes?

El hombre replicó con brusquedad:

- No; no comprendo -suavizó su expresión-. Aunque quizás sea mejor no comprenderte. Aceptarte así, con esa aura de extrañeza, de misterio. Que sigas siendo mi pequeña diosa... Cuánto te amo, Aisha -dijo, y hundió la cara en el seno femenino.

Aisha acarició con ternura sus cabellos, la mirada perdida en el vacío... Frunciendo las cejas, preguntó:

- ¿Qué hora es?

Una voz niña respondió:

- Las ocho horas con treinta y siete minutos, Aisha.

Por un segundo, el cuerpo de la muchacha se rigidificó; después, se convirtió en un torbellino de actividad. Con ambas manos alzó la cabeza del sorprendido Vern, se deslizó fuera de la cama, y pidió con voz llena de urgencia:

- Ropa, Elfo; ¡y que sea fácil de poner!

De la pared brotó una túnica semitransparente.

Vern se sentó en el borde de la cama.

- Había olvidado que tengo cita con Harry, a las nueve -explicó
entrecortadamente Aisha, vistiéndose con movimientos rápidos, seguros.

- ¿Harry?
Aisha se detuvo; lo miró. Sonrió.

- A veces olvido cómo eres... Tontito, Harry Mergenthaler es mi
sicosociólogo.

Vern dirigió sus ojos al techo. Sabía que mirando el cuerpo joven, terso, de Aisha no podría pensar. Y tenía que recordar algo... Eso.

- ¿Pero no lo habías visto la semana pasada?

Diestras, las manos de Aisha trenzaban las cintas de las sandalias en torno a sus piernas. Respondió:

- Sí. Pero me llamó por la madrugada, mientras dormías. Parece que surgió algo extraño en mi análisis... -alzando la cabeza, dirigió una mirada luminosa a Vern

-. Tal vez mi amor hacia ti -impulsivamente se acercó al hombre, y lo besó en un pómulo-

Debe ser un fenómeno único -concluyó, sonriendo.

Vern alargó los brazos, intentando abrazarla. Ella retrocedió, moviendo la cabeza negativamente, la mirada traviesa:

- No, cariño; voy a llegar tarde...

2
Giles examinó, por enésima vez, la diadema. ¿Habría cometido algún error?
No. Su brillo estaba intacto. Había seguido al pie de la letra las
instrucciones de Sybil. Ahora, en el sicotransductor se habían fusionado la mente de "Ojos Bellos" y su condicionamiento. Un condicionamiento especial.

 

Sí, ni siquiera el de Gayla podría comparársele... ¡Y en ese cuerpo,
Dios!

Su respiración se había acelerado. Tragó la saliva que había llenado su boca.

Cálmate, se dijo, mirando la hora en la pared.

Ya debe estar al llegar. Que te vea como siempre; sereno, amigable. No debe desconfiar...

Miró las paredes. Las ondas verdiazuladas se movían rítmicamente, creciendo, encogiéndose... Habría que rebajar un tanto el matiz azul; demasiado frío para Aisha Dewar.

El verde debía predominar.

Manipuló los controles, y contempló brevemente el resultado: el tono justo. Cerró los ojos. No debía exponerse al efecto hipnótico de las paredes.
Debía conservar su mente alerta, pese a la noche sin dormir. Debía esperar tranquilamente. Esperó.
Abrió los ojos para lanzar una rápida mirada a la hora, y volvió a
cerrarlos. Las 09:11. Se estaba demorando demasiado. ¿Le habría pasado algo?
No. A las seis de la mañana estaba perfectamente normal, a juzgar por su voz. No era posible que en apenas tres horas ella, precisamente ella...
¿Y si le hubiera ocurrido algo?
Sus manos apretaron los brazos del asiento.
No podía descartar esa posibilidad, por pequeña que fuera. En ese caso, tendría que buscar otra... Pero, como Aisha, ninguna. No, semejante cuerpo no tenía igual... Pero si le hubiera pasado algo... ¿Quién, entonces?
Su mente empezó a recorrer inútilmente los recuerdos del antiguo Harry.
No. Esa no. Esta, quizás... Apretó los labios. No debía desesperar, todavía.
Aisha era una típica ingeniera emocional. Temperamental, impulsiva. No sería algo extraño en ella llegar tarde, absorbida en algún trabajo... Pero ¿si no llegaba?

