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¿Existe la ciencia ficción cubana?
O... sencillamente se trata de ciencia ficción hecha en Cuba
Erika
Cuento
Por Michel Encinosa Fu
 
 
Polvo en el viento, antología de la CF cubana
 

Llego a Ofidia en un vuelo cuarta clase de María Meteoros, la Ulzer bajo el cinto, dos cigarrillos en la pitillera y el crédito justo para dos viajes en sub. En la Ulzer, una bala. Una sola.
Pido lumbre al bajar del sub, y tirito. Es enero. No llevo ropa interior. Ni siquiera medias. Localizo el edificio. Chupo el cigarrillo hasta quemarme los dedos y subo las escaleras.
Dudo ante la puerta. ¿Seguirás viviendo aquí? Las piernas se me aflojan. Tienes que seguir aquí. Por favor.
Llamo con los nudillos.
—¡Voy! —respondes. Como si fuera ayer.
Respiro hondo. Saco la Ulzer. Bala en el directo.
Abres.
Tres segundos después, los pelitos de la alfombra me hacen cosquillas en la nariz. Tu pie en mi nuca, mi Ulzer en tus manos.
—Eso fue torpe —dices, y retiras el pie.
Logro escalar una silla.
Extraes la bala del directo, y la colocas junto al arma, con cuidado, sobre la mesa.
—Los años —digo, a modo de disculpa.
—No jodas.
Das un paso atrás, te inclinas, alzas las piernas al techo. Recorres la habitación. Tres vueltas completas. Ríes. Luego, al recobrar la postura normal, toses, como si te avergonzaras:
—Voy a traer café.
Miro por un instante la Ulzer, antes de llevar la silla hasta la ventana y congelarme, bien derecho, cruzado de brazos y piernas.
Reapareces.
Hace mucho que dejé el café. Pero acepto la taza. De todos modos, hasta mi seguro médico está cancelado.
Te apoyas en el marco de la ventana. Aún podrías partirle el cuello a un bucanero. Me pregunto si seguirás trabajando. Sólo tu rostro es galería de arrugas. Risa, asombro, dolor... Pensamientos.
—He pensado mucho —afirmas.
Apoyo la taza en mi panza de Buda y bajo la cabeza. Esto es lo que soy; panza y traumas. Alguna vez, hace tanto, la gente solía tomarnos por hermanos. Envidia. Tristeza. Chasqueo los dedos:
—El barrio no ha cambiado. Y tú, hasta has pintado el apartamento.
—Los mismos graffitis durante cuarenta años. Uno se aburre. Y crece.
—Carajo, yo también metí el spray ahí.
—Puedes raspar la pintura, si quieres. No es tan buena como aparenta.
Suelto un bufido:
—¿Sigues golpeando?
—De algo se vive. ¿Y tú?
Sacudo la cabeza. Sólo un imbécil me contrataría, a estas alturas. Tú eres otra cosa. Lo llevas en la sangre de verdad. Desde siempre.
—¿Entonces? —insistes—. ¿Integrado a la sociedad?
Eso quisieras ver. Eso quisiera yo. Es una lástima.
—Toledo, Bangladesh, Montreal —enumero sin ganas—. Correrías de nootrópicos adulterados. Cinco años guardado.
—No por gusto has perdido la práctica.
Me encojo de hombros. Imagino que empiezo a sobrar en este mundo. En tu mundo. Llevo medio siglo con ese presentimiento. Me limpio el sudor de las manos en el pantalón, y pregunto:
—¿En qué has pensado?
—En Erika. Y en ti.
Me miras de reojo. Haces bien. Mis manos se han crispado, mi respiración es otra.
—¿De verdad me hubieses matado?
Qué puedo responder. Me limito a preguntar:
—¿Ella sigue contigo?
Me enfrentas, con rostro de piedra:
—Creí que estaba contigo. Todos estos años...
—Cuarenta años —puntualizo, innecesariamente.
No hay mucho más que decir. Siento ganas de romper algo contra la pared. Pero sin tener que moverme. Desear que las cosas salieran volando y se estrellasen, usar un poder sobrenatural para hacerlo, así de fácil. No tengo ganas de mover ni un dedo.
Tú pareces tan cansado como yo.
Vuelvo a mirar afuera. De verdad, este barrio nunca cambia. Así es Pueblo Medio. Los transeúntes parecen los mismos de hace medio siglo. El aire huele igual; a nada. Desde un balcón alguien canta. Conozco esa canción. Yo mismo solía tararearla. Algunas canciones nunca pasan de moda. ¿O es la gente?
—Hoy es su cumpleaños —comentas, y siento que tu piel se eriza. La mía también.
Siempre supimos que el mundo era grande. Ahora suponemos que lo es demasiado.
—Me voy —anuncio al fin.
—Si la ves, llévale mis recuerdos... No, espera —te estrujas la cara con las manos, y veo brillar tus ojos—. Mejor no le digas nada.
Asiento, recojo el arma y salgo al pasillo.
Cierras a mis espaldas.
De nuevo la calle, Ulzer bajo el cinto, pitillera vacía y crédito justo para un viaje en sub. En la Ulzer, una bala. Una sola.

 
 
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