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¿Existe la ciencia ficción cubana?
O... sencillamente se trata de ciencia ficción hecha en Cuba
Bosque
Novela. Capítulos 1 y 2
Por R. E. BOURGEOIS
 
 
Polvo en el viento, antología de la CF cubana
 

1.
El hombre descansaba en un asiento de la Sala de Control contemplando las estrellas distorsionadas del hiperespacio. Había dejado de pensar en su aburrimiento.
Con la nave a media travesía, el resto de la tripulación hibernada, el cubículo a media luz y las pantallas opacas, cada panel destellaba a intervalos largos, acompañándose de apagados bips que acentuaban la monotonía.
Pensó en las seis semanas que faltaban para su relevo. Acababa de comer y bebía una cerveza con hastiada parsimonia. Se sentía lleno, pero no satisfecho. Hubiera deseado un compañero durante la guardia.
Recordó un astro azulado reflejándose en las pantallas. Durante las diez semanas que habían girado en torno de aquella estrella la actividad de la tripulación había sido un desorden controlado; el objetivo del viaje. Rememoró jornadas de estudio y la especie de furia conque se acumulaban gigabytes de información.
Levantó la lata y la vació con un par de sorbos. Eructó, se estiró y apoyó los pies contra el borde de su pizarra; varios paneles guiñaron sus luces como reprochándole aquella falta de urbanidad y volvieron a apagarse indicando que todo iba bien. Decidió que era hora de acostarse, aunque no tenía sueño. Se incorporó con desgarbada negligencia y vagó por la Sala de Control. Había ideado el tonto juego de dormir cada noche en un sillón distinto. Esta vez le tocaba el del capitán. Se sentó y extendió el respaldo hacia atrás hasta convertirlo en un lecho. Se acostó después de quitarse los zapatos, percibió el olor del capitán impregnado en el tejido que tapizaba el asiento. Lo disfrutó y pensó en relaciones sexuales durante el tiempo que tardó en dormirse después de un bostezo.
La nave nunca dormía. Sus neuronas intercambiaban flujos de información que originaban acciones en el organismo del aparato. Se sucedían comprobaciones provocando la activación de un ejército de sensores periféricos de la computadora directriz. Estos sensores eran avanzadillas destacadas cerca de las unidades independientes. Corrientes de energía se derramaban a través de la red de circuitos activando mecanismos.
El hombre llevaba dos horas durmiendo cuando ardió un circuito impreso en una celda de conversión debido a una sobrecarga mal compensada. Era un dispositivo del tamaño de la uña de un niño. Al inutilizarse bloqueó el flujo de electricidad a la celda de conversión y afectó el sistema de enfriamiento de las cubiertas del hiperimpulsor. La temperatura ascendió y un sensor lo informó. De inmediato los enfriadores no afectados recibieron una dosis extra de energía. Durante otra hora los dispositivos lucharon contra la anomalía. Al final un nuevo circuito se fundió y el serpentín de otro enfriador dejó de funcionar.
La computadora hizo sonar la alarma en la Sala de Control. El hombre despertó y advirtió el sonido áspero que llenaba el recinto. Llevaba largo tiempo en soledad y acababa de despertarse de un sueño agradable, pero su mente estaba entrenada. Corrió descalzo hacia la pizarra. Con una mano desconectó la alarma y con la otra pulsó un conmutador y activó totalmente la Sala de Control. Un hervidero de luces chisporroteó acompañado de alarmados bips.
Se sentó en el lugar correspondiente y accionó controles específicos mientras leía en pantalla lo que estaba ocurriendo. En un display la información se formó en columnas que destellaron como un pelotón de obedientes hormigas brillantes.

EMERGENCIA EN IMPELENTE.
SOBRECALENTAMIENTO EN CUBIERTAS PRÓXIMO A LÍMITE DE SEGURIDAD.

El hombre solicitó otros datos y los obtuvo. Se reclinó sobre la consola y evaluó la situación.
Un nuevo incremento de potencia en el enfriador que aún funcionaba podía originar su inutilización. Si la temperatura en las cubiertas del hiperimpulsor rebasaba el límite de seguridad comenzarían a ocurrir procesos peligrosos que ocasionarían la fusión de elementos internos del núcleo.
Elementos irremplazables.
