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O... sencillamente se trata de ciencia ficción hecha en Cuba
Los buceadores
Cuento
Por Yoss
Publicado en el libro Se alquila un Planeta. Ed. Equipo Sirius. España. Febrero del 2002
 
 
Polvo en el viento, antología de la CF cubana
 

Para ciertos sociólogos, el mejor indicador del grado de civilización de una cultura es la distancia a la que es capaz de mantener alejados sus propios excrementos.
Para ciertos ecólogos, el mejor indicador del grado de civilización de una cultura es el reciclado que sea capaz de dar a sus propios excrementos.
Para ciertos individuos, el mejor indicador del grado de civilización de una cultura es la capacidad de ser aprovechados que tengan los excrementos que producen.
Esos son los buceadores.
No son una novedad en la Tierra.
No aparecieron después del Contacto.
Parecen haber existido siempre: lo mismo entre sumerios y egipcios que entre griegos y romanos ha habido seres humanos que viven de aprovechar (o sea, en cierto modo reciclar) la basura que otros seres humanos producen.
También han sido llamados traperos, ropavejeros y de otros muchos modos. Es uno de los oficios (hay quien dice uno de los cultos) más antiguos del mundo.
En realidad no viven de la basura, sino de las cosas aún útiles o susceptibles de ser someramente reparadas para que vuelvan a serlo, y que gentes sin espíritu de ahorro, sin habilidad manual o sin tiempo botan como si fueran basura.
Toda civilización moderna, llevándose por el principio de "usar y tirar" desperdicia gran cantidad de trabajo en forma de objetos que casi funcionan todavía. Pero es más fácil y económico producir otros nuevos que repararlos. Aunque, como en el caso de La Tierra, los nuevos objetos se importen de estrellas a cientos de años luz.
Los buceadores, por supuesto, no piensan así.
Quizás sea por eso que hoy La Tierra está llena de buceadores.
Hurgan en los contenedores buscando pedazos de madera, trozos de metales raros, elementos mecánicos, tarjetas de circuitos cibernéticos que ya no funcionan, fragmentos de sistemas robóticos desechados. Casi todo les interesa.
Comen y se visten con los alimentos y las ropas desechadas por otros humanos más escrupulosos. A ellos les basta.
Parecen seres de otro mundo: abstraídos, ajenos a las pandillas de chiquillos que se burlan de su mal olor y sus ropas andrajosas. Concentrados en el difícil arte de discriminar la verdadera basura de lo aún aprovechable. Algunos murmuran extrañas letanías mientras escudriñan con dedos hábiles los contenedores, tomando unas cosas y dejando otras, según criterios solo por ellos conocidos. Hasta que se van, con su paso lento y sus múltiples bolsas repletas de tesoros, a buscar otra mina de oro disfrazado de basura donde recoger su cosecha de maravillas.
Hay dos clases principales de buceadores.
La primera, los que venden sus hallazgos a los pequeños recuperadores de materia prima. Que no son más que buceadores que han decidido trabajar al por mayor, y por tanto subido un peldaño en la pirámide de ecología muerta de los basureros.
Esos, los que aún entienden el significado del dinero, a veces viven en cubículos diminutos, ven la programación de la holored en pequeñas holopantallas, siguen los juegos de Voxl... tienen aún un pie en el mundo, aunque murmuren sobre sus pasados de gloria y piensen en un imposible mañana. La gente todavía puede entender a esos. Aunque asqueroso y mal pagado, el suyo es un trabajo.
Los otros buceadores son muy distintos.
Ellos nunca venden nada a los recuperadores de materia prima. Prefieren guardarse sus hallazgos. Y luego, en sus refugios bajo los puentes, o en algún callejón oscuro, ensamblan, atan, sueldan, juntan piezas de viejas computadoras con trozos de cañerías rotas y oxidadas, pedazos del revestimiento de cohetes con tapicería arrancada a los aerobuses. Siempre sonríen cuando trabajan, como mirando más allá de los desechos que tan amorosamente manipulan. Sudan afanándose por horas y horas, con la esperanza en las pupilas, y al final siempre apartan cuidadosamente el resultado e sus esfuerzos, y vuelven a empezar con otro ensamblaje.
Nadie sabe si creen estar haciendo arte. Algunos marchantes han intentado vender como "instalaciones" los exóticos y caóticos armatostes de esos buceadores, pero al sofisticado público xenoide la basura no le resulta compatible con el concepto de arte, y punto.
Nadie sabe si creen realmente que sus extraños Frankensteins funcionarán de algún modo, alguna vez. Y de qué modo esperan que sea. Si como máquinas vengadoras que saquen para siempre a los xenoides de La Tierra y se la devuelvan a los humanos. O que simplemente destruyan toda civilización, humanidad incluída, para borrar la basura y la vergüenza y que alguna otra especie, primate o no, vuelva a empezar desde cero. O si aspiran a lograr con sus engendros tal adelanto para la raquítica ciencia terrestre que el dominio xenoide caiga para siempre ante la pujanza intelectual del hombre.
Nadie sabe... y muy pocos quieren averiguarlo. O tienen tiempo para eso. Hay cosas mucho más importantes que hacer. Como ganar dinero. Como sobrevivir.
Y ellos siguen, infatigables, uniendo pedazos, buscando piezas, murmurando sus incomprensibles letanías, olvidados del mundo.
A veces desaparece alguno, muy viejo. Simplemente deja de vérsele, y es casi como si regresara al seno de su amada basura. Pero siempre llegan otros más jóvenes a ocupar su sitio. Con la piel menos arrugada, con más dientes en las encías, pero con la misma mirada perdida... raramente luminosa.
La gente mayor pasa por su lado y menea tristemente la cabeza. A veces impiden que los chiquillos traviesos los golpeen y roben sus "tesoros", y murmuran "¡pobres locos!". Fingen que los ignoran, pero siempre con una extraña mueca.
¿Será porque, de algún modo, se dan cuenta de que los buceadores tienen algo que ellos ya han perdido para siempre?

Más de este autor: Trabajadora social
 
 
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