Se levantó del asiento. Caminó de un extremo a otro del cubículo, la mirada fija en el suelo, huyendo de las peligrosas paredes. Aisha...
Las 09:21.
Sus manos tomaban y dejaban uno tras otro los estereogramas. Rostros, cuerpos. Rostros, y más cuerpos. Éste, tal vez... No. No.
Se enderezó, apretando los dientes. Calma. Serenidad. No debía dejarse dominar por los nervios. Todavía ella podía...

- Alguien quiere entrar -dijo la puerta.

- Instintivamente, Giles dio un paso hacia ella, y se detuvo. Así no.
Antes, debía relajarse. Ser el alegre, el tranquilo Harry de siempre. Inspiró profundamente. Otra vez... Así.

Caminó hacia la puerta, ordenándole:

- Ábrete.

Y por un angustioso segundo lo hirió la duda, congelando su sonrisa: ¿Y si no fuera ella?

La puerta se abrió.
En el umbral, el rostro encendido, la respiración todavía agitada, estaba Aisha. Atropelladamente, dijo:

- Perdona, Harry; pero no pude evitar la demora...

La sonrisa en el rostro del hombre recobró vida. Haciéndose a un lado, le indicó que entrara, diciéndole:

- No tiene importancia; conozco lo absorbente que es tu trabajo...

El rubor de la muchacha se acentuó, mientras caminaban hacia sus
asientos.
El detalle no escapó a los entrenados ojos de Giles; exhaló un suspiro.
Si no se trataba de trabajo, con Aisha Dewar sólo podía haber otro motivo. Y significaba otra complicación... Bien; ya la resolvería cuando llegase su momento.
Sentándose, Aisha contempló las paredes. Comentó:

- Qué bonito tienes hoy el cuarto, Harry...

Giles no contestó. Aisha se acomodó en el asiento, los ojos fijos en los remolinos verdosos.

- ¿Sabes, Harry?

- ¿Qué?

- Al fin... al fin lo encontré.

En silencio, Giles asintió. No se había equivocado.
Aisha se volvió hacia él, desprendiendo con trabajo la mirada del
oscilante mar.

- Ya sé lo que piensas; no hace falta que me lo digas. Otra vez Aisha Dewar vuelve a engañarse a sí misma... Pero no, Harry. Esta vez no.

- Te creo.

La muchacha sacudió la cabeza, y su pelo se esparció sobre sus hombros.

- No, no me crees -suspiró, y sus ojos regresaron a las paredes-. No puedes creerme. Tantas veces te he dicho lo mismo... Pero esta vez, sí es verdad -trenzó las manos, esforzándose en hallar las palabras adecuadas-. Es algo tan distinto...

Sí. Siempre era igual, se dijo Giles, y lo que quedaba de Harry
Mergenthaler. Dentro de él se agitó, henchido de compasión... ¿Por qué Aisha Dewar se había trazado esa meta imposible? Un amor eterno... ¿Acaso podían encontrarse dos términos más incompatibles?

Distraídamente, Giles hundió de nuevo a Harry Mergenthaler en la noche. Su sentimentalismo le estorbaría. Aunque, después de todo, lo que iba a hacer era una obra de misericordia, se dijo. Que Aisha muriera ahora, cuando creía haber encontrado al amor verdadero, antes de que la desilusión llegara otra vez, era un acto piadoso. ¿Cuántas veces puede un ser humano reemprender
la búsqueda de lo imposible? Y Aisha Dewar era humana. No podía imaginarse cómo sería cuando perdiera, definitivamente, la ilusión... Los antiguos sabían, sin lugar a dudas: "Los amados de los dioses mueren jóvenes".

- Harry...

- ¿Dime?

- ¿Cuál era el problema?... ¿El problema de mi análisis?

Giles concentró su atención en la muchacha. Había desenlazado las manos y ahora yacían, inmóviles, sobre sus muslos. Miraba las paredes, y sus ojos parpadeaban, cada vez con mayor frecuencia. Todo marcha bien... pero aún falta, se dijo. Usó la voz sedante:

- No quiero alarmarte sin necesidad, Aisha. Puede, debe ser un error de los instrumentos. Hoy vamos a realizar otra prueba. No es como las anteriores
.