El hombre reflexionó con dificultad durante doce segundos. Después extendió una mano, pulsó una serie de once teclas y desconectó el impelente. No fue suficientemente rápido.
Desde el momento de sonar la alarma habían transcurrido treinta y cuatro segundos, durante los cuales la computadora había continuado su silencioso y eficaz trabajo con la red energética de la nave, pero no pudo evitar que en ese tiempo se estropearan otras dos celdas y comenzaran a carbonizarse decenas de metros de líneas de energía. La aleación de las cubiertas del hiperimpulsor comenzó a alterarse. Estallaron cortocircuitos e incendios eléctricos que sofocaron los aparatos asignados. Todo un subsistema entró en disfunción crítica mientras el soñoliento oficial reflexionaba.
El hombre leyó todo aquello en los aparatos. Contempló la apariencia de las estrellas y supo que la nave estaba ya fuera del hiperespacio. Comenzó a pensar con claridad.
Solicitó una nueva evaluación y la obtuvo.

DESCONECTADO IMPELENTE.
INCENDIOS ELÉCTRICOS BAJO CONTROL.
SOBRECALENTAMIENTO EN CUBIERTAS IMP. DESCENDIENDO.
SUBSISTEMA B-03 EN DISFUNCIÓN.

Cuando una nave interestelar deja de moverse por el hiperespacio de inmediato se interponen siglos de viaje entre ella y su destino.
El hombre conocía esa verdad de Pero Grullo tan bien como el nombre de su madre.
Se acercó al dispositivo que controlaba la hibernación y puso en marcha la reanimación correspondiente al capitán.
Volvió a su consola y se sentó durante un tiempo que le pareció largo, pero no lo fue. Cuando salió del estupor volvió a recabar datos. Los necesitaba para evaluar daños e informar al capitán.
Olga se incorporó. Se sentó con los antebrazos sobre las rodillas luchando contra la tremenda lasitud y sacudió la cabeza. El pelo le cayó sobre los ojos y pensó con negligencia que necesitaba cortárselo.
Después de meses en hibernación se sentía tan torpe como un mamut oligofrénico. Un dolor en las ingles le anunció la proximidad de su menstruación, el organismo se ponía en marcha después de un largo período de suspensión animada. Pensó irritada que siempre le ocurría lo mismo después del sueño, se masajeó el bajo vientre con una mano aún débil y levantó la cabeza para mirar a Tatsuya que se había acomodado en el borde del alvéolo.
- ¿Algún problema? - hizo la pregunta con voz pastosa y sabiendo que los había. Si todo marchara bien debía ser Pedro quien la despertara en la última fase del viaje, exactamente tres semanas antes de llegar a Sol.
- Los impelentes - informó Tatsuya.
Olga miró un par de minutos el rostro impenetrable y cejijunto de su joven oficial, suspiró y notó que el dolor en sus ovarios aumentaba.
Tatsuya la ayudó a salir del alvéolo y la llevó del brazo hasta el cubículo de aseo.
Bajo la ducha la temperatura era tórrida. Olga se apoyó en la pared y arqueó el torso hasta que sus vértebras protestaron, se enderezó y disfrutó el agua cálida sobre la cara y los pechos durante un rato. Recordó su cargo de capitán y salió fuera del chorro.
Tatsuya le alcanzó una toalla gruesa. Se frotó lentamente.
- Informa.
- Sucedió algo en el impelente. La computadora dio la alarma en la Sala de Control. Desconectó el hiperimpulso, hice una evaluación preliminar de la situación y ordené tu reanimación.
- Bien hecho - concedió Olga. Su tono fue satisfecho, pero no sonrió. Tatsuya había llegado a conocerla bien y sabía que las dos palabras equivalían a todo un discurso de felicitación. - ¿En este momento está todo bajo control?
Tatsuya asintió. Olga se encaminó a un casillero y sacó algunas prendas al azar. Se puso una chaqueta y unos pantalones que le quedaban grandes. Metió los pies en unas zapatillas planas y se peinó con los dedos. Nunca había usado maquillaje, era de esas
mujeres que se ven mejor al natural.
Echaron a andar por un corredor en penumbras. Al pasar por el cubículo que hacía las veces de comedor Tatsuya recogió una bandeja con un abundante refrigerio que Olga le agradeció con un gruñido y continuaron hasta la Sala de Control.
Olga se sentó y devoró la comida en diez minutos mientras Tatsuya le mostraba en una pantalla su informe de los daños.
- Parece algo respetable - dijo entre dos bocados. - No implica peligro para los sistemas de supervivencia, pero si una seria disminución de la navegabilidad.
Tatsuya asintió.
- Yo no diría disminución sino imposibilidad.
- Aún está por verse. De todas formas hiciste bien en despertarme. ¿Cuánto tiempo llevas sin dormir?
- Veinticuatro horas.
- Duerme mientras yo hago una nueva evaluación a fondo.
Tatsuya tomó un somnífero con una taza de chocolate y se reclinó en un sillón. Olga se sumergió en el trabajo. Durante ocho horas escudriñó todo el organismo de la nave como un escalpelo cibernético, solicitando información que desfilaba ante sus ojos en forma de diagramas y columnas de cifras y funciones. Comprobación tras comprobación arrojó el mismo resultado; la magnitud de la avería era considerable. Olga era bastante voluntariosa. Activó un sistema de emergencia y trató de hacer funcionar todo el complejo, pero sólo logró poner en funcionamiento una hilera de rojas señales de alerta.
"Esta mierda va a arder si continúo", pensó con rabia mientras desactivaba el sistema.
Se reclinó en el asiento y se estiró con una falta de educación que no molestó al dormido Tatsuya. Bostezó un par de veces y llegó a la evidente conclusión.
Se acercó a Tatsuya y lo despertó.
- Conecta la reanimación de los demás.
Se tumbó en otro asiento y trató de dormir.
Los alvéolos se abrieron y la tripulación se movió como un puñado de recién nacidos.
Pedro se sentó al borde de su alvéolo y sonrió a Tatsuya, aún tenía los ojos turbios.
- Dale una mano a Evi.
Tatsuya se acercó a la menuda y rubia Evi. Estaba apoyada en un antebrazo y respiraba con dificultad.
- ¿Cómo vas? - se arrodilló junto a ella.
Evi abrió los ojos. Parpadeó y los volvió a cerrar.
- Todavía no he salido. Tengo taquicardia y estoy entumecida.
Tatsuya hurgó en un bolso que llevaba bajo el brazo y sacó un comprimido. Ayudó a Evi a tragarlo y le friccionó la espalda y los brazos.
Jim salió y se estiró como un gato.
- Buen trabajo - observó sin razón aparente y se apresuró a ayudar a Hugo, que no conseguía incorporarse.
Albio dejó de frotarse las sienes y abrió los ojos.
- ¿Estás bien? - le preguntó Sailo, que tenía un metabolismo alto y ya estaba de pie y moviéndose. Se acercó a Albio y le aplicó un masaje en la espalda.
- Gracias - murmuró Albio respirando un poco mejor.
Pasaron al cubículo de aseo ayudándose unos a otros. El espacio era insuficiente para siete personas, pero en una nave de aquel tipo los tripulantes no perdían el tiempo con falsos pudores. Se apretujaron bajo los chorros de agua caliente frotándose con gel de baño y tropezando como topos mojados.
Tatsuya contempló el patético grupo de hombres y mujeres ajados por la hibernación. No tenían una apariencia agradable. Estaban fláccidos, habían acumulado grasa, tenían la piel mustia y exceso de vello en el rostro de los hombres y las axilas de las mujeres.
Tatsuya los dejó recrearse cinco minutos y luego les recordó brevemente que el capitán esperaba en la Sala de Control. Se vistieron en silencio.
- ¿Qué dice la gran jefe? - preguntó Sailo.
- Hay avería a bordo. Todos a la Sala de Control. Jim y tú abajo con las máquinas.
Hugo hizo un ruido de disgusto y se tocó el estómago.
- No puedo entrar en la Sala si antes no como algo. Estoy muerto de hambre.
Hubo un par de gruñidos de asentimiento. Jim terminó de calzarse los zapatos y se pasó las manos por la barbilla recién afeitada.
- La comida puede esperar. Si hay avería es mejor saber que gravedad tiene.
Hubo un coro de protestas que Tatsuya acalló.
- Pensó en eso. Hay algo de comer preparado. Pueden tomar un refrigerio antes de empezar a trabajar. Ahora muévanse.