Los ojos de Aisha habían dejado de parpadear. Miraban fijamente las olas avanzar, retroceder, avanzar...

- De cierta forma, ha empezado ya.

- Sí...

Giles se inclinó hacia delante. Continuó:

- Debes relajarte. Relajarte por completo.

- Tengo sueño... Mucho...

- Sí. Relájate. Duerme -susurró Giles, y esperó.
Un minuto. Dos.

- ¿Aisha?

No hubo respuesta. Adelantando la mano, Giles la tocó por el hombro. No reaccionó. Con un suspiro, se levantó del asiento...

3
La flor.
La mano. La pequeña mano, apretando, firme, el tallo de la flor.
Gente.
Gente caminando aprisa, siempre aprisa; altos, muy altos. Gente, lejos.
Gente, cerca.
Fatiga.
Fatiga en las piernas, en las cortas piernas, apresurándose,
apresurándose.
La otra mano dentro de su mano. La mano de la madre.
Fatiga, en el brazo tenso... ¿Por qué tanta prisa?

- ¿Mamá?

- ¿Qué?

- ¿Falta mucho?

Una mirada clara, desde lo alto. Una sonrisa cansada.

- Poco, amor. Ya estamos llegando.

¿Llegando? ¿A dónde?

Gritos.
El temor renaciendo en su pecho.
La silueta corriendo, escapando entre otras siluetas, acercándose.
El miedo, frío y pegajoso, inmovilizándola.
La silueta creció.
Se convirtió en un hombre. El hombre. Barba hirsuta, cabellos largos, despeinados. Ojos enloquecidos. No humanos.
El frasco, agitándose.
Las otras siluetas retrocediendo, alejándose. El terror fluyendo hacia ella, desde el intranquilo corazón de la multitud.
El frasco, acercándose a su cara.
Las gotas, brillando amarillentas al sol.
Las gotas, siguiendo lentas trayectorias hacia su piel.
El ácido, tocando su cara. Tocando sus ojos...
¡Sus ojos!
Beryl Sand despertó, estremecida por el viejo horror. Instintivamente, sus manos buscaron sus ojos, los ojos que no debían estar...
Estaban.

Palpó, incrédula, las suaves cejas. Los párpados -¡párpados, Dios mío!- cerrados. Con las yemas de los dedos sintió las gotas de humedad, fluyendo... ¿Lloraba? ¿Podía llorar, otra vez?

No. No podía ser. Era otro sueño. Otra pesadilla, mucho más cruel que la antigua.
Lloró con más fuerza, y las lágrimas corrieron por un rostro extraño.
¿Por qué no despertaba? No podía soportar más...

- ¿Ya despertaste, Beryl?

¿Y esa voz?

Buscó en sus recuerdos. No le parecía conocida; y, sin embargo, le era familiar. Le traía antiguas memorias; niños corriendo, el cielo, el verde campo... Quitó las manos de sus ojos y los abrió, curiosa por ver a su interlocutor.

¿Cómo?

¡Veía!

¡Estaba viendo, de veras! Había colores, los colores olvidados hacía tanto tiempo, desde que había sido condenada a vivir en aquel horrendo universo gris...

Le costaba trabajo enfocar la mirada. Todo parecía estar demasiado cerca; los colores, los maravillosos colores, se mezclaban, se confundían...

- Poco a poco, Beryl. Tienes que acostumbrarte de forma gradual. Cierra los ojos.

De mala gana, Beryl obedeció... Pero ¿qué estaba viendo ahora? Sonrió. Lo había olvidado: había pasado tanto tiempo que había olvidado los chispazos de luz, los juegos de colores sobre la oscuridad que se ven con los ojos cerrados...

Una mano se posó sobre su hombro desnudo, y sintió un suave calor invadiéndola. No sabía por qué, pero le era muy agradable. La hermosa voz volvió a hablarle:

- Continúa llorando, no te reprimas. Llorar te hará bien.

La mano sobre la tibia piel estremecida, Giles esperó a que el llanto de Beryl se agotara.
Llegaron los últimos sollozos, secos. Lentamente, el cuerpo femenino se distendió.
Giles esperó un poco más.
Finalmente, dijo:

- Bien; ya puedes volver a abrir los ojos.