Al principio todo era una vastedad estéril azotada por el sol. El sistema era joven, el planeta se había enfriado hacía unos pocos millones de años y estaba listo para servir de substrato, pero los líquidos escaseaban y sólo lo cubría una débil capa gaseosa, originada por sublimación de diferentes elementos.
Algunas combinaciones de estos generaron en el transcurso de milenios, microscópicas formas de vida primitiva en el subsuelo seco. Allí el ambiente era menos calcinante, había oscuridad y ausencia de vientos. Las primeras formas pseudobacterianas lucharon ciegamente durante eones, subdividiéndose, reproduciéndose por bipartición y desarrollando rudimentarios sistemas de supervivencia por alimentación quimiotráfaga.
Como subproducto de la primitiva actividad metabólica de aquellos microorganismos se fueron originando sustancias que modificaban la composición química de su entorno, haciéndolo más favorable para su vida. Afianzadas en aquel habitat de viscosidad polvorienta no mucho mayor de algunas decenas de metros cuadrados, las primitivas formas de vida comenzaron su carrera de milenios en el río de la creación.
No todos los microorganismos eran idénticos, varios tipos, desarrollándose en condiciones difíciles, originaron a través de milenios formas de organización superiores y diversas.
Los primeros tataranietos de Bosque fueron unas formaciones parecidas a tubérculos rugosos, que se desarrollaron como seres subterráneos, privados de excrecencias, sólo con los órganos mínimos para la supervivencia.
Los "tubérculos" no fueron los únicos entes orgánicos, otras formas de análogo nivel de organización aparecieron paralelamente, estas eran también primitivas, elementales, meras agrupaciones de tejidos dedicadas por completo a la subsistencia y la reproducción.
Durante un tiempo equivalente a cien mil años aquella muda evolución continuó en el subsuelo. Los "tubérculos" desarrollaron rústicos remedos de órganos excrecencias pseudotáctiles, que se extendieron como raíces, buscando alimento en las moléculas de minerales que se ofrecían a sus tímidas exploraciones. Esta capacidad dio a los "tubérculos" una ínfima ventaja sobre sus competidores, que habían llegado al estado de cuasi animales, colonias de amiboideos que no poseían habilidades notables. Esta experiencia, unida a la identidad de necesidades alimentarias, determinó que aquellos seres fueran derivando hacia formas parasitarias de los tubérculos.
Comenzó a gestarse el primer conflicto ecológico. Los tubérculos necesitaban alimentarse mejor y reproducirse más rápidamente, ello determinó lentas, pero radicales mutaciones. A través de eternidades de tiempo los nuevos brotes de tubérculos fueron más y más capaces de ampliar su universo nutricio; llegado el momento pudieron asimilar sustancias vitales de otros organismos, elaborarlas y autocombinarlas con su propia savia para crear nuevos compuestos químicos. Sus células se hicieron más complejas y organizadas, comenzaron a aparecer especificidades tisulares. Se desarrollaron redes de canales en sus raíces y apareció un reflujo de alimentos entre los "tubérculos".
Estas armas estratégicas determinaron el curso de la larga guerra evolutiva. Los tubérculos iniciaron el exterminio de las formas de vida rivales, borrándolas del ecosistema o asimilándolas como simbiontes, la batalla final se libró muchos milenios después, en otro escenario. Tal simbiosis significó la primera gran revolución genética para los "tubérculos", comenzó a acelerarse su ciclo evolutivo, aparecieron variedades que se desarrollaban, reproducían y morían en períodos cada vez más cortos. De la fusión de ambas especies y su posterior diversificación apareció el primer ser pseudovegetal provisto de rudimentarios órganos mantenedores de la supervivencia, aparecieron también los rudimentos de la comunicación, basada en el flujo de compuestos químicos entre "tubérculos".
Nuevas eternidades transcurrieron y nacieron en los tejidos superficiales delicados órganos sensibles al calor o el frío, a la salinidad o acidez, a la humedad o la sequedad.
Esta rudimentaria percepción dio por primera vez a los "tubérculos" la conciencia de su propia existencia por contraste con otros fenómenos ajenos, además de las formas de vida pseudoanimal, que aún no habían conseguido eliminar.
Los "tubérculos" fueron entonces capaces de emitir "brotes" cada vez más largos y fuertes que se extendieron en busca de condiciones más favorables. Estos balbuceos exploratorios condujeron al descubrimiento de la superficie y de un medio totalmente nuevo, la atmósfera.
Como instrumentos de detección, los brotes acumularon información, cada tubérculo fue a partir de entonces como un pequeño laboratorio donde se fraguaban los cambios genéticos.
Era una nueva batalla, de prueba y error, y la posibilidad de conquistar un mundo.


2.
Cuando entraron a la Sala de Control Olga estaba sentada en su puesto, entre la consola del oficial navegante y la del calculador. Bebía una taza de café. Cada quien ocupó su lugar. Albio y Evi se sentaron en los sillones de Jim y Sailo, que normalmente trabajaban en su sección, muy alejada de la Sala de Control. Como no formaban parte de la tripulación, los dos astrofísicos se limitaron a observar.
Olga saludó brevemente a su tripulación, puso su taza sobre una consola. No necesitaba informar de la avería, Tatsuya había advertido a los demás.
- Procedimiento - pidió.
Tatsuya oprimió una serie de botones en su pizarra. Pedro trabajó con su computadora. Aparecieron columnas de cifras en las pantallas, el oficial calculador las sometió a comprobación y pareció satisfecho.
- Estamos a medio camino - informó.
- Se mantiene en rumbo correcto - informó Pedro.
- Todo parece bien en cuanto a la derrota, salvo que estamos fuera del hiperespacio a velocidad sublumínica.
Hugo estaba computando algo que recibían los sensores ópticos. Recibió una respuesta en su consola y la informó.
- Nos acercamos a una estrella.
- Magnífica noticia - Pedro.
Olga estaba barajando posibilidades.
Oprimió el intercomunicador de la sección de ingeniería.
Al otro lado Sailo recibió la llamada.
- ¿Cómo están las cosas?
- No muy bien - contestó Sailo - hay un montón de desastres aquí.
- ¿Pueden repararlo?
Jim contestó en lugar de la ingeniero.
- Podemos reemplazar circuitos y reconstruir las celdas, pero si están alteradas las cubiertas del núcleo y creo que lo están, sólo se pueden cambiar con la nave sobre una superficie - la voz del master tecnólogo sonaba tan impersonal como siempre. Era un hombre inalterable. Olga lo admiraba en silencio.
- ¿Están alteradas o no? - preguntó.
- No las he comprobado todavía, pero calculó las temperaturas que se portaron sin enfriamiento adecuado.
- Bien, asumo entonces que lo están. Eso nos deja sin impulso.
- Podría repararse el sistema de enfriamiento, pero con las cubiertas dañadas tarde o temprano se abriría una fisura.
Olga imaginó los efectos de una fisura en el impelente durante el funcionamiento. Tragó saliva.
- Correcto Jim. Sigue tu trabajo e informa con regularidad.
Cortó la comunicación e hizo girar su asiento para quedar de frente a los otros dos oficiales.
- Ya lo han oído. No tenemos hiperimpulso y es imposible reparar las cubiertas en el espacio. Mi opinión es que la única opción es descender en alguna parte para hacer la reparación. ¿Alguna otra idea?
Tatsuya denegó con un solo movimiento de cabeza. Pedro se rascó un antebrazo.
- Tú lo has dicho. No hay otra opción.
- Puedo calcular una órbita hasta la estrella que dije hace un rato - ofreció Hugo - Quizás tenga planetas.
Albio carraspeó y habló con voz espesa.
- ¿No olvidas nada?
- No sé a que te refieres - contestó Olga.
- Nosotros estamos aquí. Supongo que nuestra opinión cuenta. ¿He oído alguna pregunta?
- ¿Quieres decir que te opones a que se repare el impelente?
- Por supuesto que no. Pero no me parece correcto prolongar el viaje sin necesidad.
- Creo haber dicho que la reparación requerida no se puede hacer en el espacio. - dijo lentamente Olga. Albio la irritaba. No le había simpatizado nunca.
- Es posible que el ingeniero no quiera hacerlo en condiciones difíciles.
Olga respiró profundo antes de responder.
- De cualquier forma la decisión corresponde a mi departamento, asesorado por ingeniería. No he solicitado tu opinión porque no la necesito. En cambio la opinión de Jim es la de un experto.
- Esta expedición se ha hecho con el exclusivo objetivo de estudiar la estrella SK-28516.