Los párpados palpitaron, temerosos.
Se abrieron, descubriendo dos lagos verdes, asombrados.
Beryl miró.
Todavía veía los objetos un tanto borrosos... Parpadeó para limpiar su visión del resto de las lágrimas, y el mundo adquirió una nitidez deslumbrante.

- ¿No hay problemas?

- No -respondió Beryl, y se sorprendió; aquella voz no era su voz. ¿Qué le había pasado? Intranquila, preguntó:

- ¿Quién es usted? ¿Qué hago aquí? ¿Qué me han...? -y se interrumpió, porque sus ojos habían mirado por primera vez a su interlocutor, y una sensación extraña había nacido en su interior, y se expandía en dulces oleadas por su cuerpo...


Antes de responder, Giles retiró su mano del hombro femenino. No era necesario ya; el condicionamiento entraba en su fase final.

- Trataré de responder en orden tus preguntas -dijo, y sonrió-. Me llamo Giles...

Giles. Qué nombre tan hermoso.

-... el por qué estás, estamos aquí, es más difícil de explicar. Se trata de un proyecto especial; el proyecto...

Beryl dejó de oír. O más exactamente, de escuchar; continuaba oyendo la voz, meciéndose en ella, y la desconocida sensación se hacía más y más intensa, intolerablemente aguda, inexplicablemente placentera. Sus ojos bebieron cada rasgo del rostro de Giles mientras hablaba, y ávidamente recorrieron sus
brazos, la blanca túnica, sus piernas...

- ¡Beryl!

Sobresaltada, despertó de su ensueño.

- ¿Qué?

Giles movió, sonriente, la cabeza.

- Nada... Estoy viendo que no me escuchas.

- No, no; sigue hablando, me gusta oírte hablar -dijo apresuradamente.

Beryl, y enrojeció; ¿qué estaba diciendo?

- No... Continuaré las explicaciones después. Ahora, lo mejor será que te levantes y te vistas.

¿Vestirse? Beryl bajó la mirada a su cuerpo, y lo vio desnudo. Y no era, tampoco, su cuerpo; era... hermoso. Instintivamente, trató de cubrirse con sus manos; pero algo adentro detuvo el movimiento apenas iniciado, y aceleró los latidos de su corazón. Con un hilo apenas de voz, susurró:

- Giles...

- ¿Qué tienes? -preguntó Giles, inclinándose sobre ella; y de inmediato la respiración de la muchacha se hizo desigual, como si algo le oprimiera el pecho-. Ah, comprendo. Te has asustado al verte flotando en el aire, ¿no?
No hay motivo para tener miedo. Se trata de un generador gravitacional...
Pero ¿qué era lo que estaba sintiendo? ¿De dónde habían salido esos deseos antes desconocidos? Se preguntó Beryl; e hizo un último, desesperado esfuerzo por controlarse, por dominar su indócil cuerpo, y fracasó.
Impulsivamente, sus manos se tendieron hacia el hombre inclinado sobre ella.

- Giles, Giles...

- ¿Qué?

- No comprendes, no comprendes nada... -gimió, y con ambos brazos rodeó el cuerpo masculino y lo atrajo, con toda su fuerza, sobre el suyo.


Del texto explicativo del autor (continuación):
[sic] Pasando lo anterior, me di cuenta de que cambié los nombres de los protagonistas principales de la escena anterior; el personaje femenino que aquí se llama Beryl Sand, en la versión publicada se llama Alice Welland.
Y el personaje masculino, llamado Giles Houdry, se llama Stephen Houdry en el libro ya publicado. Además, he introducido modificaciones en la puntuación -pocas- respecto a la versión aparecida en esa Revolución y Cultura. El problema es que no puedo pasar un texto mío sin introducirle modificaciones; siempre me parece que está inconcluso, todavía sin el acabado necesario y cambio, y vuelvo a cambiar... Creo que el lector no debe darse cuenta de esos cambios (excepto, por supuesto, en los nombres de los personajes) pero los críticos podrán darse banquete gracias a ti; tienen ahora tres versiones distintas de esta escena.

Esperando haberte complacido, se despide de ti tu amigo
Agustín.

 

 
 
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