- Y completar tu teoría sobre ella - dijo Olga con sarcasmo - pero eso no implica que la oficialidad de la nave supedite sus decisiones de trabajo a las tuyas. Tu trabajo era estudiar la estrella, el nuestro llevarlos a ti y a Evi hasta allí y de regreso a la Tierra, déjanos hacerlo.
Albio se mordió el labio superior.
- Nosotros no tenemos nada que ver con averías ni impelentes. Esta nave está equipada con la tecnología más reciente, no creo que sea imposible reparar cualquier daño en vuelo. Exijo que se haga así.- dijo Albio.
Evi se removió molesta en su asiento
- Cuando tengas que decir inconvenientes habla por ti solo, Albio - dijo de pronto Evi.
Olga se sorprendió de la rudeza conque había hablado la astrofísico. Aunque de equivalente calificación científica, Albio era su jefe, o al menos el responsable de la investigación.
- No puedes exigir nada en materia de vuelo - dijo Olga - yo soy el capitán.
Albio se levantó de su asiento y salió violentamente de la Sala de Control. Evi se quedó cortada y comenzó a incorporarse.
- Puedes quedarte - dijo Pedro.
Evi pasó una mirada apenada por los rostros de los tres oficiales y se asió al ofrecimiento.
- Gracias.
Olga le dedicó una de sus pocas sonrisas y consideró zanjado el incidente. No obstante, la breve confrontación con Albio le había dado la idea de una solución de compromiso.
- Dime algo más sobre tu famosa estrella - pidió a Hugo.
El calculador operativo tocó unos cuantos conmutadores y obtuvo una lectura en su pizarra.
- Activa el monitor de la computadora de navegación - indicó Pedro - necesitamos más precisión.
- Lo haré yo - dijo Tatsuya, y trabajó afanosamente un par de minutos. - Lo tengo.
Olga miró la pizarra de Tatsuya por sobre el hombro de éste.
- Parece accesible, dame una imagen visual.
Tatsuya activó las pantallas y en ellas apareció la imagen de un sol rojo anaranjado.
- Tiene dos planetas. El interior está demasiado cerca, muy caliente y pequeño. El exterior parece más cómodo: gravedad un poco mayor que la terrestre y clima tórrido a juzgar por la distancia a su sol.
- No hay nada más para elegir - dijo Olga, - Voy a darles cuatro horas a los ingenieros para terminar de evaluar daños y hacer reparaciones superficiales. Después trataremos de hacer funcionar el sistema. Si no marcha ejecutaremos la operación de acercamiento y descenso. Pedro se queda en la Sala de Control.
Jim y Sailo tenían las caras tiznadas y las uñas rotas. Comprobaban con un medidor especial la potencia en algunas líneas de energía que habían reparado después de retirar las calcinadas por los cortocircuitos. Su profesión no los había acostumbrado a trabajar mucho con las manos y la mayor parte de la reparación era trabajosa. Después de poner en funcionamiento dos sistemas periféricos afectados estaban agotados, en parte por los efectos de la hibernación.
Sailo se sentó sobre la caja de un transfasor y se pasó una mano sucia por la frente.
-¿Has visto tu cara? - le preguntó Jim - parece un yacimiento de carbón a cielo abierto.
Sailo sonrió con cansancio y sus dientes destacaron contra la suciedad del rostro.
- Supongo que Olga quedará satisfecha con lo que hemos hecho.
- No puede pedir más - dijo Jim - tendrá toda la energía que quiera en los propulsores secundarios sin correr el peligro de saltar en pedazos.
Sailo asintió.
- Si no encuentran sitio apropiado para posar este armatoste no sé como podremos cambiar las cubiertas.
- Lo encontrarán - dijo Jim - vamos a comprobar las demás redes. Creo que los generadores de interfase también recibieron lo suyo.


Olga estaba reclinada en el colchón de aire de su exiguo cubículo. En una nave de aquel tipo, los camarotes de las tripulaciones estaban reducidos a la condición de cajas, pero una adecuada ambientación los hacía soportables, incluso acogedores.
La situación de la nave y su propia menstruación le habían ocasionado una migraña aguda.
Evi tocó en el vano de la puerta con los nudillos y entró. Tenía los ojos enrojecidos.
- ¿Qué te pasa?
Evi se sentó en un escabel y se frotó los ojos antes de hablar.
- Quería que supieras .....que la opinión de Albio no es la mía.
- Es innecesario que lo digas.
- Lo único que interesa a Albio es probar su teoría. Llegar a la Tierra y demostrar a todo el Instituto de Astrofísica lo brillante que es y como los viejos doctores están equivocados.
Olga asintió.
- No es mala persona - continuó Evi - sólo demasiado voluntarioso. No toma en cuenta los criterios ajenos.
- Conozco ese tipo de gente - dijo Olga mientras se frotaba las sienes - pero no hay que prestarles mucha atención. Todos no podemos tener la misma opinión.
- Acabo de hablar con él. Me parece que está arrepentido de su exabrupto.
Olga sonrió interiormente. Le hacía gracia la forma en que Evi trataba de disculpar a Albio. Comprendió que no lo hacía por adular al jefe en ausencia, sino porque realmente se había apenado a causa de la corta discusión. Se preguntó si se acostaba con él.
Abrazó a Evi.
- Todo está bien. No hay ningún otro problema que el del impelente. Deja de preocuparte por los desplantes de otros.
Evi sonrió y la besó en una mejilla.


En el cubículo de trabajo Albio pulsó un interruptor y obtuvo en una pantalla desmontable la imagen de la estrella.
Se reclinó en su asiento y contempló absorto la esfera incandescente. Se sorprendió recordando sus primeros años en el Instituto de Astrofísica, la tesis que había escrito durante noches insomnes, consultando centenares de autores y formando paso a paso el edificio de su hipótesis. Había desafiado todas las teorías aceptadas, realizando vertiginosos alardes de abstracción hasta llegar a la idea. Expuso su concepción ante el claustro de astrofísicos más brillantes de la Tierra. Consiguió identificarlos con su razonamiento, leyó la aprobación en las caras de los viejos profesores, pero entonces pidió la palabra Nimayer.
Era un hombre consagrado. A los cuarenta años había enunciado la Teoría de la Concatenación Simultánea, el hecho le valió el ascenso a la categoría de Doctor en Ciencias y un escaño en el claustro. Treinta años después tenía delante a un joven recién graduado leyendo un trabajo que - preciso era reconocerlo - no carecía de precisión conceptual. Pero aquel trabajo, oblicuamente, y como de pasada, refutaba toda una zona de la añeja y respetabilísima Teoría de Nimayer.
Desde que pidió la palabra supo que no le importaba en absoluto la justeza de la idea. Lo único que deseaba era destruir la audacia de aquel joven, todo su intelecto se había inflamado con algo que no se atrevió a reconocer como odio, pero que era muy cercano a éste.
Habló mesuradamente, poniendo en cada razonamiento toda la fuerza de su prestigio, sonriendo con la indulgencia del profesor que corrige a un alumno brillante, pero insolente.
Albio recordó con rabia y amargura la forma cortés con que Nimayer lo había ridiculizado. Cómo había deambulado por diferentes instituciones tratando de probar su teoría sin recibir apoyo. La opinión de Nimayer pesaba demasiado en el mundo científico. Sólo un hombre adusto e independiente, que dirigía las naves de los prospectores del Centro de Estudios de los Mundos Exteriores, prestó atención a Albio. Después de una noche entera explicando su teoría, le ofreció una nave para estudiar de cerca la estrella.
Y ahora un estúpido accidente se interponía entre el último año de viaje y la gloria.
Albio oprimió un conmutador y la imagen desapareció de la pantalla.


La superficie y el aire eran nuevos retos, como lo eran las rudimentarias formas de vida animal que ya erraban entre los pedregales, nacidas junto con los tubérculos y evolucionadas por otra vía genética del mismo origen común.
Tallos de agudas puntas era lo único que afloraba tímidamente. Pasaron generaciones mientras estos periscopios orgánicos analizaban el medio y se adaptaban gradualmente mientras luchaban contra agresiones cualitativamente nuevas: un sol inclemente que calcinaba sus tejidos y gases corrosivos y perjudiciales a su metabolismo. Fueron necesarias laboriosas mutaciones autoinducidas para modificar funciones metabólicas específicas. Al cabo, los primeros brotes aguzados, multiplicándose en si mismos, generaron órganos pseudotentaculares que tuvieron a su cargo la ardua tarea de preparar un nuevo habitat.
Tal como había ocurrido millones de años antes, cuando en el subsuelo había creado químicamente condiciones favorables para sí mismo, en la superficie los pseudotentáculos se encargaron de segregar ácidos -sintetizados internamente - para hacer más apta la tierra, o disolver parcialmente rocas, además de apartar otras que estorbaban.
Paralelamente sus necesidades nutricionales y excretoras sufrieron cambios radicales, aparecieron hojas que comenzaron, al principio de forma primitiva, a realizar intercambios gaseosos con la agresiva atmósfera.
Estas hojas fueron causa de otra lucha. Constituyeron desde el principio una suculenta variación dietética para los animalillos, acorazados y torpes, que hasta entonces habían subsistido de una suerte de plancton orgánico yacente en la tierra. Los primeros ataques a sus hojas dieron a los tubérculos la segunda noción - aún inconsciente - del dolor.
Para entonces ya sus órganos tentaculares y sus brotes aguzados poseían suficiente especialización, solo fue necesario un estímulo continuado y reacciones al principio reflejas, para usarlas como armas.
Aprendieron a retirarse rápidamente y lo que fue más importante, a punzar y golpear. También, por prueba y error, aprendieron a segregar los álcalis venenosos y sintetizados por su cuerpo con fines ofensivos. La guerra fue larga, ciega y cruenta. Durante la larga pugna, de millones y millones de años, los tubérculos fueron experimentando, aprendiendo y ensayando de cada nuevo azar. Al punzar a cada animalillo con sus brotes aguzados no solo ejecutaban el acto reflejo y primitivo de matar a un enemigo que se alimentaba con sus hojas tiernas, sino que analizaban las sustancias orgánicas nuevas en el organismo de estas criaturas, sustancias que al principio rechazaron, pero luego comenzaron a procesar y recombinar dentro de si mismos, retroactivando sus propios procesos metabólicos, automodificándose con cada descubrimiento.
Los constantes cambios químicos con los animales y con el terreno llevaron a este ser a intentar la modificación atmosférica, todavía los gases tóxicos de la atmósfera perjudicaban a sus brotes, si bien las hojas habían iniciado tímidos intentos. Fertilizado el sustrato terrestre y desarrollados mecanismos de defensa contra los tenaces dientes de los diminutos animalillos solo quedaba dominar la corrosión que flotaba en el aire.
El desarrollo milenario y azaroso de su vida lo habían convertido en un ser de recursos. Ya dominaba un área de un centenar de kilómetros en una hondonada rodeada por peñascales.
Con la paciencia y la constancia propias de los vegetales comenzó, tímidamente al principio a liberar gases sintetizados en su interior para neutralizar la agresión de la atmósfera.
Aquel fue el golpe de gracia a la decadente vida animal, las modificaciones en la atmósfera circundante, unidas a la lucha puramente física precipitaron la exterminación de aquella especie.
Al cabo de centenares de millones de años los "tubérculos" se hallaron solos. Nadie podía disputarles la supremacía en su mundo estéril.
Ahora podían dedicarse por entero a su autoperfeccionamiento, a extenderse y dominar todo lo dominable.
Bosque empezó a crecer.
Sus procesos reproductivos se hicieron más perfectos, sus tejidos y órganos aumentaron su diversificación y se especializaron aún más. Necesitaban expandirse, abrumar al medio con su presencia, así aparecieron variedades de su propia especie que nacían, se desarrollaban, germinaban y morían en horas. Las yemas y unidades reproductoras se hicieron más resistentes y ligeras como un polen ingrávido. Usando los vientos se defendieron y fijaron en lugares cada vez más alejados. Ya para entonces Bosque gozaba de la más perfecta adaptación al medio hostil donde desarrollaba su existencia.
Cada unidad vital de Bosque fue entonces capaz de interrelacionarse más con sus congéneres, billones de arbustos fueron entrelazándose y recombinándose. Las raíces se conectaron en un vasto y único sistema subterráneo donde se quimiosintetizaba el alimento y se acarreaba en el torrente de líquido vital a grandes distancias, se conducían respuestas a estímulos y señales sensoriales.
Los primitivos tubérculos eran ahora verdaderos centros nerviosos capaces de un embrionario control neurovegetativo de aquel inmenso organismo aún carente de conciencia.

 

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